Ganar y perder, correcto e incorrecto…

Portada del libro Xin Xin Ming de Daizan Soriano

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Ganar y perder, correcto e incorrecto… suéltalos de una vez.

Cuando observamos la ganancia y pérdida, descubrimos que no son más que interpretaciones que proyectamos sobre los hechos. En el giro incesante de la existencia, lo que hoy nos parece una ganancia puede revelarse mañana como una pérdida, y lo que hoy lamentamos podría abrir la puerta a una oportunidad inesperada. Aferrarse a estas categorías nos encadena al sufrimiento, porque nos resistimos a la verdadera naturaleza de la vida: su constante transformación.

En la tradición budista, una de las tres marcas de la existencia es la impermanencia. Todo lo que surge, cambia. Todo lo que cambia, desaparece. Esta comprensión debe transformarse una una experiencia vivida que encarne la naturaleza transitoria de todas las cosas.

Del mismo modo, las nociones de lo correcto y lo falso se desdibujan cuando miramos con los ojos del despertar. Lo que una mente condicionada considera correcto, otra puede juzgar erróneo, y viceversa. Contextos culturales, marcos históricos, vivencias personales… todo moldea nuestras percepciones. Así, lo que creemos firmemente puede derrumbarse ante una comprensión más amplia, más libre, más compasiva.

La práctica del Zen nos enseña a ir más allá de estas dualidades. A través de la meditación, aprendemos a mirar sin filtros, a habitar el instante presente sin aferrarnos a etiquetas, juicios ni narraciones. En ese silencio claro, la realidad se muestra tal como es: sin división, sin opuestos, sin conflictos.

Al contemplar la impermanencia con una mente abierta, dejamos de perseguir la ganancia y de temer la pérdida. Ya no necesitamos aferrarnos a lo correcto ni rechazar lo falso. Simplemente estamos. Y en ese estar, libres de construcciones mentales, podemos encontrar la paz profunda de quien ha dejado de luchar contra el río de la vida y ha aprendido a fluir con él.

Si los ojos no duermen, todos los sueños desaparecen por sí mismos.

El despertar es la enseñanza central y la experiencia más transformadora en el budismo. De hecho, Buda no es un nombre propio, sino un epíteto que significa «el despierto»: aquel que ha trascendido la ignorancia y el sufrimiento para morar en una sabiduría serena y compasiva. Este estado no está reservado a unos pocos; es una posibilidad real al alcance de todos y todas. En ese camino, la atención es la llave.

Cuando «los ojos no duermen» —es decir, cuando cultivamos una presencia lúcida, especialmente a través de la atención al cuerpo y a la respiración—  comenzamos a habitar la experiencia con ecuanimidad. Sin necesidad de luchar, reprimir o controlar, los contenidos mentales —sueños, ilusiones y proyecciones—  comienzan a disolverse por sí solos. La realidad se va revelando tal como es, sin adornos ni filtros.

En el Zen utilizamos con frecuencia la metáfora del espejo para clarificar esta enseñanza. Un espejo limpio refleja con nitidez lo que tiene delante. Pero si está cubierto de polvo, la imagen se distorsiona y confundimos lo que vemos. Del mismo modo, una mente clara y atenta refleja fielmente la realidad. En cambio, una mente ofuscada por pensamientos, juicios y emociones desbordadas genera confusión, sufrimiento y separación.

Esta imagen está bellamente recogida en el conocido poema del caso 34 del Denkoroku.

El cuerpo es el árbol de la iluminación, la mente es un espejo resplandeciente. Trata de mantenerlo siempre limpio y no permitas que el polvo se acumule sobre él.

Esta es una enseñanza parcial. La realización última va más allá incluso de la limpieza del espejo. Así lo expresó el sexto patriarca Huineng en su célebre respuesta:

La iluminación no es esencialmente un árbol, ni hay tampoco espejo que resplandezca. Desde el principio, no existe una sola cosa: ¿dónde podría, entonces, acumularse el polvo?

Estas palabras no niegan la práctica, sino que apuntan más allá de toda forma, más allá incluso de la idea de un «yo» que deba despertar. Cuando la mirada está verdaderamente despierta, no hay nada que alcanzar ni nada de lo que deshacerse. Solo queda esta presencia viva, clara y libre, donde todos los sueños se disuelven como la niebla al amanecer.

Cuando la mente no discrimina, los diez mil dharmas son uno.

Cuando cesamos de dividir, clasificar y oponer, se revela la unidad fundamental de la existencia. Los «diez mil dharmas» —es decir, todos los fenómenos del universo—  no son cosas separadas, sino expresiones interdependientes de una misma realidad. Comprender esto no es una mera idea filosófica, sino una realización profunda, como una llave que abre la puerta al estado de no-dualidad. Es la experiencia de una mente que ha trascendido la compulsión de separar entre «esto» y «aquello», entre «yo» y «el mundo», entre «correcto» y «equivocado». Una mente unificada, sin fisuras, que no toma partido ni por ni contra.

