El Dharma está más allá de la dualidad, pero los ilusos lo convierten en objeto de apego.
Los fenómenos, en su esencia, no son diferentes entre sí; es nuestra mente, atrapada en el apego, la que genera la ilusión de separación. La realidad se manifiesta como un todo interconectado, pero nuestras preferencias, aversiones y juicios la fragmentan, haciéndonos creer en diferencias sustanciales donde en verdad solo hay unidad.
Los tres venenos —apego, aversión e indiferencia— condicionan nuestra percepción y nos mantienen atrapados en la dualidad. El apego nos aferra a lo que consideramos deseable, generando miedo a la pérdida. La aversión nos empuja a rechazar lo que nos resulta incómodo, negándonos la oportunidad de verlo con claridad. La indiferencia nos insensibiliza, impidiendo que experimentemos la realidad en su totalidad. Estos patrones nos separan de la experiencia directa, creando la ilusión de un mundo fragmentado cuando, en realidad, todo es expresión de una misma naturaleza.
Cultivar la ecuanimidad es trascender esta visión distorsionada. No se trata de reprimir nuestras respuestas emocionales, sino de observarlas sin quedarnos atrapados en ellas. Ver sin aferrarnos. Escuchar sin rechazar. Sentir sin endurecernos. Cuando dejamos de etiquetar cada experiencia como buena o mala, deseable o indeseable, la mente se abre a una comprensión más profunda y directa de la realidad.
Uno de los seis paramitas del bodhisattva es la paciencia. Paciencia no es una mera tolerancia pasiva ni una espera resignada, sino una aceptación profunda de lo que es. Paciencia es permitir que la realidad se despliegue sin imponerle nuestras expectativas. Es la disposición a permanecer en el presente sin lucha ni resistencia, comprendiendo que cada fenómeno surge y desaparece sin una identidad fija. Y es, también, la perseverancia en la práctica, el compromiso de seguir caminando el sendero del despertar con ecuanimidad y claridad.
Soltar el apego a la ilusión de diferencia nos permite descansar en la realidad tal como es, sin necesidad de forzarla ni rechazarla.
Si tratas de usar la mente para comprender la mente, ¿acaso no es un gran error?
Intentar comprender la mente con la mente misma es una paradoja. Es como querer lavar una mancha de sangre con sangre, o intentar levantarse del suelo tirándose del propio cabello. Este es el callejón sin salida del autoconocimiento, cuando se persigue desde los propios mecanismos mentales. La mente, esa herramienta que nos permite percibir, pensar y conceptualizar, se convierte al mismo tiempo en el velo que nos impide ver más allá de sus propios límites.
Existe un camino más allá de estas fronteras autoimpuestas. Trascender la mente no significa rechazarla, sino comprender su funcionamiento, su tendencia a girar en bucles, a retroalimentarse. En esa comprensión profunda —no meramente intelectual, sino vivencial— se encuentra la llave para deshacer el nudo que nos ata al sufrimiento y a la ilusión del control.
Es como abrir una puerta hacia un espacio más amplio, donde el silencio no es vacío, sino plenitud. Al mirar desde ese lugar, ya no nos sentimos atrapados en la narrativa interna, en las explicaciones, en la necesidad constante de entender. Aparece entonces una forma distinta de saber: directa, inmediata, libre.
La práctica del Zen nos conduce justamente ahí. No se trata de acumular conceptos ni de perfeccionar teorías, sino de experimentar. Sentarse, soltar, observar sin juicio. Ir más allá de la mente que etiqueta, que clasifica, que se aferra. ¿Qué hay más allá del pensamiento? ¿Qué ocurre cuando dejamos de intentar entender y simplemente somos?
En el Zen decimos:
«Si la ocasión se presenta, experiméntalo».
No lo conceptualices, no lo analices. Sumérgete en la experiencia.
En la ignorancia surge la quietud y la agitación, en el despertar cesan el apego y el rechazo.
En el modo automático de existencia somos marionetas de nuestros deseos, perseguimos incansablemente lo que anhelamos y huimos de lo que juzgamos como desagradable, solo para encontrarnos enredados en un ciclo interminable de aparente orden y caos. Atrapados en un juego incesante de atracción y rechazo, como un hámster en su rueda, sin poder parar para llegar a ninguna parte.
El despertar nos permite trascender esta dualidad. Al liberarnos de las cadenas de la atracción y el rechazo, encontramos una paz que trasciende las circunstancias cotidianas. Este despertar va mucho más allá de lo que podamos encontrar en los libros, debe ser una experiencia que emane desde las entrañas de nuestra sabiduría innata.
La ignorancia es como un estado de ensoñación, donde seguimos los impulsos de nuestros deseos automáticamente. Pero, ¿qué sucede cuando nos despertamos de este sueño? En el despertar, cesa la atracción y el rechazo. Nos convertimos en observadores conscientes de la vida, capaces de fluir con los acontecimientos en lugar de resistirnos a ellos.
La verdadera comprensión no proviene solo de lo que hemos leído o aprendido de otros, sino de sumergirnos en las aguas de nuestra experiencia personal. Es a través de nuestras propias vivencias que descubrimos la verdad interna que trasciende las palabras impresas.
Forma parte de nuestra responsabilidad encontrar el camino hacia el despertar. En lugar de depender ciegamente de las enseñanzas externas, nos sumergimos en la riqueza de la experiencia directa. Este viaje hacia la verdad desde dentro nos libera de la dualidad de la atracción y el rechazo, permitiéndonos abrazar la plenitud de la vida con una mente clara y un corazón abierto.
