Cuando el enfado y la tristeza también son la Vía

Practicar zazen cuando el corazón está enfadado o triste

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Hay momentos en la vida en los que a uno le gustaría que todo fuese más sencillo pero… la tristeza, el enfado y todo tipo de emociones difíciles aparecen en el día a día. Después de años sentándome, estudiando, acompañando a otras personas en la Vía, de pronto aparece una contracción interior que no encaja con la imagen que se espera de un maestro zen. ¿no debería estar ya más allá de todo esto?

Es como si la práctica tuviera que producir una versión más estable, más ecuánime, más «resuelta» de uno mismo. Sin embargo, cuanto más se profundiza en la práctica, más evidente se vuelve que no nos convierte en otra persona. Nos permite tomar conciencia completamente de lo que ya somos.

El enfado no es un error del sistema. Es energía. Energía vital que surge cuando algo toca nuestras expectativas, nuestras heridas, nuestras tendencias kármikas. Cuando lo observamos con atención plena, deja de tener entidad propia y se revela como sensación corporal, por ejemplo, calor en el pecho, presión en la garganta o tensión en el abdomen. Sentirlo en el cuerpo es fundamental si queremos tomar clara conciencia. Esto nos permite no continuar alimentando la narrativa y naturalmente va perdiendo densidad. No desaparece por decreto, pero pierde fuerza y se vuelve cada vez más transparente.

La tristeza funciona de un modo más silencioso. A veces no es explosiva, sino pesada. Como una niebla baja que lo cubre todo. Puede traer una sensación de separación, como si estuviéramos apartados de la corriente de la vida. Desde la comprensión del Dharma, nada está separado. Esa misma tristeza es también la vida manifestándose de una forma concreta. No hay un «yo» al margen observando algo defectuoso. Hay experiencia desplegándose.

Uno de los grandes malentendidos sobre la práctica es creer que su finalidad es producir estados agradables. No practicamos para estar siempre en paz. Practicamos para no huir de lo que hay. Practicar zazen cuando estamos tranquilos es sencillo. Practicar cuando el corazón está encogido es otra cosa. Ahí es donde la enseñanza se vuelve carne, piel y huesos.

En el Xin Xin Ming, atribuido a Sengcan, se dice en uno de sus versos que «si haces distinciones, el cielo y la tierra se separan infinitamente». Cuando el enfado aparece y lo convertimos en «mi enfado», cuando la tristeza se transforma en «mi problema», ya hemos introducido esa distinción sutil. La mente divide y, al dividir, se siente aislada. Pero cuando simplemente dejamos que haya enfado, que haya tristeza, sin apropiación ni rechazo, algo se reunifica. Las emociones no desaparecen, dejan de estar enfrentadas a un yo que intenta controlarlas.

El Buda habló de la segunda flecha: el sufrimiento añadido que surge cuando rechazamos lo que sentimos. La primera flecha puede ser el enfado o la tristeza. La segunda es pensar que no deberíamos sentirlos, que algo en nosotros ha fallado. Cuando dejamos de dispararnos esa segunda flecha, algo se suaviza. El dolor puede seguir presente, pero ya no se solidifica en una identidad.

En mi propia experiencia, lo que transforma no es comprender intelectualmente lo que ocurre, sino sentarme sin intentar arreglar nada. Sentarme incluso cuando no apetece. Dejar que el cuerpo respire. Permitir que la contracción esté ahí sin empujarla ni dramatizarla. Más que acceder a un estado especial de aceptación, se trata de dejar de resistir.

En el budismo Soto Zen no practicamos para convertirnos en budas en el futuro. Practicamos en tanto que naturaleza original. Eso significa que incluso en medio del enfado, incluso en medio de la tristeza, la práctica está completa. No hay un estado mental privilegiado que garantice autenticidad espiritual. La autenticidad es no huir.

Con el tiempo uno empieza a comprender que el sufrimiento no es una masa compacta. Es un proceso. Es movimiento. Es algo que cambia cuando dejamos de fijarlo con la mente narrativa. La tristeza no es algo sólido. El enfado no es una identidad. Son fenómenos que surgen y cesan en un campo más amplio que no se daña por su presencia.

Esto no quita que si la oscuridad se vuelve densa, persistente o desbordante, tener la humildad de pedir ayuda profesional, esto no contradice el Dharma. Es expresión de interdependencia. La práctica no sustituye a la medicina ni a la psicoterapia; convive con ellas. Somos el ser humano que tenemos más cerca, y cuidar de ese ser humano es parte de la Vía.

La madurez en la práctica no consiste en eliminar las tormentas, sino en descubrir que no estamos separados del cielo que las contiene. Ese cielo no es un estado especial. Es esta conciencia simple que permite que todo aparezca.

Incluso ahora.

Incluso cuando duele.

Incluso cuando el corazón está enfadado o triste.