¿Normalidad o domesticación?
Gabor Maté y el despertar
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Vivir adaptado no es lo mismo que vivir sano. Esta idea, que Gabor Maté1 desarrolla con rigor y compasión en El mito de la normalidad2, resuena de manera particular con la práctica del budismo. Su manera de mirar al ser humano, honesta, profunda y compasiva, no es habitual en los textos que tratan el tema de la salud y el sufrimiento.
Lo que más distingue su enfoque es que no se queda en la superficie de los síntomas. No intenta corregir conductas ni ofrecer soluciones rápidas, sino que apunta hacia la comprensión del origen del sufrimiento humano. En ese sentido, su trabajo conecta de forma natural con la práctica del budismo.
En El mito de la normalidad, Maté plantea que vivimos en una cultura profundamente desajustada, y que hemos aprendido a llamar “normal” a ese desajuste.
Esta reflexión resuena con algo que veo en muchas personas que llegan a la práctica de zazen buscando calma, alivio o claridad. Lo que encuentran, en primer lugar, es el descubrimiento de hasta qué punto su manera de estar en el mundo está condicionada y fragmentada.
Esto no es un error individual. Es el resultado de una forma de vida que nos empuja a separarnos de lo que somos.
Maté señala que hay una forma de vivir que hemos aprendido, y otra que permanece más allá de ese aprendizaje.
¿Y si aquello que consideramos normal no es en absoluto sinónimo de salud?
La normalidad como desconexión
Maté describe una sociedad en la que el estrés, la ansiedad, la desconexión emocional y la falta de sentido se han vuelto habituales. Tan habituales que ya no los cuestionamos.
Son “normales”.
Desde la perspectiva del budismo, lo habitual no es necesariamente lo verdadero. De hecho, lo habitual suele estar condicionado por tendencias kármicas3 profundamente arraigadas: hábitos mentales, emocionales y sociales que se perpetúan sin ser vistos.
En este sentido, la “normalidad” de la que habla Maté podría entenderse como una forma colectiva de ignorancia, una manera compartida de no ver.
Cuando la desconexión se normaliza, dejamos de percibirla como sufrimiento. Nos adaptamos. Funcionamos. Seguimos adelante.
Trauma y pérdida de la naturaleza original
Uno de los ejes centrales del pensamiento de Maté es su comprensión del trauma como una herida relacional que implica una desconexión de uno mismo.
Para poder ser aceptados, queridos o simplemente sobrevivir emocionalmente, aprendemos a reprimir partes de nuestra experiencia: emociones, necesidades, impulsos.
Se produce entonces una fractura.
Desde el budismo, podríamos decir que esa fractura no destruye nuestra naturaleza original, pero sí la oscurece. No dejamos de ser lo que somos, pero dejamos de vivir desde ahí.
Y comenzamos a vivir desde una construcción.
Una identidad adaptada.
En términos más cercanos a nuestra práctica, dejamos de vivir plenamente este cuerpo-mente4 y empezamos a habitar una imagen imaginaria de lo que somos.
Adaptarse no es despertar
Uno de los puntos más incisivos de El mito de la normalidad es la crítica a la idea de adaptación.
Nuestra sociedad valora la capacidad de adaptarse: rendir, funcionar, encajar.
Pero Maté señala que lo que llamamos adaptación no es salud, sino supervivencia.
Desde nuestra práctica, esto se hace patente cuando nos sentamos. Comenzamos a ver con claridad hasta qué punto nuestra mente está condicionada.
Pensamientos automáticos. Reacciones. Tensiones.
Todo un entramado de respuestas aprendidas que operan sin que nos demos cuenta.
La práctica no consiste en adaptarse mejor a ese funcionamiento, sino en verlo con claridad. Y en esa visión, algo comienza a cambiar.
El cuerpo como lugar de verdad
Otro aspecto clave en la obra de Maté es la relación entre mente y cuerpo. El cuerpo no miente. El cuerpo expresa lo que ha sido reprimido.
En el budismo, esto no es una idea teórica. Es una experiencia directa.
En zazen no trabajamos solo con la mente. Nos sentamos con todo el cuerpo. Respiramos. Percibimos. A veces, al poco de sentarse, aparece una tensión en los hombros que llevaba años ahí sin ser vista. Una respiración que se acorta cuando surge cierto pensamiento. Una rigidez en el vientre que no sabe muy bien a qué responde. El cuerpo habla un lenguaje más antiguo que las palabras, y la práctica nos enseña, poco a poco, a escucharlo.
Aquí hay un punto de encuentro muy profundo entre la mirada de Maté y la práctica zen: la sanación no ocurre forzando un cambio, sino permitiendo que lo que está oculto pueda aparecer en la conciencia.
Compasión y no-juicio
Maté insiste en que no puede haber transformación sin compasión.
No una compasión idealizada, sino una comprensión profunda de que todo lo que hacemos —incluso aquello que nos daña— tuvo en algún momento una función.
Desde el budismo, esto se expresa de otra manera, pero apunta en la misma dirección: no se trata de rechazar nuestras tendencias kármicas, sino de verlas desde la atención plena.
Cuando nos sentamos en zazen, no tratamos de eliminar los pensamientos, ni de convertirnos en otra persona.
Simplemente observamos.
Y en esa observación, sin añadir ni quitar, comienza a desplegarse una forma de comprensión que no es conceptual.
Una comprensión que transforma.
Más allá del mito
El mito de la normalidad es, en el fondo, otra manera de acercarse al despertar.
A cuestionar lo que damos por hecho.
A ver que aquello que consideramos natural —el estrés constante, la desconexión, la autoexigencia— no es inevitable.
Desde la perspectiva del budismo, podríamos decir que este cuestionamiento es el inicio de la Vía.
No porque nos lleve a una respuesta definitiva, sino porque abre un espacio.
Un espacio donde ya no estamos completamente atrapados en lo automático.
Un espacio donde podemos comenzar a vivir de otra manera.
No desde la adaptación.
No desde la supervivencia.
Sino desde una presencia más directa, más sencilla, más verdadera.
Quizás, al final, la pregunta no sea qué es normal.
Sino algo mucho más sencillo:
¿estamos viviendo desde lo que realmente somos, o desde aquello que hemos aprendido a ser para poder encajar?
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Gabor Maté (Budapest, 1944) es médico, escritor y conferenciante canadiense de origen húngaro. Reconocido por su trabajo sobre las conexiones entre el estrés, el trauma y la enfermedad, ha desarrollado un enfoque compasivo que integra neurociencia, psicología del desarrollo y espiritualidad. ↩
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El mito de la normalidad (The Myth of Normal, 2022) es su obra más extensa y ambiciosa. En ella argumenta que la mayoría de las enfermedades físicas y mentales son respuestas comprensibles a una cultura que sistemáticamente ignora las necesidades humanas más básicas. ↩
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Las tendencias kármicas (en sánscrito, saṃskāras) son patrones habituales de pensamiento, emoción y conducta que se forman con el tiempo y condicionan nuestra manera de vivir. ↩
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Cuerpo-mente (en japonés, shinjin) nombra, en el zen, la unidad inseparable de lo físico y lo mental. ↩
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