Cuando cesan las palabras y el sobrepensamiento

Portada del libro Xin Xin Ming de Daizan Soriano

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Cuando cesan las palabras y el sobrepensamiento, no hay lugar donde no haya claridad.

Dejar de pensar nos parece algo difícil, casi imposible. Sin embargo, intuimos que hay algo profundamente liberador en ello. Muchas personas, cuando asisten por primera vez a un curso de introducción a la meditación zen, expresan en el círculo inicial de presentación el deseo de silenciar el ruido interno que les acompaña constantemente.

¿Cómo lograrlo? No se trata de forzar la mente al silencio ni de luchar contra los pensamientos. El esfuerzo por acallar el pensamiento solo genera más ruido. En lugar de eso, aprendemos a no identificarnos con el incesante discurso mental, permitiendo que los pensamientos vengan y se vayan sin aferrarnos a ellos. Es como sentarse a la orilla de un río y observar el agua fluir: no intentamos detener la corriente, simplemente la vemos pasar. De este modo, cultivamos la ecuanimidad instante tras instante.

Nuestra tendencia natural es buscar respuestas en el conocimiento, acumulando información con la esperanza de encontrar en ella la clave de una vida plena y con sentido. Leemos libros, asistimos a conferencias, buscamos maestros… Cada cual puede sustituir sabiduría por aquello que más anhela: felicidad, éxito, amor, aceptación. Pero, ¿dónde estamos realmente buscando?

La siguiente historia de Nasrudín ilustra con humor nuestra constante búsqueda en el lugar equivocado:

Una noche, Nasrudín estaba dando vueltas alrededor de una farola, mirando al suelo con atención. Un vecino que pasaba por allí le preguntó:

—Nasrudín, ¿qué haces? ¿Has perdido algo?

—Sí, estoy buscando las llaves de mi casa.

El vecino se quedó a ayudarle. Al rato, se les unió una vecina, y luego otro vecino más. Juntos buscaron y buscaron hasta que, cansados de no encontrar nada, uno de ellos preguntó:

—Nasrudín, ¿estás seguro de haber perdido las llaves aquí?

—No, las perdí allí arriba.

—¡Pero entonces, ¿por qué las estamos buscando aquí?!

—Porque aquí hay más luz.

¿Cuántas veces buscamos la claridad en el lugar equivocado? Pensamos que más conocimiento, más dinero, más fama, más… nos traerá la respuesta, cuando en realidad la clave no está en acumular, sino en soltar.

Desde la perspectiva de la mente despierta, no hay opuestos, no hay nada que comprender, nada que atrapar con la mente conceptual. Solo queda la realidad tal como es.

Volver al origen es alcanzar la esencia, seguir las apariencias es alejarse de la realización.

Para comprender quiénes somos realmente, debemos regresar a nuestra raíz, en lugar de perdernos en el mundo de las apariencias y las distracciones. La mente ordinaria se aferra a lo externo, a los nombres, a las formas y a las identidades que construimos, olvidando que la verdad esencial no puede atraparse con conceptos.

Nuestra percepción habitual nos extravía en la dualidad, en el vaivén entre lo que consideramos bueno o malo, éxito o fracaso, ser o no ser. Nos identificamos con estas distinciones y terminamos encadenados a una visión fragmentada de la existencia. Como nos recuerda El principito: «Lo esencial es invisible a los ojos». Lo que realmente tiene valor no puede ser captado con la mirada superficial que aplicamos a la vida cotidiana, sino que requiere una percepción más profunda, libre de filtros e interpretaciones.

Este retorno a lo esencial no es un viaje hacia un lugar lejano ni el resultado de una acumulación de conocimientos. Es el simple acto de estar presentes, de sentir plenamente la vida sin mediaciones. Zazen nos ofrece este espacio de retorno, donde dejamos caer lo innecesario y nos encontramos con la realidad tal como es. No es una abstracción ni un ideal filosófico, sino una experiencia directa de nuestra propia naturaleza.

Al sentarnos en quietud, sin aferrarnos a nada ni rechazar nada, comenzamos a percibir la existencia sin adornos. Sin la necesidad de construir una imagen de nosotros mismos ni de sostener ficciones que refuercen nuestro ego. Es en esta desnudez, en esta autenticidad radical, donde aflora lo que realmente somos: claridad, apertura, presencia.

Volver al origen no significa retroceder ni perderse en el pasado. Significa reconocer, aquí y ahora, que ya somos completos. Que no hay nada que alcanzar, solo algo que soltar: el peso de nuestras ilusiones. Cuando dejamos de aferrarnos a la apariencia y volvemos a la raíz, descubrimos que lo esencial nunca ha estado perdido, simplemente estaba oculto bajo el ruido de nuestras propias construcciones mentales.

