Cuando no hay claridad, también hay presencia
La luz de la medianoche en la práctica de zazen
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«Medianoche es la verdadera luz; el alba no es clara».
Esta frase aparece en El samadhi del Espejo Precioso, texto atribuido al maestro Dongshan Liangjie (Tozan Ryokai en japonés). Este texto pertenece al corazón de la tradición Zen y apunta directamente a la experiencia no dual de la práctica, más allá de la comprensión conceptual. Pocas palabras y, sin embargo, una enseñanza profunda, como es habitual en los maestros de la tradición Zen.
Estamos acostumbrados a pensar la vía espiritual como un proceso de clarificación. Entender más, ver mejor, iluminar lo que estaba oscuro. Incluso cuando nos acercamos al budismo Soto Zen, traemos muchas veces esa expectativa a cuestas: practicar zazen para aclarar la mente, para purificarla y limpiarla, para comprendernos, para alcanzar una especie de amanecer interior. Y, sin embargo, Dongshan nos da la vuelta como a un calcetín. Nos dice que la verdadera luz no está en el alba, sino en la medianoche.
La medianoche no es un símbolo poético elegido al azar. Es el momento en que no queda ninguna referencia externa. No hay sol, no hay sombras reconocibles, no hay horizonte. Es el punto más oscuro de la noche, cuando ya no podemos orientarnos por lo visible. En términos de práctica, es ese momento en que se caen las expectativas, en que ya no sabemos si «vamos bien», si la práctica avanza, si estamos entendiendo algo. Es el punto en que la mente deja de encontrar apoyos.
Y, sin embargo, Dongshan dice que ahí está la verdadera luz.
Esta afirmación resulta profundamente desconcertante para nuestra mentalidad moderna, tan orientada a la claridad, a la explicación, al control. Pero quien se sienta en zazen con regularidad sabe que la práctica no funciona así. Cuanto más intentamos iluminar la experiencia, más nos alejamos de ella. Cuanto más queremos comprender lo que ocurre, más ruido añadimos. Una señal de que la práctica está madurando es cuando dejamos de buscar luz.
La luz de la medianoche no es una luz que muestre objetos. No es una claridad que permita decir «esto es esto» y «aquello es aquello». Es una presencia sin centro, una lucidez sin sujeto. No hay alguien viendo algo. No hay un yo que observe la realidad. Simplemente, la realidad está ahí, completa, sin necesidad de ser aclarada.
Por eso el alba «no es clara». El amanecer trae consigo la luz diferenciadora. Vuelven las formas, los contornos, las comparaciones. Vuelve el mundo funcional, imprescindible para la vida cotidiana, pero también el mundo de la separación: yo y lo otro, dentro y fuera, correcto e incorrecto. El alba es útil, pero no es la luz de la Vía. Confundir esa claridad con el despertar es uno de los errores más comunes en la práctica del Zen.
El Samadhi del Espejo Precioso apunta justamente a esta paradoja. El espejo no ilumina nada. No añade luz. No interpreta. Simplemente, refleja, sin quedarse con lo reflejado. Y en realidad, ni siquiera refleja: es tan íntimo con lo que aparece que desaparece como espejo. No hay dos cosas. No hay espejo, por un lado, y reflejo, por otro.
Cuando practicamos zazen desde este lugar, la experiencia cambia. Ya no se trata de alcanzar estados especiales ni de expulsar pensamientos, tampoco tenemos que limpiar ni purificar absolutamente nada. Pensamientos, sensaciones, emociones aparecen y desaparecen como siempre. La diferencia está en que dejamos de quedarnos enredados con la experiencia. No la evaluamos. No la comentamos interiormente. No intentamos llevarla hacia ningún sitio. Nos sentamos en plena medianoche, sin linterna, con confianza plena en nuestra auténtica naturaleza original.
Esto tiene consecuencias muy concretas en nuestra vida cotidiana. Muchas personas llegan a la práctica buscando claridad en momentos difíciles: una crisis vital, una pérdida, una sensación de vacío. Esperan que la práctica les dé respuestas, alivio, sentido. Y a veces ocurre algo muy distinto: la práctica no aclara nada. No responde a las preguntas. No elimina el dolor. Incluso puede intensificar la sensación de no saber. Eso no es un fracaso, es una entrada. Cuando ya no hay respuestas, cuando no hay relato que nos tranquilice, cuando el suelo conceptual desaparece, surge una forma de lucidez mucho más profunda. Una lucidez que está completamente presente aun sin entender en nuestro sentido habitual de comprensión. Un estado de presencia, sin explicaciones, pero sorprendentemente estable.
Esta es una enseñanza especialmente valiosa hoy, en una época obsesionada con la transparencia y el rendimiento. Parece que incluso la práctica tiene que dar resultados visibles, medibles, compartibles. La frase de Dongshan va justo en dirección contraria. Nos recuerda que lo más verdadero no siempre es lo más claro, y que hay una confianza que solo aparece cuando dejamos de buscar garantías. La medianoche no es solo ausencia de claridad, es el lugar donde dejamos de juzgar la experiencia y aprendemos a confiar en ella sin necesidad de explicarla.
La medianoche de la que habla el Samadhi del Espejo Precioso no es deprimente ni nihilista. No es una oscuridad desesperada, no excluye el alba, sino que la sitúa en su lugar justo. Es una oscuridad fértil, silenciosa, íntima. Es el espacio interior donde ya no necesitamos confirmar quiénes somos ni hacia dónde vamos. Donde la práctica deja de ser un medio para convertirse en expresión directa de la vida tal como es.
La tradición Soto Zen no promete amaneceres espectaculares ni iluminaciones deslumbrantes. Es mucho más sencillo: simplemente sentarnos incluso con lo que no entendemos, confiando en una luz que no se ve, pero que sostiene todo.
Practicar zazen es aprender a zambullirnos en la medianoche sin huir de ella. Y descubrir, poco a poco, que no estaba tan oscura como parecía.