Aferrarse a los pensamientos nos aleja de la realidad

Portada del libro Xin Xin Ming de Daizan Soriano

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Aferrarse a los pensamientos nos aleja de la realidad, la mente se oscurece y se hunde en lo indeseable.

El pensamiento nos permite interpretar y comprender el mundo que nos rodea. Al mismo tiempo, no es la realidad en sí misma, sino una representación filtrada y subjetiva de ella. Cuando nos identificamos demasiado con nuestros pensamientos, nos desconectamos tanto de la realidad como de nuestra verdadera naturaleza. Aferrarse a los pensamientos nos aleja de la realidad porque nos encierra en una versión limitada del mundo, una proyección de nuestras memorias, deseos y temores.

En lugar de experimentar directamente, interpretamos y juzgamos, generando una separación artificial entre nosotros y la vida tal como es. La mente humana construye narrativas, interpretaciones y juicios constantes sobre lo que experimentamos. Al identificarnos con estos pensamientos, percibimos la realidad a través de un prisma distorsionado por nuestras experiencias, creencias y emociones. En vez de ver la totalidad de lo que es, nos quedamos con una versión limitada y parcial.

A pesar de ello, el pensamiento es una herramienta valiosa cuando lo usamos con discernimiento. En lugar de ser arrastrados por él, podemos aprender a observarlo con claridad, dándonos cuenta de que no somos nuestros pensamientos. Esta capacidad de distanciamiento nos permite utilizarlos de manera funcional para analizar, planificar y comprender sin caer en la ilusión de que nuestras interpretaciones son la verdad absoluta.

La práctica de zazen nos ofrece un medio directo para desarrollar esta relación saludable con el pensamiento. Al cultivar la conciencia plena, aprendemos a observar el flujo mental sin quedar atrapados en él. Esta distancia nos permite experimentar la realidad con mayor claridad, sin las distorsiones impuestas por nuestros juicios automáticos.

Uno de los principios fundamentales en la enseñanza budista es encontrar el equilibrio entre los extremos. En la práctica de la meditación zen, el exceso de actividad mental se conoce como Sanran, un estado caracterizado por una mente agitada y un cuerpo tenso. En este estado, surgen innumerables pensamientos, recuerdos, deseos y sensaciones. Corporalmente, la barbilla se eleva, los pulgares se crispan y los músculos se contraen. Es la actitud típica de quienes «piensan» demasiado durante zazen. Por el contrario, la falta de claridad mental en la meditación se denomina Kontin, un estado de somnolencia en el que la vigilancia disminuye y el tono muscular se debilita. Aquí, la atención se disuelve, la postura se desploma, la cabeza cae hacia adelante y las manos pierden vigor.

¿Cómo armonizar estos extremos y encontrar el equilibrio? Zazen es un espejo que nos permite percibir con claridad cuándo nuestra conciencia está desequilibrada y necesita ser reajustada. Perseverar en la práctica es esencial para reconocer las causas de estos estados y comprender cómo influyen en nuestra vida cotidiana. Cuando la mente no oscila entre la dispersión y la inercia, emerge una claridad natural. En ese estado de presencia, la realidad se muestra tal como es, sin los filtros del juicio, ni la distorsión del apego o el rechazo. Zazen nos enseña a habitar plenamente cada instante y a encontrar en la simplicidad del ahora la expresión más profunda del despertar.

No es bueno agotar la energía vital, ¿para qué huir, para qué seguir buscando?

Frecuentemente nos sumergimos en la vorágine de nuestras preocupaciones sin detenernos a considerar en qué dirección estamos dirigiendo nuestra energía vital. ¿Cómo y en qué la invertimos? Esta energía es un recurso precioso y limitado y, sin darnos cuenta, la gastamos en preocupaciones innecesarias, en resistencias y apegos que nos consumen sin aportar verdadero valor a nuestras vidas. ¿Cuántas veces nos aferramos a aquello que solo nos desgasta? ¿Cuántas veces intentamos huir de lo desagradable sin darnos cuenta de que, en ese intento de escape, estamos desperdiciando una energía que podríamos emplear de manera más sabia en nuestro bienestar y en el de quienes nos rodean?

Pero, ¿acaso esta búsqueda constante nos lleva realmente a algún lugar? ¿No es, en sí misma, una forma de agotamiento, de dispersión? No es necesario agotar nuestra energía en una lucha sin fin, en el anhelo de algo que creemos que nos falta o en el temor a lo que nos persigue. Cuando dejamos de correr, cuando soltamos la necesidad de escapar o de encontrar respuestas en otra parte, descubrimos que la plenitud no está en el futuro ni en otro lugar: siempre ha estado aquí.

