Una sangha laica, religiosa y secular

Prefacio del libro Camino Medio

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Esta entrada forma parte del libro que estoy preparando, cuyo título provisional será Camino Medio. Lo que sigue es un fragmento de ese manuscrito en desarrollo, compartido aquí como adelanto.

Este libro nace en el seno de una comunidad de práctica que ha surgido en un contexto muy distinto al del budismo tradicional. No vivimos en monasterios ni pertenecemos a una institución religiosa histórica. Vivimos en ciudades, trabajamos, cuidamos, enfermamos, pagamos facturas y criamos hijos e hijas. Y, sin embargo, practicamos la Vía del Buda dentro de la tradición Soto Zen.

Esta situación no es una excepción: es la forma que adopta hoy el budismo cuando se enraíza en las sociedades contemporáneas. En este contexto, la sangha adopta una forma nueva que puede parecer paradójica: es laica, religiosa y secular al mismo tiempo.

Por eso, antes de comenzar, quiero detenerme en explicar qué significa para nosotros una sangha laica, religiosa y secular.

A primera vista, estas palabras pueden parecer contradictorias. ¿Cómo puede algo ser religioso y secular al mismo tiempo? Sin embargo, esta aparente paradoja señala precisamente el lugar desde el que surge este libro y la experiencia que lo sostiene.

Una sangha laica es, ante todo, una comunidad formada por personas no monásticas. No hemos abandonado la vida cotidiana para retirarnos del mundo, sino que practicamos en medio de él. Nuestro dojo convive con oficinas, escuelas, hospitales, calles y hogares. Nuestra práctica no ocurre fuera de la vida, sino en el corazón mismo de la vida tal como es.

Esta condición laica no implica superficialidad ni falta de compromiso. Al contrario, significa asumir plenamente que el despertar no pertenece a un espacio separado, protegido o idealizado. Significa reconocer que la práctica se despliega en la cocina, en el trabajo, en la enfermedad, en la crianza, en el conflicto, en la incertidumbre. En la vida ordinaria, que deja de ser ordinaria cuando se observa con atención.

Practicar en medio de la vida no es más fácil ni más difícil que retirarse del mundo. Son diferentes circunstancias con sus pros y sus contras. La práctica se entrelaza con el cansancio, las dudas, las responsabilidades y los conflictos inevitables de la convivencia humana. Precisamente por eso, la sangha se convierte en un lugar de apoyo mutuo y aprendizaje compartido.

Y, al mismo tiempo, practicar en medio de la vida no significa practicar sin pausas. A lo largo del año, la sangha se retira periódicamente para realizar retiros de meditación más intensivos. Estos periodos no son una huida del mundo, sino una forma consciente de tomar distancia temporal de la inercia cotidiana. En el silencio compartido del retiro, el ritmo se simplifica, la atención se afina y la práctica se actualiza. Después, regresamos a nuestras vidas con una energía renovada, con una mirada más clara y con una comprensión más profunda.

Al mismo tiempo, esta sangha es religiosa. No en el sentido de adhesión a un sistema de creencias rígido, sino en el sentido profundo de la palabra religión como aquello que «vuelve a ligar» (religare). Una práctica que nos vincula con la vida, con los demás seres, con el misterio de existir. Practicamos zazen, recitamos sutras transmitidos durante siglos y cultivamos una ética basada en los preceptos del bodhisattva. Estas formas nos conectan con una tradición viva que atraviesa generaciones y culturas.

La dimensión ritual, simbólica y espiritual está presente porque forma parte inseparable de la tradición que recibimos. No se trata de conservar formas vacías, sino de reconocer que los seres humanos necesitamos gestos, palabras y espacios que expresen lo que no puede reducirse a conceptos. La práctica no es solo comprensión intelectual; es cuerpo, respiración, silencio, repetición, comunidad.

Y, sin embargo, esta sangha es también secular.

Secular no significa ausencia de espiritualidad. Significa independencia del marco institucional religioso tradicional. Significa que esta comunidad no se sitúa por encima de la sociedad ni pretende ocupar un lugar de autoridad religiosa en ella. Se inscribe plenamente en una sociedad plural y laica, donde conviven múltiples creencias, visiones del mundo y formas de vida.

En este contexto, la práctica del budismo no se presenta como una verdad exclusiva ni como una identidad cerrada, sino como un camino abierto. Nadie necesita adoptar una etiqueta religiosa para sentarse a practicar zazen. Nadie debe renunciar a sus creencias previas para explorar esta vía. La puerta permanece abierta tanto para quienes se sienten profundamente religiosos como para quienes no se identifican con ninguna religión.

El budismo llegó a Occidente en una época profundamente marcada por la secularización y por una relación ambivalente con la religión institucional. Muchas personas se sienten alejadas de las formas religiosas tradicionales, pero no han perdido la inquietud espiritual; otras mantienen una fe religiosa y desean dialogar con nuevas tradiciones. Muchas simplemente buscan comprender el sufrimiento y aprender a vivir con mayor claridad y compasión. Una sangha secular nace en este terreno compartido.

No pretende reemplazar a las religiones tradicionales ni competir con ellas. Tampoco pretende ofrecer una espiritualidad de consumo rápido o adaptada a la lógica del mercado del bienestar. Su propósito es ofrecer un espacio de práctica honesta, accesible y profundamente enraizada en la tradición, pero libre de dogmatismos y abierta a la experiencia directa.

Esta apertura implica responsabilidad. Implica cuidar que la tradición no se convierta en identidad rígida ni en refugio ideológico. Implica recordar constantemente que la práctica no consiste en adoptar una nueva etiqueta, sino en soltar las etiquetas. No consiste en convertirse en alguien especial, sino en aprender a realizar plenamente la vida que ya somos.

Por tanto, somos laicos porque no somos monásticos, somos religiosos porque practicamos una tradición espiritual, y somos seculares porque no pertenecemos a una institución religiosa ni reclamamos autoridad social o doctrinal.

Esta triple condición no es una contradicción; es el resultado natural del encuentro entre el budismo y el mundo moderno.

El despertar no pertenece a ningún lugar particular, a ninguna cultura concreta ni a ninguna institución. Surge allí donde hay práctica, atención y comunidad.

Este libro no es un tratado doctrinal ni una obra de proselitismo. Es el testimonio de una práctica compartida y de una forma concreta de vivir el dharma en el mundo contemporáneo. Es simplemente una expresión de la práctica viva de una comunidad que transita el camino medio en el mundo actual: entre tradición y modernidad, entre la vida cotidiana y la dimensión más profunda de la existencia.

Este libro no ofrece respuestas definitivas. Si estas páginas pueden acompañar, inspirar o simplemente abrir preguntas, habrán cumplido su propósito.

El camino continúa en la práctica perseverante. Siempre.