Cuando las dudas se disipan por completo

Portada del libro Xin Xin Ming de Daizan Soriano

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Cuando las dudas se disipan por completo, la confianza se vuelve serena y armoniosa.

Uno de los cinco obstáculos clásicos en la tradición budista es la duda. En nuestro camino es importante tomar conciencia de ella para transformarla en una confianza sincera y armoniosa. Las dudas son como sombras que, en silencio, obstaculizan el camino hacia la comprensión profunda y la realización. En el zen decimos: «pequeña duda, pequeña iluminación; gran duda, gran iluminación». Porque, como todos los obstáculos, la duda puede convertirse en una oportunidad valiosa de introspección y claridad.

No hay que temer a la duda, sino acogerla con honestidad y lucidez. Existen muchas formas de dudar: podemos dudar de nuestra propia capacidad, de la enseñanza, del maestro, del Buda o incluso del camino en sí. A veces dudamos porque el ego se resiste a soltar el control; otras veces, porque hemos sido heridos y desconfiamos. Y otras, porque simplemente aún no hemos visto con claridad.

La duda aparece cuando la mente se topa con sus propios límites, cuando las ideas fijas comienzan a resquebrajarse. Y justo ahí, si no huimos, puede abrirse una puerta. A menudo, las dudas más persistentes no son intelectuales, sino existenciales. No dudamos solo de conceptos, sino de nuestro lugar en el mundo, de nuestra capacidad de amar, de soltar, de entregarnos. Por eso, la práctica no consiste en suprimirlas, sino en acompañarlas con presencia, sin necesidad de respuestas inmediatas.

A través de zazen, el estudio del Dharma y el encuentro con las enseñanzas de los maestros, aprendemos a atravesar la niebla de la confusión. No se trata de acumular respuestas, sino de descubrir la verdad que habita en lo más profundo de nuestra consciencia. Con cada respiración consciente y cada instante de plena atención, la mente se aquieta y se vuelve transparente, revelando la naturaleza de la realidad tal como es.

A medida que la niebla de la duda se disipa, la confianza surge de forma natural, sin esfuerzo. No es una fe ciega ni una creencia impuesta, sino una confianza que nace de la experiencia directa y de una comprensión íntima y viva. Es la confianza en el proceso de la vida, en la interdependencia de todas las cosas, en el camino que se revela paso a paso bajo nuestros pies.

Esta confianza serena no nos promete certezas, pero nos sostiene incluso cuando no las hay. Nos da raíces cuando todo se tambalea. Nos permite quedarnos donde estamos, aunque lo que sintamos sea incertidumbre, tristeza o no-saber. Cuando esta confianza nos acompaña, el corazón y la mente se alinean armoniosamente. La lucha interna se desvanece, y en su lugar brotan la paz y la claridad.

Esta armonía interior transforma nuestra forma de estar en el mundo: se refleja en nuestras relaciones, en nuestras palabras y acciones, en cada gesto de bondad y compasión. Así, la confianza cultivada en la práctica nutre no solo nuestro bienestar, sino también el de todos los seres. La duda se disuelve no porque desaparezca, sino porque deja de tener el poder de separarnos de la vida.

Todo se disuelve sin dejar rastro, no queda huella en la memoria.

Todas las experiencias son impermanentes, están en constante cambio. Nada permanece fijo. Nada se detiene. No hay nada que no fluya y finalmente se disuelva sin dejar rastro.

Zazen nos entrena, de forma directa y sencilla, a permanecer sin movernos ante lo que aparece y desaparece. Esta disposición natural genera, con el tiempo, una ecuanimidad profunda: no una actitud pasiva, sino una presencia viva, clara y libre.

Vivir desde la ecuanimidad no significa reprimir el dolor ni negar la alegría, sino verlas tal como son: olas que vienen y van, sin dejar rastro en el océano profundo. Esta sabiduría no nace de la teoría, sino de la práctica perseverante. Con el tiempo, se convierte en una fortaleza interior, en una fuente inagotable de compasión y discernimiento.

Una de las historias más conmovedoras de nuestra tradición que ilustra esta enseñanza es la del cuenco de mostaza:

Una mujer desesperada por la muerte de su hijo acudió al Buda, suplicándole que lo devolviera a la vida. El Buda, con infinita compasión, le pidió que trajera un puñado de mostaza de una casa donde nunca hubiera muerto nadie. La mujer recorrió muchas casas, pero en todas había habido pérdidas. Comprendió entonces, sin que nadie se lo dijera, que la muerte forma parte de la vida. Y en esa aceptación silenciosa, su corazón comenzó a sanar.

Generalmente damos por cierta nuestra memoria, pero esta es frágil, maleable, incompleta. Está teñida por emociones, por el paso del tiempo, por narrativas que inventamos sin darnos cuenta. Reconocer esta fragilidad no es motivo de inquietud, sino una oportunidad para soltar la rigidez de nuestras opiniones y abrirnos a una percepción más lúcida y compasiva.

La memoria, aunque ilusoria en gran medida, cumple su función: nos da una sensación de continuidad, de identidad. Pero en la práctica, aprendemos a no tomarla por absoluta. Al fin y al cabo, despertar es disolver nuestras fabricaciones mentales, dejar que todo se disuelva sin aferrarnos. Y en ese vacío fértil, descubrimos nuestra naturaleza original.

La vacuidad luminosa resplandece por sí misma sin hacer ningún esfuerzo mental.