El despertar es un proceso continuo, una invitación constante a mirar más allá de las apariencias y descubrir la verdad que yace en el núcleo de nuestra existencia.
La existencia de los opuestos es producto de la evaluación mental.
Los pares de opuestos —bien y mal, placer y dolor, vida y muerte— no existen por sí mismos. Son construcciones mentales, etiquetas que la mente utiliza para orientarse en el mundo. El pensamiento clasifica, delimita, compara. Nos ofrece mapas, pero no el territorio.
Esta capacidad de discriminar tiene su función, pero cuando nos identificamos con ella, confundimos los mapas con la realidad. Creemos que debemos elegir siempre entre uno y otro extremo: aferrarnos al placer y evitar el dolor, buscar la vida y negar la muerte, abrazar lo que nos gusta y rechazar lo que nos incomoda. Así, sin darnos cuenta, nos atrapamos en un juego de tensiones que genera conflicto y sufrimiento.
El problema no está en el pensamiento, sino en la identificación con él. Cuando creemos que nuestras ideas son la realidad, nos perdemos en una visión fragmentada del mundo. Y es ahí donde nace la lucha interior, la división entre «yo» y «lo otro», entre lo que quiero y lo que temo.
La liberación comienza cuando reconocemos que los opuestos no son realidades absolutas, sino construcciones mentales. Al observar nuestros pensamientos sin aferrarnos a ellos, la mente se aquieta. De esa calma surge una percepción más clara, más libre de juicios. Una percepción que no divide, que no separa, que no pone etiquetas.
La realidad no es dual. No está hecha de extremos enfrentados, sino de un continuo cambiante, una danza fluida de causas y condiciones que se entrelazan sin cesar. No hay separación real entre placer y dolor, vida y muerte: todo forma parte de un mismo movimiento.
Al sentarnos en zazen, sin buscar nada, sin rechazar nada, vamos disolviendo las fronteras que hemos heredado o creado inconscientemente. Surge entonces una paz que no depende de las circunstancias, una alegría que no necesita un motivo. Si queremos vivir en armonía, debemos empezar por dejar de dividirnos por dentro. Ver la realidad como un todo interconectado no es solo una comprensión espiritual, es un acto honesto de bondad.
Son solo sueños, ilusiones y reflejos vacíos, ¿por qué tratar de atraparlos?
Lo que percibimos a través de nuestros sentidos es, en gran medida, un juego de apariencias. Nuestra experiencia del mundo —lo que vemos, tocamos, pensamos o sentimos— no es más que una red de impresiones efímeras, sin sustancia fija. En la enseñanza budista de anatta, se nos revela que no existe un «yo» sólido o permanente detrás de la experiencia. Lo que llamamos «yo» es simplemente una configuración cambiante de cinco agregados: forma, sensación, percepción, formaciones mentales y conciencia. Nada en esa estructura tiene existencia propia o duradera.
Los pares de opuestos —bien y mal, placer y dolor, nacimiento y muerte— son reflejos mentales que surgen como intentos de organizar lo inabarcable. Son útiles en el plano funcional, pero no poseen una verdad última. Apegarnos a ellos, atraparlos como si fueran reales, nos encierra en un ciclo de insatisfacción: nos aferramos al placer que huye, rechazamos el dolor que inevitablemente vuelve, nos identificamos con formas que están condenadas a cambiar.
Comprender esta naturaleza ilusoria no es un acto de negación, sino de liberación. Cuando dejamos de perseguir sombras, comenzamos a tocar la realidad sin intermediarios. Es como ver una imagen reflejada en el agua: puedes intentar agarrarla con la mano, pero solo perturbarás su superficie. En cambio, si simplemente la observas, aparece una claridad más profunda.
Una bella imagen lo ilustra: una ola parece una entidad separada, pero no es más que una manifestación temporal del océano. No tiene existencia propia más allá del agua que la forma. En la película Samsara, un monje encuentra una piedra inscrita con la pregunta: «¿Qué hay que hacer para que una gota de agua no se evapore?».
La respuesta está justo detrás: «Devolverla al océano».
Así también nosotros: mientras nos creemos separados, vivimos con miedo a evaporarnos. Pero al soltar esa ilusión de separación, retornamos a la vastedad del océano, a la realidad sin forma.
Aferrarnos a lo conocido nos da una sensación momentánea de seguridad. Pero lo conocido es solo un patrón repetido, una interpretación. La vida real es flujo, transformación, vacío fecundo. Identificarnos con lo que cambia nos condena a la incertidumbre y al sufrimiento, porque en el fondo sabemos que nada permanece.
Desapego no significa rechazo de la experiencia, sino apertura a su verdadera naturaleza. Al soltar la necesidad de atrapar y fijar, descubrimos otra manera de estar: una que no necesita controlar, que no teme el cambio. Y desde ahí, podemos vivir con más ligereza, más claridad, más compasión.
La comprensión de que todo es ilusión y reflejo vacío, no nos aísla del mundo: nos reconcilia con él. Porque ya no exigimos que sea diferente, ya no proyectamos nuestras fantasías sobre él. Simplemente estamos presentes, respirando, sintiendo, siendo.
Y en esa presencia sin afán de captura… descansamos.