Intentar detener el movimiento solo lo intensifica aún más. Cuando el movimiento cesa, la calma regresa.
La sociedad occidental actual se caracteriza por la velocidad y el movimiento continuo, generando niveles de ansiedad y depresión que afectan a un porcentaje muy elevado de la población. Ello nos hace ir siempre detrás de algo más, de algo que nos aporte satisfacción. Sin darnos cuenta, esta búsqueda incesante nos arrastra hacia el caos mental, como si estuviéramos atrapados en una espiral interminable de deseos y expectativas insatisfechas.
Cuando somos capaces de reconocer nuestro malestar, en lugar de encontrar paz, muchas veces lo intensificamos al luchar contra el movimiento mismo. Intentamos frenarlo mediante el control y la resistencia, pero esta lucha no hace más que alimentar el movimiento y distanciarnos aún más de la calma que tanto deseamos.
La paz y la calma están solo a nuestro alcance cuando el movimiento de atracción y rechazo cesa. La verdadera paz no se alcanza a través de la oposición, sino cuando permitimos que el movimiento —esa atracción y rechazo constante— se disuelva por sí solos a través de la toma de consciencia ecuánime. Es en ese momento, cuando el torbellino de pensamientos y emociones cesa, que la auténtica calma emerge.
El filósofo y matemático francés Blas Pascal (1623-1662) dijo en una ocasión: «Todos los problemas del hombre vienen de que no sabe cómo sentarse y quedarse quieto». A través de la práctica de zazen, aprendemos a sentarnos y simplemente ser, sin resistirnos ni al movimiento ni a la quietud. Nos volvemos íntimos con nosotros mismos, abrazando la realidad tal cual es, permitiendo que la paz profunda, nos envuelva naturalmente.
Una vez que nos sumergimos en esta serenidad, volvemos a la vida cotidiana y al movimiento con una conciencia renovada. Este movimiento, que antes era impulsivo, ciego y causante de sufrimiento, ahora se vuelve consciente, equilibrado y fuente de alegría y plenitud.
Aferrarse a los extremos impide realizar la unidad.
Los extremos son interdependientes: no hay día sin noche, ni vida sin muerte, ni alegría sin tristeza. Aunque puedan parecer opuestos irreconciliables, se entrelazan y complementan como el movimiento alternado de la pierna izquierda y la derecha al caminar. Juntos forman una única realidad, como las dos caras de una moneda. Si nos apegamos ciegamente a uno de estos extremos y rechazamos su opuesto, perdemos la oportunidad de reconocer su interconexión y, con ello, de «realizar la Unidad». Aun cuando estemos completamente identificados con uno de ellos, la Unidad sigue siendo intrínseca. La Realidad es tal cual es, y no depende de nuestro limitado e ilusorio punto de vista.
Esta identificación con un extremo ocurre de forma constante y, con frecuencia, sin que seamos conscientes de ello. Esto se debe, en gran parte, a nuestra necesidad de generar una identidad que nos proporcione seguridad y estabilidad: un «yo» autónomo e independiente que, en última instancia, es ilusorio.
Para liberarnos de esta percepción distorsionada, debemos cultivar la ecuanimidad, una cualidad que nos permitirá desidentificarnos de los extremos y alcanzar una visión más amplia y acorde con la Realidad. Este es el camino medio del Buda, el sendero que nos enseña a mantener el equilibrio entre los opuestos sin identificarnos con ninguno de ellos. Al recorrer este camino, podemos vivir en armonía, fluyendo entre los extremos sin dejarnos arrastrar por ellos.
Nuestra configuración perceptual por defecto nos proporciona una visión dualista de todo lo que nos rodea que inevitablemente nos provoca sufrimiento. Nuestra manera de experimentar esta «realidad» no es la única manera de hacerlo. La tradición budista nos enseña la manera de ajustar el foco de nuestra percepción para que sea más acorde a como son las cosas, abriéndonos así la puerta a la paz y felicidad que emergen de manera natural con la Visión Correcta que el Buda nos legó.
«En la oscuridad existe la luz,
no tengáis una visión oscura.
En la luz existe la oscuridad,
no tengáis una visión luminosa.
La luz y la oscuridad parecen opuestas,
pero dependen la una de la otra
como la pierna derecha depende de la pierna izquierda.»
Si no alcanzas la unidad, te perderás en ambos extremos.
Cuando no reconocemos que, en el fondo, todas las cosas están interconectadas, perdemos de vista cómo los opuestos —como el bien y el mal, la luz y la oscuridad— funcionan juntos en armonía. Cuando entendemos esta Unidad, podemos ver con claridad cómo la dualidad, es decir, los contrastes de la vida, no son contradicciones, sino aspectos complementarios de un todo mayor. Todo está perfectamente dispuesto tal como es. Cada cosa cumple su propósito sin exceso ni carencia, formando parte de un equilibrio natural y preciso que sostiene al universo entero, más allá de nuestras opiniones y juicios.
Nuestras mentes condicionadas nos llevan a identificarnos con un extremo de la dualidad: nos inclinamos por lo que nos agrada y rechazamos lo que no nos gusta. Pero cuando tomamos partido por un polo, ya sea el placer o el dolor, lo correcto o lo incorrecto, perdemos la experiencia completa. Es como ver solo una parte del cuadro. Sin embargo, si dejamos de identificarnos exclusivamente con uno de los extremos y no tomamos partido, ambos polos se mantienen en equilibrio de forma natural, sin esfuerzo.
