Cuando desaparece cualquier estructura conceptual

Portada del libro Xin Xin Ming de Daizan Soriano

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Cuando desaparece cualquier estructura conceptual, la verdad última no puede ser atrapada con palabras.

En la tradición zen solemos usar la metáfora del agua clara. Imagina un recipiente lleno de agua fangosa, donde el cieno ensucia su transparencia. Al agitarlo, no podemos ver el fondo; todo se confunde. Pero si lo dejamos reposar, las impurezas se asientan y la claridad aparece por sí sola. ¿Qué ocurre cuando el agua está completamente limpia? Ya no hay medida ni comparación. No podemos decir que hoy está más clara que ayer, porque no queda resto de turbiedad con el que establecer diferencia. Solo queda la claridad misma, perfecta en su transparencia, sin necesidad de calificativos.

Así es también la mente cuando deja de aferrarse a conceptos, juicios y expectativas. Cuando nos sentamos en zazen y permitimos que los pensamientos se asienten sin alimentarlos, comenzamos a experimentar esa apertura natural. No es algo que se alcance por esfuerzo, sino que emerge cuando dejamos de intervenir.

La verdad última no puede expresarse con palabras porque está más allá de todo marco conceptual. Es como el agua cristalina: puedes verla, puedes sentir su frescor, pero en cuanto intentas encerrarla en una forma fija, se te escurre entre los dedos.

En la práctica del zen, aprendemos a confiar en esta claridad. No buscamos adornos ni certezas. Solo estar plenamente presentes, libres del juego interminable de la comparación. Y en esa presencia, descubrimos una forma más auténtica de vivir, en armonía con lo que es.

Ser como el agua clara no significa perfección en términos comunes. Significa permitir que lo que somos se exprese sin obstrucción. Cada paso en el camino es una oportunidad para afinar esa transparencia, para abrazar la autenticidad y la compasión, tanto hacia las demás personas como hacia uno/a mismo/a.

Cuando la quietud detiene el movimiento, no hay movimiento. Cuando el movimiento detiene la quietud, no hay quietud.

Movimiento y quietud parecen dos realidades opuestas, pero no pueden existir la una sin la otra. Son expresiones de una misma verdad, profundamente entrelazadas. En zazen, la meditación sentada, no buscamos simplemente inmovilidad externa. La quietud que cultivamos es más sutil: una serenidad profunda que surge cuando dejamos de seguir los pensamientos, cuando la mente deja de agitar la superficie del instante. Esta quietud no es rigidez, ni pasividad; es apertura, presencia, un espacio interior desde el cual todo puede emerger.

Con el tiempo, esta práctica va aquietando las olas del pensamiento y del deseo. Y desde ese fondo claro, desde ese océano silencioso, empezamos a ver con mayor nitidez lo que somos y lo que es. La mente, libre de turbulencias, se vuelve como un espejo limpio: refleja el mundo tal como es, sin distorsión.

Pero esta quietud no está vacía. Es como el fondo del océano: aparentemente inmóvil, pero lleno de vida latente, de energía contenida. Desde esta quietud, el bodhisattva —la persona que despierta para el bien de todos los seres—  actúa. No desde la agitación del ego, sino desde la calma que conoce la interconexión de todas las cosas. En esa quietud madura la compasión, brota la sabiduría.

Imagina que viajas en tren y observas el paisaje que pasa veloz tras la ventanilla. ¿Quién se mueve, tú o el mundo? La experiencia del movimiento o de la quietud no está en las cosas mismas, sino en la forma en que nos relacionamos con ellas. Es la mente la que define el punto de referencia.

La práctica de zazen nos permite soltar ese punto fijo. Nos enseña a habitar el instante sin aferrarnos, a descubrir que en el corazón de la quietud también hay movimiento, y que en el movimiento más dinámico puede habitar una calma profunda.

Desde esta raíz serena, nuestros actos pueden nacer con claridad. Nuestra vida entera se convierte en una expresión del equilibrio entre el reposo y la acción, entre el silencio y la palabra, entre el estar y el hacer. Y así, paso a paso, cultivamos una presencia compasiva, una sabiduría encarnada en la vida cotidiana.

