Avatar y la pedagogía invisible de la violencia

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El fin de semana fui al cine con mi familia a ver Avatar: Fuego y ceniza. Fue una tarde tranquila, con palomitas y la sensación agradable que da estar compartiendo algo bonito con seres queridos. Salimos contentos por el espectáculo visual, pero personalmente me quedé con una sensación de incomodidad.

Nada que objetar a la parte técnica ni estética. La película es impresionante en lo visual, y entiendo por qué es un fenómeno de masas. Pero, al mismo tiempo, me pregunto qué tipo de mirada sobre la realidad se va filtrando, sin darnos cuenta, cuando el relato nos coloca en una lógica donde la violencia termina siendo el lenguaje inevitable para resolver el conflicto.

No digo que la película «quiera» enseñar violencia. Digo que, como muchas superproducciones, normaliza una estructura narrativa donde la guerra es el único camino legítimo hacia la justicia. Se presenta como una respuesta dolorosa pero necesaria, heroica y purificadora. Esa idea se instala por repetición de escenas, ritmo, música, ritmo emocional, y por la forma en que la historia premia la confrontación. Cuando un mensaje se vuelve habitual, deja de percibirse como mensaje. Lo asumimos como sentido común. El espectador no sale pensando «la violencia es buena», pero sale con una sensibilidad entrenada: hay conflictos que solo se resuelven aplastando al otro, y hay victorias que solo son posibles si alguien queda destruido.

La violencia no es solo un acto externo. Es un estado interno que se alimenta de la separación: yo contra el otro, mi tribu contra la tuya, lo mío contra lo ajeno. Cuando el relato pone el centro en el combate, la mente se acostumbra a esa división. Y esa división es una semilla de sufrimiento interno y externo.

Hay algo especialmente sutil en la estética de la violencia. La coreografía impecable, la música épica, la adrenalina. Todo eso convierte lo destructivo en algo seductor. Y ahí es donde el mensaje se vuelve subliminal: la destrucción se ve hermosa, necesaria, incluso redentora. El mundo interior recibe esa energía, aunque no la apruebe conscientemente, con una fuerza cultural enorme.

Por tanto, vale la pena mirar con atención y hacernos preguntas. ¿Qué emociones estamos cultivando al exponernos repetidamente a este tipo de narrativas? ¿Qué clases de soluciones estamos validando como sociedad? ¿Hacia dónde nos lleva?

Además, me preocupa especialmente lo que esto deja en la juventud, ya que la vi acompañado por mis hijos. Ellos no cuentan todavía con las mismas herramientas críticas que un adulto, y lo que para nosotros puede ser un pasatiempo, para ellos es una forma de educación emocional y moral. Películas como esta, vistas una y otra vez, van moldeando su mirada sobre la realidad, y me inquieta que esa mirada se acostumbre a ver la violencia como un camino natural.

En la visión budista, la compasión no es una actitud ingenua ni pasiva. Es una fuerza activa que busca reducir el sufrimiento sin reproducirlo. Esto requiere una valentía enorme, porque no se apoya en el impulso reactivo. Requiere sostener el dolor sin convertirlo en odio. Requiere ver al otro no como enemigo, sino como alguien atrapado en su propio sufrimiento. Cuando el cine nos entrena para ver la violencia como «última salida», perdemos una oportunidad profunda: la de imaginar otras salidas. En la vida real, los conflictos no se resuelven con una batalla final, y rara vez el bien queda tan claramente separado del mal. Si nos habituamos a esas narrativas, el mundo cotidiano se nos hace más estrecho, más binario y más reactivo; sin darnos cuenta, eso favorece la polarización.

No escribo esto para demonizar esta película en concreto, hay miles de ejemplos similares. La práctica de la atención plena no nos separa del mundo; nos hace más sensibles a lo que el mundo nos muestra. Y la cultura que consumimos también moldea nuestra mirada. Nos entrena en una forma de ver, en una velocidad emocional, en una respuesta automática. Necesitamos ver el cine con ojos despiertos. Preguntarnos: ¿qué historias ayudan a disolver el ego, y cuáles lo fortalecen? ¿Qué relatos abren el corazón, y cuáles lo endurecen? ¿Qué tipo de humanidad estamos nutriendo con nuestras elecciones cotidianas?

Como practicantes y como espectadores debemos cuidar la mente, cuidar el corazón, cuidar lo que dejamos entrar para poder responder con lucidez. Porque el verdadero combate no es contra un enemigo externo. Es contra la ignorancia que nos hace creer que la violencia es inevitable.

Salimos del cine en familia contentos pero con un sabor de boca agridulce ¿qué estamos sembrando mientras creemos que solo estamos entreteniéndonos?