Cuando la luz se dirige hacia el interior, en un instante, se trasciende el vacío ilusorio.

Zazen a zazen, kinhin a kinhin, cultivamos la capacidad de dirigir la luz de la conciencia hacia nuestro interior. Al inicio de la práctica, la mente está envuelta en una bruma densa, un flujo incesante de pensamientos, emociones y juicios que oscurecen la claridad natural de nuestra consciencia. A través de la perseverancia, poco a poco la niebla comienza a disiparse. Llega un momento en que dejamos de ser meros observadores de la realidad y nos volvemos uno con ella. Más allá de la forma y del vacío, más allá de la dualidad con la que solemos interpretar la experiencia.

En el Sutra Corazón de la Gran Sabiduría recitamos que forma es vacío, vacío es forma. Estas no son dos realidades separadas, sino expresiones de una misma verdad. Nos perdemos cuando nos aferramos a la forma, tomando las apariencias como si fueran entidades fijas e independientes. Pero también nos extraviamos cuando nos apegamos a la vacuidad, creyendo que la ausencia de sustancia es el fin último.

No se trata de rechazar la forma ni de rechazar el vacío, sino de ver con claridad que la Realidad es una y completa en sí misma. No puede atraparse con conceptos ni definiciones, porque en el momento en que intentamos poseerla, desaparece, como una pompa de jabón que estalla en el aire.

En zazen aprendemos a permanecer en la experiencia sin cristalizarla en ideas o juicios. Cuando dirigimos la luz hacia el interior sin buscar nada, sin intentar aferrarnos o rechazar, la dualidad se desvanece y se revela la plenitud del instante presente. Aquí, ahora, sin necesidad de añadir nada ni de quitar nada ni al vacío ni a la forma.

Los cambios que parecen tener lugar en el vacío surgen de una percepción equivocada creada por la ignorancia.

Nuestra percepción de la realidad es ilusoria, en el Budismo a este error de percepción lo llamamos ignorancia. Esta ignorancia no está causada por no haber estudiado, leído o reflexionado intelectualmente lo suficiente. Es causada por un error de enfoque de la atención que crea ilusiones y atribuye a esas ilusiones realidad absoluta. Esta manera de percibir es el origen del sufrimiento, del samsara.

Desde la perspectiva de la vacuidad, el cambio es ilusión y todos vivimos atrapados en esta ilusión colectiva, pero cuidado, rechazar la ilusión y aferrarse a la realidad absoluta es otra forma de ilusión. Como se dice en el Zen las cosas son lo que son, si lo comprendes son lo que son, si no lo comprendes, siguen siendo lo que son.

Todo cambia continuamente y al mismo tiempo nada cambia, es solo una ilusión, un sueño. No intentes entender esto, siéntate en zazen en la actitud adecuada y la puerta de la casa del Buda se te abrirá de par en par. El maestro Dogen en el Shobogenzo Bendowa lo expresa así:

Si abandonamos, si olvidamos el cuerpo y el espíritu,

podremos penetrar en la casa del Buda.

No necesitas buscar la verdad, tan solo suelta las percepciones erróneas.

Nuestro sentimiento profundo de carencia nos empuja de un lado a otro, como un barco a la deriva, sin rumbo claro. Buscamos alcanzar un estado de plenitud que solemos identificar con «la verdad», la perfección, la felicidad… Cada cual se aferra a sus propias ideas ilusorias sobre ello, verbalizándolas internamente de acuerdo con sus condicionamientos personales. Lo normal es que este proceso suela desarrollarse de manera completamente inconsciente.

Este sentimiento de carencia nos impulsa, con frecuencia, a perseguir logros y gratificaciones efímeras. Que incluso cuando los alcanzamos, lejos de llenarnos, nos dejan un vacío aún más profundo, alimentando la frustración y la insatisfacción.

Para encontrar «la verdad», no necesitamos correr tras ella ni fabricarla según nuestras propias representaciones. Basta con ver la realidad tal cual es. Cuando esto sucede, la ignorancia se disuelve de manera natural.

En la tradición Soto Zen, detenemos esta carrera sin fin. Nos paramos, nos sentamos y nos sentimos. Zazen es la actitud más adecuada para hacer efectiva esta realización. En la quietud de la práctica, dejamos de buscar fuera y nos abrimos a la experiencia directa de la realidad. Recibimos y experimentamos la verdad con toda su energía y actividad. Si dejamos ir nuestras construcciones mentales y prejuicios, podemos fundirnos con la actividad del universo en su totalidad.