Se trata de cultivar una mente sin preferencias, sin etiquetas. Una mente abierta y receptiva, capaz de acoger la realidad tal como es, sin separarla en bueno y malo, correcto o incorrecto, sagrado o profano. Practicar esta no discriminación no significa volverse indiferente, sino despertar a una sabiduría compasiva que reconoce la interconexión de todos los seres. Al soltar las categorías rígidas, el corazón se ensancha y la vida se unifica.

Y entonces, como una consecuencia natural —no como una conquista personal— , los «diez mil dharmas son uno». Las cosas no desaparecen ni se funden en un vacío homogéneo. No es que todo se vuelva igual, sino que se reconoce lo uno en lo múltiple. Cada cosa es tal como es —única, irrepetible—  pero no está separada de nada. Las olas distintas del mar no dejan de ser olas, pero son solo el mar. Las diez mil cosas —todos los fenómenos del mundo—  siguen siendo múltiples, pero ya no están desgajadas del corazón de la realidad.

Es una visión en la que la diversidad no es contradicción, sino expresión de la unidad. Cuando dejamos de proyectar nuestras preferencias, cuando cesa la mente que toma partido, lo que queda es una gran inclusividad: todo tiene su lugar, todo está interconectado, todo es, simplemente, así como es.

Y esto no es un ideal lejano, sino una forma de ver que se cultiva momento a momento en la práctica de zazen: sentarse sin tomar partido, sin dividir, sin construir un yo frente a las cosas. Entonces la mente descansa. Y en ese descanso, el mundo entero se vuelve íntimo.

En la unidad se realiza la esencia profunda, sin esfuerzo los apegos se disuelven.

Todo en este universo está interconectado. Nada existe por sí solo. Cada ser, cada cosa, cada instante, forma parte de una red viva de interdependencia. Esta es una enseñanza fundamental del budismo: no hay separación, no hay un «yo» aislado, no hay un «esto» frente a «aquello».

Cuando nos sentamos en zazen y soltamos nuestras ideas, juicios condicionados y expectativas, comienza a revelarse una unidad silenciosa que no necesita ser entendida, solo reconocida. No es una comprensión intelectual, sino un despertar natural, sin esfuerzo.

Cuando la mente descansa en la unidad, las nociones de causa y efecto, de tiempo y progreso, se diluyen. Ya no hay un punto de partida ni una meta. Solo este momento, completo en sí mismo. Al cesar la agitación, los apegos se disuelven por sí solos. No porque los forcemos a desaparecer, sino porque ya no tienen de dónde agarrarse. En el silencio de la práctica, lo que parecía sólido se vuelve fluido. Lo que parecía separado, se revela como uno.

Esta es la esencia de la vía: no hacer nada especial, no perseguir nada. Simplemente sentarse, con el cuerpo en quietud y el corazón abierto. Permitir que la vida sea como es. En esta forma de estar, encontramos una sabiduría que no depende del pensamiento y una compasión que no necesita esfuerzo. Vivir desde esta unidad es vivir con autenticidad, sin necesidad de adornos, sin miedo a la imperfección.

Zazen no es una técnica ni un medio para alcanzar algo. Es el retorno natural a lo que siempre ha estado aquí. Cuando la mente deja de dividir, el mundo entero se vuelve íntimo.

Cuando todos los fenómenos son contemplados con ecuanimidad, retornan a su naturaleza original.

En el bullicio y el caos de la vida cotidiana, nos vemos inmersos en un mar de emociones y experiencias que nos arrastran en diferentes direcciones. En medio de este torbellino surgen el conflicto y el sufrimiento. Anhelamos la calma y la serenidad. Pero, ¿cómo encontrar tranquilidad en un mundo tan turbulento?

La tradición Zen nos ofrece un camino diferente a este caos a través del cultivo sistemático de la ecuanimidad y la aceptación. Contemplando la realidad con equilibrio y una presencia serena. La ecuanimidad nos da la capacidad de observar el flujo de la vida sin ser arrastrados por sus oleajes. Nos permite mantenernos en calma, incluso en medio de las tormentas más intensas. Como quien aprende a surfear las olas sin hundirse en ellas.

La práctica de zazen cultiva en nosotros esta mirada ecuánime. Nos enseña a permitir que las cosas sean tal como son, sin juicio ni resistencia. En este estado de aceptación, cada experiencia retorna a su esencia: nada sobra, nada falta. Lo que parecía un obstáculo se revela como enseñanza. En lugar de luchar contra la corriente de la vida, nos abrimos a su ritmo natural, encontrando paz y armonía instante a instante.

La aceptación es confianza. Es aprender a abrazar la realidad tal como es, sin intentar forzarla ni controlarla. Y en ese gesto de rendición —que no es resignación—  encontramos una profunda libertad: la libertad de soltar nuestras exigencias, nuestras expectativas, nuestros deseos no satisfechos.

Cuando aceptamos plenamente lo que es, brota una paz silenciosa. Ya no luchamos. Dejamos de resistirnos, y el sufrimiento pierde fuerza. Entonces, podemos sumergirnos en el fluir de la vida con el corazón abierto, habitando cada momento con serenidad, incluso en medio de la impermanencia.