Si la dualidad no existe, ¿Cómo puede haber unidad?

Si no hay dos, ¿qué sentido tiene hablar de uno? La idea de unidad solo surge cuando hay algo de lo que distinguirse. En nuestro modo habitual de percibir, nos movemos entre pares de opuestos: luz y sombra, gozo y dolor, sonido y silencio. Pero ninguno de estos polos tiene existencia propia sin el otro. No podemos comprender la claridad sin haber conocido la oscuridad, ni saborear la alegría sin haber tocado antes la tristeza. La vida y la muerte, la expansión y el repliegue, el día y la noche, lo femenino y lo masculino, lo que comienza y lo que concluye. Todo se entreteje en una red de interdependencia que no deja lugar para entidades separadas o realidades absolutas.

Desde la visión del camino del Buda, no se trata de negar la dualidad, ni de aferrarse a la unidad como un ideal supremo. Se trata de ver cómo ambos conceptos surgen de la misma mente que discrimina, nombra y compara. Cuando soltamos esa mente, cuando dejamos de lado la necesidad de definir, clasificar y oponer, lo que queda no es una verdad única y cerrada, sino una realidad viva donde cada cosa se manifiesta en íntima conexión con todo lo demás.

La práctica de zazen nos permite habitar ese espacio donde los opuestos no luchan entre sí, sino que se disuelven en una presencia silenciosa y total. Al sentarnos sin buscar nada, sin rechazar nada, comenzamos a vislumbrar una dimensión que no pertenece ni a la dualidad ni a la unidad, sino a lo que simplemente es.

En esa claridad, vemos que la mente que crea la separación es la misma que ansía la unificación. Y al ver eso, dejamos de seguir el juego. Solo entonces podemos habitar el instante tal como es, sin necesidad de elegir entre esto o aquello, entre ser uno o ser dos.

Desde ese lugar, vivimos con más ligereza. Nos abrimos a la impermanencia, a la contradicción, al misterio. Y en lugar de temer la complejidad de la vida, la honramos. Porque entendemos que no hay un lado correcto al que aferrarse, sino un flujo continuo que nos invita a soltar, mirar y simplemente estar.

La realización última y absoluta no sigue ninguna regla establecida.

La sabiduría no consiste en acumular teorías ni en aferrarse a conceptos. Es un proceso de autodescubrimiento, una transformación profunda que va más allá de las categorías del pensamiento. A diferencia de la tradición occidental, que a menudo presenta al santo como ideal moral a seguir, el budismo pone en valor la figura del sabio o de la persona despierta: alguien que no imita, sino que busca, que duda, que se deja interpelar por lo real.

Pero este camino de búsqueda también tiene sus trampas. Una de las más sutiles es la obsesión por alcanzar una comprensión definitiva, un punto final donde todo quede resuelto. Esa obsesión nos aleja del corazón mismo del budismo: la vacuidad.

La vacuidad nos muestra que todos los fenómenos —incluidas nuestras ideas, creencias y certezas—  carecen de esencia propia. Todo es transitorio, interdependiente, cambiante. Por eso, cualquier intento de fijar una verdad última como una ley o doctrina inmutable está destinado al fracaso. Toda regla que impongamos a la realidad, por noble o refinada que sea, es una construcción mental más, y por tanto, vacía.

Frente a este abismo de impermanencia, solo cabe la honestidad. Comprender la vacuidad no significa resignarse al sinsentido, sino abrir el corazón a una sabiduría más profunda: la de no saber, la de estar presente sin aferrarse. La verdadera realización no se alcanza por acumulación de respuestas, sino por rendición del ego, por soltar el impulso de controlar y permitir que la experiencia hable por sí misma.

