Es bueno descansar

Descansar de ser alguien

Visitas: Cargando...

Hay una historia muy conocida, casi un mantra en los manuales de liderazgo y productividad, sobre dos leñadores que compiten por ver quién corta más leña en un día. Uno de ellos trabaja sin parar, sudando cada minuto, mientras que el otro desaparece durante una hora a mitad de la jornada. Al final del día, el que se tomó el respiro ha cortado mucho más que el que no se detuvo. Cuando el primero, agotado y frustrado, le pregunta cómo lo ha hecho, el segundo responde con calma: «Es que, mientras tú seguías cortando, yo me detuve a afilar la sierra».

Esta parábola suele usarse para recordarnos que es bueno descansar, pero lo hace desde una lógica puramente utilitaria: descansamos para ser más efectivos, para rendir más, para que nuestra herramienta, que somos nosotros mismos, no pierda el filo. Sin embargo, en la tradición zen, «es bueno descansar» adquiere un tono completamente diferente, el cual no busca hacernos mejores leñadores. Hoy el descanso se ha convertido en un producto; se optimiza, se mide y se gestiona como una pieza más dentro del engranaje del rendimiento. Hemos integrado el descanso dentro de la estrategia, y esa inercia ha penetrado también en el ámbito espiritual. Buscamos la meditación como una técnica para reducir el estrés, para dormir mejor o para «sentirnos bien». Aunque todo eso puede ocurrir, cuando ese es el objetivo, la práctica queda atrapada en la misma lógica de la que intenta salir. No estamos descansando; estamos simplemente haciendo el mantenimiento de la maquinaria. Estamos gestionando el cansancio.

La frase «es bueno descansar» no apunta a esa tregua para afilar la sierra; no habla de recuperarse para continuar la producción. Está señalando algo mucho más directo: dejar de sostener el esfuerzo de ser alguien. Porque ese es, en última instancia, el cansancio profundo que señala la tradición zen. No es el agotamiento del cuerpo ni el de la actividad cotidiana, sino el de estar constantemente construyendo, defendiendo y ajustando una identidad. Ser alguien cansa. Sostener una versión de uno mismo, todo el tiempo y ante todos, agota. Y lo hacemos incluso cuando creemos que estamos en pausa. En vacaciones seguimos siendo alguien; en el sofá seguimos siendo alguien; e incluso en el zazen mal entendido seguimos siendo alguien que medita, alguien que intenta hacerlo bien, alguien que quiere avanzar hacia algún lugar. Eso no es descanso; es más de lo mismo, pero con otra estética. Por eso, es bueno descansar de ti. No mejorar, no arreglar, no afilar nada. Simplemente, descansar.

En la práctica de zazen esto aparece de forma natural. No hay nada que alcanzar, nada que demostrar, ninguna experiencia especial que perseguir. La postura se sostiene, la respiración fluye y los fenómenos aparecen y desaparecen sin que haya necesidad de intervenir. Cuando no estamos intentando construir un personaje dentro de la experiencia, aparece un descanso que no depende de condiciones externas. No es un descanso que se consiga a través del esfuerzo, sino el silencio que queda cuando dejamos de hacer lo que genera tensión. Esta perspectiva es profundamente subversiva porque no se puede vender ni convertir en una técnica de autoayuda. No hay nada que añadir; más bien hay algo que dejar de hacer. Por eso no resulta una idea atractiva para el ego, porque no alimenta la identidad espiritual ni nos hace «mejores leñadores». Al contrario, lo desmonta todo.

En ese sentido, esta enseñanza nos deja sin nada a lo que agarrarnos. Pero, cuando no hay nada que sostener, surge una forma de descanso que no depende de que la vida encaje con nuestras expectativas. No se trata de evasión, ni de anestesia, ni de desconexión; de lo que se trata es de una intimidad total con lo que está ocurriendo, sin la urgencia de corregirlo. Es bueno descansar, pero no para volver al bosque con más fuerza, sino como quien, por fin, decide dejar caer la sierra y dejar de cargar con el bosque.