La verdadera comprensión y sabiduría no emergen de un esfuerzo mental agotador ni de un análisis intelectual tenaz, sino de un estado de receptividad tranquila y apertura, sin exclusiones. En el momento en que dejamos ir las construcciones mentales automáticas del ego, esos pensamientos que nunca cesan, es cuando el resplandor natural de nuestra auténtica naturaleza se puede expresar con libertad. En el budismo zen, hablamos de esto como la «Mente de Principiante», una mentalidad que nos permite mirar el mundo con ojos frescos, renovados en cada instante, sin el peso de nuestras preconcepciones ilusorias ni las construcciones mentales automatizadas.

Para liberarnos de ese esfuerzo mental innecesario, debemos cultivar una profunda confianza interna. Esta confianza nos conecta con nuestra verdadera naturaleza original, permitiéndonos trascender el apego al yo de manera natural, sin sobreesfuerzo. Tampoco se trata de una creencia ciega, sino de una experiencia directa, un acto de confianza honesto.

Para desarrollar esta confianza, es necesario primero ser conscientes de la estructura del «yo», y luego disolver esa identificación que hemos hecho de manera ciega con nuestra personalidad. Este proceso puede ser muchas veces doloroso, pues nos exige soltar una parte de nuestra identidad y enfrentarnos a lo desconocido. La confianza serena, en este caso, es el apoyo que necesitamos, pues nos da la seguridad de que todo estará bien a pesar de las incertidumbres y vacíos que puedan surgir.

La confianza serena no se basa en confiar en algo concreto, sino en la bondad intrínseca del universo. Es una disposición a dar el salto al abismo, sin garantías de lo que sucederá, pero con la certeza de que todo estará bien, sin importar las circunstancias. Esta confianza nos permite vivir con valentía y autenticidad, sin luchar contra lo que es, sin imponer esfuerzos innecesarios.

Cuando estamos anclados en esta confianza serena, vivimos nuestras vidas con libertad y paz. Ya no nos paralizan el miedo ni la preocupación; actuamos desde la seguridad de saber que estamos en el lugar adecuado, haciendo lo que debemos hacer. La confianza serena nos permite entregarnos completamente a la vida, soltar el control, y vivir en armonía con la realidad tal como es.

Más allá del pensamiento la mente y las emociones son insondables.

En la Vía del Zen, las paradojas aparentes nos guían a ir más allá de nuestra comprensión habitual de la realidad. El pensamiento racional, aunque esencial para nuestra vida cotidiana, tiene su valor limitado. Nos ha permitido entender el mundo, desarrollar tecnologías y formar sociedades complejas. Sin embargo, también se encuentra atrapado en patrones rígidos, condicionado por nuestras experiencias, prejuicios y deseos. El antídoto a esta «enfermedad» es el «no pensamiento».

El no pensamiento no implica una total ausencia de actividad mental, sino más bien un estado de conciencia en el que trascendemos las barreras del pensamiento racional, «más allá del pensamiento». Es una apertura hacia una realidad más profunda, donde nos liberamos de las distorsiones que nuestras propias ideas y emociones imponen sobre la percepción del mundo. En este estado, somos capaces de percibir la vida con mayor claridad, sin los filtros usuales de nuestra mente analítica.

La sabiduría, entonces, no se encuentra en acumular conocimientos o ideas a través del estudio o la experiencia. No es algo que se pueda medir o analizar. Más bien, es un estado de ser, un estado en el que nos conectamos con la esencia misma de la realidad. La verdadera sabiduría se revela cuando aprendemos a ver el mundo no desde un lugar de conocimiento intelectual, sino desde un espacio de claridad profunda y compasión. El sabio no es aquel que sabe más, sino aquel que puede ver más allá de las limitaciones de su mente y emociones ordinarias.

Al abrirnos a la experiencia del no pensamiento, podemos alcanzar una realidad más amplia, una en la que nuestra naturaleza original se revela sin los obstáculos impuestos por la mente condicionada. Es en este espacio de no apego y no juicio donde podemos descubrir la verdadera sabiduría que reside en cada uno de nosotros, como una fuente inagotable e insondable.

Así, en el Zen nos sumergimos en lo insondable, no para buscar respuestas definitivas, sino para vivir en armonía con la fluidez y misterio de la existencia, permitiendo que el pensamiento se disuelva en la experiencia directa del ser.

La realidad tal cual es abarca todo, no hay otro, no hay yo.

Cada experiencia, pensamiento y emoción no existe aisladamente, sino entrelazado en una red infinita de relaciones y causas. Nuestra existencia está tejida inseparablemente con la totalidad del universo. Al comprender esto profundamente, desaparecen las fronteras que construimos entre el «yo» y los «otros», en esencia, todo es uno. No existe una realidad separada del todo, no existe un yo aislado frente a los demás.

La práctica del zazen es una vía directa para experimentar esta realidad unificada. Al sentarnos en silencio y observar nuestra mente, las barreras que hemos construido entre nosotros y el mundo comienzan a disolverse de manera natural. Zazen actúa como una luz clara que revela nuestra auténtica naturaleza original, libre de las ilusiones del ego y de las falsas identificaciones. En este estado de apertura y quietud, percibimos con claridad la profunda interdependencia que nos une con todo lo que existe.

Al cultivar esta visión en nuestra vida cotidiana, comenzamos a vivir desde una perspectiva más amplia y compasiva. El reconocimiento de nuestra unidad fundamental con los demás y con el universo nos lleva a actuar con más empatía y comprensión. Zazen transforma nuestra relación con el mundo, permitiéndonos enfrentar las circunstancias cotidianas con serenidad, gratitud y apertura.

Mediante la práctica zen, realizamos la unidad intrínseca que subyace en toda existencia. Al hacerlo, trascendemos las fronteras del ego y accedemos a la experiencia profunda de que, en realidad, no existe separación alguna: en la realidad tal cual es, todo es uno.