El cuerpo no es el obstáculo
Sobre la práctica en el budismo Soto Zen y nuestra relación con el dolor, el envejecimiento y la impermanencia
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Muchas personas llegan a la práctica de zazen con un cuerpo cansado. A veces hay dolor en las cervicales, tensión en la espalda, molestias en las rodillas o en los hombros. El paso de los años deja su huella. También la vida cotidiana, con sus exigencias, preocupaciones y esfuerzos, se inscribe silenciosamente en la musculatura, en la respiración, en la postura.
Aunque esto sea así, con frecuencia aparece una idea equivocada en las personas que practican zazen y empiezan a profundizar, es decir, pensar que el cuerpo es un obstáculo para la práctica. Como si la verdadera meditación ocurriera en algún lugar puramente mental, y el cuerpo fuera simplemente una dificultad que habría que soportar o, mejor aún, trascender.
Pero en la tradición del budismo Soto Zen esto no es así.
El cuerpo no es el problema. El cuerpo es el camino.
Nuestra tendencia inconscientemente es a pensar que el cuerpo pertenece al ámbito de lo limitado, mientras que lo espiritual corresponde a una dimensión más elevada y más pura. Según esa visión, meditar consistiría en alejarnos temporalmente de la condición corporal para acceder a estados especiales de conciencia.
La práctica de zazen apunta en una dirección completamente distinta.
Dogen insistió una y otra vez en que el despertar no es una comprensión puramente intelectual, sino una realización encarnada. No practicamos a pesar del cuerpo. No utilizamos el cuerpo como un simple vehículo para alcanzar otra cosa.
Practicamos en este cuerpo, con este cuerpo, como este cuerpo.
Y esto tiene implicaciones profundas. Si el cuerpo no es un objeto secundario que acompaña a una mente supuestamente más importante, sino la forma concreta en que esta existencia se manifiesta, entonces cada sensación, cada limitación y cada cambio físico forman parte del camino.
Zazen no consiste en retirarnos hacia un espacio mental más puro o más elevado. No se trata de escapar de nuestra condición presente para refugiarnos en experiencias especiales. Muy al contrario: practicar zazen es sentarnos plenamente en la realidad concreta de esta existencia, tal como se presenta ahora.
Si en este momento hay ligereza, esa ligereza forma parte de la práctica.
Si hay incomodidad, la incomodidad forma parte de la práctica.
Si aparece dolor, también el dolor entra en el campo de la observación despierta.
Esto no significa glorificar el sufrimiento ni convertir la práctica en una prueba de resistencia. No hay sabiduría en lesionarse por orgullo, ni despertar alguno en confundir rigidez con compromiso.
Pero tampoco significa rechazar automáticamente cualquier incomodidad.
Cuando surge dolor, rara vez aparece solo dolor. Muy pronto surge también nuestra relación con él. El rechazo. La resistencia. La irritación. El pensamiento que protesta: «Esto no debería estar pasando». La comparación con otro tiempo: «Antes podía permanecer inmóvil mucho más». La negociación silenciosa: «¿Me muevo ahora o aguanto un poco más?».
Y ahí está la práctica.
No únicamente en la sensación física, sino en observar con claridad cómo la mente añade capas de sufrimiento sobre la experiencia directa.
Una molestia en la rodilla puede convertirse rápidamente en una historia sobre el deterioro, la edad, la incapacidad o la frustración. Esa historia genera tensión adicional, y esa tensión intensifica aún más la sensación inicial. Observar ese mecanismo sin dramatismo, sin identificarnos con él, es una práctica profundamente transformadora. Y observarlo tampoco significa hacerlo perfectamente. La mente que se enreda en la historia, la resistencia que aparece una y otra vez, la dificultad para soltar: todo eso es también práctica. No hay un punto de llegada desde el que el sufrimiento añadido desaparece por completo. Lo que cambia, poco a poco, es nuestra relación con él.
El cuerpo envejece. Cambia. Se fatiga. Se vuelve más vulnerable. Esto no es un error. Es el Dharma manifestándose de forma concreta.
Los textos pueden hablarnos de impermanencia, pero una rodilla dolorida suele ser una maestra extraordinariamente convincente. La impermanencia comprendida como concepto todavía permite cierta distancia. La impermanencia sentida en el cuerpo no deja lugar para demasiadas fantasías.
El cuerpo nos enseña humildad. Nos recuerda que no controlamos tanto como imaginamos. Nos obliga a soltar ciertas imágenes sobre nosotros mismos: la fantasía de fortaleza permanente, de juventud estable, de dominio absoluto.
Lo que duele no es solamente el cuerpo, sino también nuestra dificultad para aceptar que esta existencia no se ajusta a nuestras expectativas.
En la práctica del budismo Soto Zen no buscamos fabricar una versión idealizada de nosotros mismos. No practicamos para convertirnos en meditadores perfectos, inmunes a la incomodidad o al deterioro.
Practicamos para despertar en medio de esta realidad cambiante.
Eso incluye aprender a escuchar el cuerpo con honestidad.
Y la honestidad requiere discernimiento.
Existe una incomodidad natural que forma parte del proceso de estabilización del cuerpo y de la mente. La pierna que se duerme. La espalda que busca su equilibrio. La agitación de hábitos profundamente arraigados que no están acostumbrados al silencio ni a la quietud.
Esa incomodidad no necesariamente pide ser eliminada. A veces simplemente pide ser acompañada con atención y paciencia.
Pero hay también un dolor que indica daño real, tensión innecesaria o una postura que está trabajando contra el cuerpo.
Aprender a distinguir ambas cosas forma parte de la maduración en la práctica.
Modificar la postura cuando es necesario no es rendirse.
Usar un banco de meditación, un zafu más alto o incluso una silla cuando la condición física lo requiere no disminuye en absoluto la profundidad de la práctica.
La cuestión no es reproducir una forma externa como si fuera un dogma.
La cuestión es sentarse con sinceridad, estabilidad y presencia.
Shikantaza —sentarse plenamente, sin perseguir nada— significa incluirlo todo.
No seleccionar únicamente aquello que resulta agradable.
No aceptar solo las experiencias que encajan con nuestra idea de un «buen zazen».
Sentarse completamente significa incluir también este cuerpo vulnerable.
Esta espalda cansada.
Esta respiración irregular.
Este momento exacto, que no necesita parecerse a ningún otro.
Dogen escribió que estudiar la vía del Buda es estudiarse a uno mismo.
Y estudiarse a uno mismo, en la práctica del budismo Soto Zen, comienza precisamente aquí: en este cuerpo que respira, que siente, que cambia, que envejece y que está vivo.
Porque despertar no ocurre fuera del cuerpo.
Ocurre aquí y ahora.
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