Democracia en las comunidades budistas Soto Zen del siglo XXI
Límites de la votación y sentido de la autoridad en la vía del zen
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Si entendemos la democracia únicamente como un sistema de votación donde todo se decide por mayoría, corremos el riesgo de aplicar categorías políticas modernas a una tradición espiritual que funciona desde otro eje cultural, no por ello menos válido.
Las comunidades Soto Zen no son democracias en el sentido clásico del término, pero tampoco son estructuras autoritarias cerradas. Se mueven en un territorio intermedio, delicado, donde conviven jerarquía espiritual, responsabilidad personal y participación comunitaria. Y ese equilibrio es uno de los grandes desafíos del zen contemporáneo.
En la tradición Soto Zen, la orientación de la práctica no surge de consensos coyunturales ni de decisiones asamblearias. La transmisión del Dharma, el sentido profundo de zazen, la organización de la sangha, la forma de la práctica y su coherencia a lo largo del tiempo descansan en la figura del maestro o maestra. Esta responsabilidad no es un privilegio personal, sino un deber ético que consiste en custodiar algo que no le pertenece y transmitirlo sin deformarlo.
Ahora bien, reconocer este eje no implica anular la voz de la sangha. Muy al contrario. En las comunidades Soto Zen maduras, la vida cotidiana, la organización, la gestión económica, los ritmos, los cuidados, incluso los conflictos, necesitan necesariamente del diálogo, de la escucha y de la corresponsabilidad. La práctica no ocurre en abstracto: ocurre entre personas concretas, con historias, límites y sensibilidades distintas. Ignorar eso sería negar el espíritu mismo del dharma del buda.
La democracia, entendida aquí como participación consciente y no como simple aritmética de votos, encuentra su lugar cuando se aplica a aquello que es compartido: cómo nos organizamos, cómo cuidamos a quienes llegan y a quienes llevan tiempo, cómo afrontamos las tensiones inevitables. En este sentido, muchas comunidades Soto Zen del siglo XXI están desarrollando formas híbridas de gobernanza: consejos generales, consejos de la sangha, espacios de palabra, estructuras transparentes, protocolos claros.
Uno de los riesgos actuales es confundir horizontalidad con ausencia de referencia. El zen no propone una comunidad sin dirección, sino una dirección que no se impone desde el ego. Cuando la autoridad espiritual se vive como servicio y no como poder, y cuando la participación comunitaria se ejerce desde la responsabilidad y no desde la reivindicación constante, la tensión entre jerarquía y democracia deja de ser un problema y se convierte en parte de la práctica.
También existe el riesgo inverso: blindar la figura del maestro o maestra frente a cualquier cuestionamiento, apelando a la tradición como excusa. El budismo Soto Zen, si quiere ser fiel a sí mismo en el siglo XXI, no puede ignorar las lecciones aprendidas en torno a los abusos de poder, el silencio cómplice o la sacralización de la autoridad. La transparencia, la rendición de cuentas y los espacios seguros no son concesiones a la modernidad, sino expresiones de compasión aplicada.
La pregunta no es si las comunidades Soto Zen son democráticas o no, sino qué tipo de madurez espiritual estamos dispuestos y dispuestas a asumir. Una comunidad adulta no delega todo en una figura central, pero tampoco pretende decidirlo todo colectivamente. Practicar juntos implica aceptar límites, confiar en procesos y, a veces, sostener la incomodidad de no tener siempre la razón.
En última instancia, la verdadera democracia en el zen no se juega solo en las reuniones o en los estatutos, sino en la capacidad de cada persona de escuchar sin apropiarse, de hablar sin imponerse, de ceder. Cuando eso ocurre, la comunidad deja de ser un campo de batalla ideológico y se convierte en un espacio de práctica sagrado, donde la forma y el fondo caminan juntos.
El Soto Zen del siglo XXI no necesita copiar modelos políticos externos, pero sí necesita una profunda honestidad consigo mismo. Solo desde ahí puede surgir una forma de convivencia que, sin renunciar a la tradición, sea plenamente humana, consciente y despierta.