Tomar conciencia de nuestra energía vital implica estar plenamente presentes, reconocer nuestras elecciones y dirigir nuestra atención hacia lo que verdaderamente importa. Por eso, es fundamental hacer una pausa, sentarnos y sentirnos, observarnos y conectar con lo que realmente tiene valor en este instante, dentro de las circunstancias que estamos viviendo.

La práctica de la meditación Zen nos ofrece una herramienta invaluable para cultivar esta conciencia. Al entrenar la mente para habitar el momento presente, aprendemos a soltar las preocupaciones superfluas y a enfrentar lo desagradable con ecuanimidad. La meditación no es solo un acto de quietud durante zazen, sino un entrenamiento continuo que se extiende a la vida cotidiana, guiándonos hacia una gestión más sabia de nuestra energía vital.

No busquemos más. No nos desgastemos en la huida. Soltar no es perder, sino reencontrarnos con lo que siempre ha estado en nosotros. En la simplicidad del instante presente, en la respiración que entra y sale sin esfuerzo, hallamos la paz que nunca nos ha abandonado.

No agotemos nuestra energía en vano. No nos dejemos atrapar por apegos innecesarios ni por la inercia del pensamiento obsesivo. Que la conciencia sea nuestra brújula, permitiéndonos dirigir nuestra energía hacia lo que realmente importa. En cada respiración y en cada elección, encontramos la oportunidad de vivir con mayor plenitud y consciencia.

Si deseas alcanzar el Gran Despertar, no rechaces las seis sensaciones.

En la tradición budista, las seis clases de sensaciones abarcan las experiencias que surgen a través de los órganos de los sentidos: la vista, el oído, el olfato, el gusto, el tacto y la mente.

A diferencia de la concepción occidental, que limita la percepción a los cinco sentidos físicos, el budismo reconoce a la mente como un sexto sentido. Esto se debe a que la mente no solo procesa información, sino que también percibe objetos mentales, como pensamientos, recuerdos e imágenes internas, de la misma manera que los ojos perciben formas o los oídos perciben sonidos. Así, al igual que los demás sentidos, la mente genera experiencias que pueden ser placenteras, desagradables o neutras, y que pueden dar lugar a apego o aversión.

No debemos caer en los extremos del rechazo o el apego a estas sensaciones. El Buda histórico, Siddhartha Gautama, experimentó ambos extremos antes de alcanzar el despertar. Practicó el ascetismo, renunciando a toda comodidad y buscando la liberación a través de la privación, pero comprendió que este enfoque no conducía a la verdad última.

Encontrar un equilibrio entre rechazo y apego es fundamental. No rechazar las sensaciones significa no ignorar ni evitar nuestras experiencias, ya sean externas o internas, pues son parte de la vida y pueden enseñarnos algo valioso. Pero tampoco debemos caer en el apego, permitiendo que las sensaciones nos arrastren y dicten nuestras emociones y acciones. Esto se aplica tanto a las percepciones físicas como a los pensamientos y emociones que surgen en la mente.

Este equilibrio nos permite desarrollar una comprensión más profunda de la realidad. Cuando observamos con ecuanimidad las experiencias sensoriales y los fenómenos mentales sin aferrarnos ni rechazarlos, podemos liberar la mente de sus ataduras y acercarnos a una experiencia más directa y auténtica.

Cuando no se rechazan las seis sensaciones, se alcanza el auténtico despertar.

Cuando nuestra mente está libre de apegos y aversiones, podemos percibir los seis sentidos como lo que realmente son: vacíos de existencia inherente. No hay un «yo» separado que perciba, ni objetos con una esencia propia que sean percibidos. En este estado de apertura, los seis sentidos se experimentan sin la distorsión de nuestras proyecciones y condicionamientos. Así, los sentidos dejan de ser fuente de ilusión y sufrimiento y se revelan como expresión de la budeidad, el estado de despertar.

La budeidad no es una realidad separada de nuestra experiencia cotidiana, sino la comprensión directa de la interdependencia de todos los fenómenos. En el estado de despertar, dejamos de estar atrapados en el samsara, no porque los fenómenos desaparezcan, sino porque cesa nuestra fijación en ellos. Podemos experimentar la realidad tal como es, sin el velo de nuestras preferencias y rechazos.

Los fenómenos que nos rodean no son intrínsecamente buenos o malos; son simplemente lo que son. Es nuestra mente, condicionada por el apego y la aversión, la que proyecta juicios y genera sufrimiento. Cuando logramos liberar la mente de estas distorsiones, podemos ver la realidad con claridad, en toda su plenitud y perfección. La belleza de la existencia no radica en la ausencia de dificultades, sino en nuestra capacidad para experimentarlas sin resistencia, en la aceptación profunda de lo que es.