Esta actitud nos conduce naturalmente a una verdad liberadora: la manera habitual de experimentar la realidad como un conjunto de opuestos no es la única ni la más adecuada para vivir plenamente. De hecho, esta percepción dualista es la causa principal de gran parte de nuestro sufrimiento. Vemos la vida como una lucha entre contrarios, lo que nos hace vivir en conflicto constante con nosotros mismos y con los demás. Este conflicto surge porque nuestra mente separa lo que en realidad está unido, creando una distorsión en nuestra percepción del mundo y de nosotros mismos.
La práctica correcta del Dharma disuelve esta visión fragmentada. Nos muestra que hay otra manera de ver, ser y estar en el mundo, que se ajusta de manera más fidedigna a la Realidad tal como es. Esta forma de vivir, más allá de los opuestos, no genera dolor ni sufrimiento, sino que nos lleva a un estado de equilibrio y paz. Y a eso apunta toda la práctica, el estudio y la experiencia del Dharma del Buda: no solo a enseñarnos a meditar o a calmarnos, sino a ayudarnos a ver y vivir desde una comprensión profunda y transformadora de la naturaleza de la realidad.
Imagina que hasta ahora has vivido en un mundo donde solo reconoces la sombra sin saber que está creada por la luz. Solo al entender que la sombra no existe sin la luz, puedes ver el panorama completo y vivir en armonía con ambos. Esta visión nos libera de las ilusiones de separación y nos permite vivir con plenitud la vida tal como es en su totalidad.
La verdadera libertad y paz surgen cuando reconocemos la Unidad detrás de la dualidad. Este es el propósito de la práctica budista: disolver las ilusiones de separación y descubrir la realidad profunda de la interconexión de todas las cosas, devolviéndonos al equilibrio natural. Es un proceso de despertar, en el que vamos más allá de los condicionamientos que nos hacen sufrir y nos reconectamos con la esencia de la vida misma, que es completa tal como es.
Al rechazar la existencia, se pierde su verdadera naturaleza; al aferrarse al vacío, se niega su auténtico significado.
En el Maka Hannya Haramita Shingyo, recitamos: «Shiki soku ze ku, ku soku ze shiki» — los fenómenos (shiki) son vacuidad (ku), la vacuidad es fenómenos. No son dos realidades separadas, sino expresiones inseparables de una misma verdad.
Fenómenos y vacuidad están completamente entrelazados, sin distinción real más allá de los conceptos que la mente formula. Pero nuestra tendencia es aferrarnos a una de estas perspectivas, atrapándonos en el dualismo. Al fijarnos solo en los fenómenos, caemos en el apego y la ilusión de una existencia sustancial; al aferrarnos únicamente a la vacuidad, corremos el riesgo de negar el dinamismo de la existencia, transformando la enseñanza en una visión nihilista.
Esto nos lleva a una cuestión crucial: nuestra relación con el yo. El yo es una construcción, una autoimagen ficticia que surge y cambia en función de nuestras interacciones y condicionamientos. Sin embargo, esta imagen cumple una función práctica en nuestra relación con los demás y con el mundo. No se trata de aferrarnos a ella ni de rechazarla completamente, sino de comprender su naturaleza transitoria sin quedar atrapados en su ilusión.
De manera similar, el apego a la vacuidad es otro tipo de trampa. Podemos rechazar el mundo de las formas en nuestra búsqueda de la trascendencia, pero al hacerlo creamos una nueva limitación. Al negar la existencia en favor del vacío, construimos una dicotomía ilusoria y nos alejamos de la realidad que está más allá de cualquier extremo.
¿Cómo equilibrar ambas perspectivas sin caer en los extremos? En el budismo Soto Zen experimentamos directamente esta interpenetración entre lo relativo y lo absoluto, sin fijarnos en ninguna conceptualización rígida. Al soltar tanto el apego como el rechazo, nos situamos en el corazón de la experiencia viva, allí donde la existencia y la vacuidad no son opuestas, sino manifestaciones de una misma realidad indivisible.
Cuantas más palabras y pensamientos, más lejos estamos de nuestra armonía intrínseca.
Nuestra mente conceptualiza la realidad de manera constante, envolviéndola en una red de pensamientos y categorías que le otorgan una aparente solidez a lo que es fluido e inasible. La realidad no se encuentra en las construcciones mentales que fabricamos sobre ella, sino que está más allá de todo concepto. Los conceptos, aunque útiles como herramientas de comunicación y comprensión, no son la verdad en sí misma, sino símbolos que simplifican y encorsetan la experiencia directa de la existencia.
El problema surge cuando nos identificamos con estas representaciones y las confundimos con lo real. Nos aferramos a nuestras propias fabricaciones mentales, construyendo un mundo de ilusiones que nos atrapa y nos hace sufrir. No es que pensar o conceptualizar sea malo en sí mismo, sino que al dar por cierto lo que solo es una interpretación, nos separamos de la realidad viva y experimentamos el dolor de esa desconexión.
Un ejemplo ilustrativo es el célebre cuadro de René Magritte, Ceci n’est pas une pipe («Esto no es una pipa»). Aunque la imagen representa una pipa, no es una pipa real; no podemos llenarla de tabaco ni usarla para fumar. Intelectualmente, esto es fácil de comprender, pero experimentarlo de manera directa y profunda es algo completamente diferente. La Vía del Buda nos prepara para soltar la dependencia de los conceptos y entrar en contacto con la realidad tal como es, sin la intermediación de nuestras construcciones mentales.
El despertar no es un acto de adquirir más conocimiento, sino de ver con claridad cómo nos atrapamos en nuestras propias alucinaciones conceptuales. Al reconocer este proceso, podemos liberarnos del error cognitivo que nos mantiene en la ilusión y regresar a la simplicidad de la existencia tal como se manifiesta en cada instante.