En una historia que he escuchado muchas veces a mi maestro, se ilustra esta paradoja con la sencillez de una escena cotidiana:

Un erudito budista, especialista en el Sutra del Diamante, viajaba hacia un templo donde un maestro zen iba a dar una enseñanza sobre dicho texto. Caminaba con aire altivo, cargado de volúmenes y conocimientos. En su camino, se encontró con una anciana que vendía pasteles de arroz. Al ver los libros, la anciana le preguntó qué eran. El erudito respondió con suficiencia: «Son copias del Sutra del Diamante, que estudio y enseño».

La anciana sonrió y le ofreció un trato: —Si puedes responder a una pregunta sobre ese sutra, te regalaré tantos pasteles como desees. Si no puedes, te irás con el estómago vacío. Intrigado, el erudito aceptó.

La anciana dijo: —En el sutra se afirma: La mente del pasado es vacuidad. La mente del presente es vacuidad. La mente del futuro es vacuidad. Dime entonces, ¿con qué mente vas a comerte mis pasteles de arroz?

El erudito enmudeció. De pronto, toda su erudición quedó expuesta como un castillo de arena. Incapaz de responder, comprendió que la anciana —sin títulos ni reconocimiento—  encarnaba una comprensión que él aún no había alcanzado. Avergonzado, dio media vuelta y se marchó.

Esta historia, sencilla pero afilada como una espada, nos recuerda que la verdadera sabiduría no se encuentra en las palabras, sino en la experiencia directa, libre de orgullo y de intención. Como decía Jianzhi Sengcan, la realización última no obedece a ninguna fórmula. No puede ser atrapada ni organizada, solo vivida.

En el fondo de la simplicidad habita una claridad que trasciende el tiempo, los dogmas y las estructuras. Es ahí, en ese espacio desnudo de la mente, donde brota una sabiduría real: la que nace de la humildad, la honestidad y la entrega total al instante presente.

Cuando la mente alcanza la ecuanimidad, todo movimiento se aquieta.

Ecuanimidad no es indiferencia ni frialdad. Es el equilibrio natural de la mente cuando ya no se deja arrastrar por las olas del agrado y el rechazo. Cuando en zazen soltamos todo juicio y nos limitamos a estar plenamente presentes, sin aferrarnos a nada y sin empujar nada, se revela una cualidad silenciosa y estable: la ecuanimidad, cultivada sistemáticamente a través de la concentración en el cuerpo y la respiración, fundiéndonos en esta experiencia.

En este estado, no buscamos alcanzar nada especial. Simplemente estamos. Y en ese estar completo, sin fisuras, el movimiento compulsivo de la mente empieza a detenerse. No porque lo forcemos, sino porque ya no tiene de qué alimentarse. La mente se aquieta como un estanque al que ya no se le lanzan piedras. El deseo de que las cosas sean distintas desaparece. La resistencia también. Todo se iguala en la claridad del momento presente.

Este aquietamiento no implica pasividad interior. Por el contrario, es una forma de estar radicalmente vivo/a, abierto/a a todo lo que sucede. Pero ese vivir ya no está teñido por la agitación del «yo», por la constante oscilación entre «quiero esto» y «no quiero aquello». Desde la ecuanimidad, cada fenómeno surge y desaparece como una nube en el cielo, sin dejar huella.

En esa quietud que no rechaza, el ego deja de moverse. Se disuelven las prisas, la comparación, el afán de control. Y lo que permanece es una mente que refleja la realidad tal como es, sin interferencia. Una mente que, como el agua clara, no añade nada ni quita nada.

Desde ahí, nuestras acciones nacen con naturalidad, sin tensión. No reaccionamos: respondemos. No actuamos por impulso, sino desde la sintonía con lo real. Esta es la actividad del bodhisattva: actuar sin ser arrastrado por los vaivenes de la mente condicionada, ofreciendo calma y claridad a un mundo lleno de ruido.

Cuando la mente alcanza la ecuanimidad, no hay nada que empujar, nada que retener. Todo movimiento se aquieta. Y en esa quietud, se revela una paz profunda que no depende de las circunstancias, ni del resultado, ni del esfuerzo. Una paz que ya estaba ahí, esperando ser reconocida.