La puerta de entrada a este estado es la práctica de zazen. En la postura sedente, inmóviles, enfocando la atención en el cuerpo y la respiración sin perseguir beneficio alguno, accedemos de manera natural a un estado ecuánime, libre de apego y rechazo. En zazen, no buscamos alcanzar un estado especial ni escapar de la realidad, sino simplemente asentarnos en el momento presente, dejando que la mente repose en su claridad original. Este equilibrio, que no es forzado ni fabricado, surge de la quietud y la observación profunda.

Es fundamental comprender que el perfecto despertar no es un ideal lejano ni un logro reservado a unos pocos. No es algo externo a nosotros, sino nuestra naturaleza más profunda, de la cual nos hemos desconectado debido a la ignorancia y los hábitos condicionados. La práctica de zazen no nos da algo nuevo, sino que nos permite regresar a lo que siempre ha estado ahí: la presencia serena, la mente sin obstrucciones.

El sabio no actúa forzadamente. El ignorante se ata a sí mismo.

El sabio, en su profunda comprensión, sabe que la verdadera acción no siempre implica un hacer constante. La realidad, tal como se manifiesta, es intrínsecamente perfecta. Desde nuestra perspectiva limitada, percibimos carencias y defectos: anhelamos ser más delgados, más altos, más inteligentes, más asertivos o que no haya guerras ni injusticias. Sin embargo, desde la mente despierta, la realidad ya es completa y se sostiene en un equilibrio perfecto, más allá de nuestros juicios y expectativas.

Nuestra percepción parcial nos hace creer que algo nos falta, que siempre hay una mejora posible. Esta búsqueda incesante de superación personal es agotadora y nos aleja de la plenitud del momento presente. Desde una mirada más ecuánime, la realidad se despliega como un tapiz perfecto, donde incluso las imperfecciones aparentes forman parte de su naturaleza intrínseca.

Un anciano sabio vivía en un pequeño pueblo y poseía un hermoso caballo. Un día, el caballo escapó. Los vecinos acudieron a consolarlo diciendo: «¡Qué desgracia! Has perdido tu único caballo». Pero el anciano respondió con calma: «¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe?».

Días después, el caballo regresó trayendo consigo una manada de caballos salvajes. Los vecinos, sorprendidos, exclamaron: «¡Qué buena fortuna! Ahora tienes más caballos». El anciano solo respondió: «¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe?».

Poco después, el hijo del anciano intentó domar uno de los caballos salvajes, pero cayó y se rompió una pierna. Los vecinos dijeron: «¡Qué desgracia! Ahora tu hijo está herido y no puede trabajar». Pero el anciano repitió: «¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe?».

Semanas después, el ejército del rey llegó al pueblo reclutando jóvenes para la guerra. Todos los jóvenes fueron llevados, excepto el hijo del anciano, que no pudo ser reclutado debido a su pierna rota».¡Qué gran suerte!» dijeron los vecinos. El anciano, una vez más, respondió: «¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe?».

No es fácil aceptar la existencia de guerras, pandemias y sufrimiento. Nos parece contradictorio pensar que, desde una perspectiva más amplia, todo está bien. Aquí es donde la sabiduría de la práctica se vuelve esencial: necesitamos la capacidad de ver más allá de nuestras percepciones condicionadas y comprender que todo lo que ocurre forma parte de un orden mayor, aunque escape a nuestra comprensión inmediata.

¿Cómo perciben las estrellas nuestro deseo de ser más delgados, más inteligentes o más exitosos? La naturaleza misma no busca la perfección en esos términos. El río fluye sin preocuparse por si su cauce es recto o sinuoso, las montañas no se lamentan por su altura ni los árboles por la forma de sus ramas. La verdadera liberación no se encuentra en transformar lo que somos o en imponer un orden a la existencia, sino en aceptarnos sin condiciones, tal como la vida se presenta en este momento.

Sentarse, sentirse y sumergirse en la autoaceptación son pasos fundamentales para liberarnos de las expectativas y los estándares autoimpuestos. Al cocernos en nuestra propia salsa, nos permitimos aceptar lo que somos sin juicios ni exigencias y abrirnos a la realidad tal como es. En esta aceptación incondicional, la inquietud por ser más se disuelve y, en su lugar, emerge la serenidad. Al dejar de luchar contra lo que es, descubrimos que la verdadera libertad no radica en transformarnos, sino en despertar a nuestra naturaleza original, que siempre ha estado ahí.