La ecuanimidad se puede desvanecer con las circunstancias. Persiguiendo las circunstancias nos perdemos en la confusión.
La ecuanimidad es un estado de calma profunda que surge naturalmente con la práctica correcta de zazen, pero que puede desvanecerse cuando las circunstancias cambian. Cuando estamos bien, creemos que podemos mantenernos serenos en cualquier momento, pero cuando las condiciones dejan de ser favorables, cuando algo nos inquieta, cuando nos identificamos con ello y nos arrastra, entonces es fácil ver cómo esa estabilidad se disuelve. Si la ecuanimidad depende de lo que ocurre fuera de nosotros, en realidad no es ecuanimidad, sino un espejismo frágil que se quiebra con el más mínimo viento.
Cuanto más nos aferramos a las condiciones externas, cuanto más intentamos ajustar la realidad a nuestros deseos, más nos alejamos de la claridad. La mente atrapada en el ir y venir de los acontecimientos se vuelve como una marioneta que salta al ritmo de lo que ocurre fuera, incapaz de sostenerse por sí misma. En la práctica del budismo Soto Zen, la estabilidad no surge de encontrar el entorno perfecto o de evitar lo que nos incomoda, sino de cultivar una presencia atenta y una aceptación profunda de lo que es.
Cuando nos dejamos llevar por el flujo interminable de las circunstancias, la mente se agita, la confusión se intensifica y la serenidad se vuelve un recuerdo distante. Pero hay otra manera de ser y estar en el mundo: habitar el cambio sin ser arrastrados por él. No se trata de insensibilidad ni de indiferencia, sino de aprender a habitar el presente sin depender de que las cosas sean de una manera u otra. Solo entonces, la ecuanimidad deja de ser un concepto y se convierte en una forma de estar en el mundo.
El objeto depende del sujeto, el sujeto depende del objeto. Sujeto y objeto se originan mutuamente.
El objeto depende del sujeto, es decir, la realidad no es algo fijo e independiente de nuestra percepción. Todo lo que experimentamos está condicionado por nuestra mente, nuestra historia personal y nuestra manera de interpretar el mundo. No hay un mundo externo objetivo que simplemente esté ahí, esperando ser visto de una única manera; lo que llamamos «objeto» surge en relación con el sujeto que lo experimenta.
A su vez, el sujeto depende del objeto. No existe un «yo» separado de lo que percibe. Somos, en gran medida, las experiencias que tenemos, la relación que establecemos con lo que nos rodea. Nuestra identidad se define en el encuentro con el mundo, en la interacción con cada cosa que surge en nuestra conciencia. Si no hubiera objetos de percepción, ¿qué sentido tendría hablar de un sujeto?
Sujeto y objeto se originan mutuamente, no es solo que uno dependa del otro, sino que emergen juntos, inseparables. No hay un antes ni un después, no hay un sujeto puro que primero existe y luego encuentra un mundo externo, ni un mundo independiente que precede a la conciencia. Todo aparece en relación. En la práctica de zazen, cuando la concentración se estabiliza en el objeto primario de atención, ya no hay un observador separado de la respiración, del sonido del viento, de la sensación del cuerpo sobre el suelo.
Si realizamos profundamente esta enseñanza, la rigidez con la que nos aferramos a nuestra identidad y a la realidad que creemos inmutable comienza a disolverse. No somos entes aislados mirando un mundo desde fuera, ni tampoco somos meras reacciones a lo que ocurre. Somos relación, somos interdependencia, somos la actividad misma de surgir junto con todo lo que es.
La realidad es una red interconectada de fenómenos y nuestra percepción está intrincadamente entrelazada con la realidad misma. La práctica del budadharma nos lleva a contemplar esta interdependencia y a desarrollar una comprensión más profunda de la naturaleza relativa de las cosas, trascendiendo así la ilusión de una existencia separada y alcanzando una visión más clara de la verdadera naturaleza de la realidad y de nosotros mismos.
Si se quiere comprender las dos partes, su origen es el mismo: vacío.
Para comprender las partes de los opuestos, debemos indagar en su origen común: la vacuidad. En la tradición budista, la vacuidad no se refiere a un vacío frío e inhóspito, sino a la ausencia de una existencia inherente y autónoma en cada uno de los fenómenos. Todo lo que surge lo hace en dependencia de causas y condiciones, sin una esencia propia que lo haga fijo o permanente. No hay una identidad separada que sustente los opuestos de manera absoluta; su existencia es relacional, interdependiente.
Las dualidades que solemos percibir — luz y oscuridad, bien y mal, yo y el otro— no son entidades fijas, sino expresiones de una misma realidad interconectada. Surgen de la mente que discrimina y conceptualiza, pero en sí mismas carecen de una existencia propia. Al examinarlas con profundidad, descubrimos que no pueden sostenerse sin su contrario: la luz no tiene significado sin la oscuridad, el sonido sin el silencio, la forma sin el vacío. Cada fenómeno es lo que es solo en relación con lo que no es.
Al reconocer la vacuidad de los fenómenos, nuestra percepción de la realidad se vuelve más amplia y flexible. La vacuidad nos ayuda a comprender que nada es sólido, separado o definitivo. Cuando nos aferramos a las cosas como si tuvieran una identidad fija, creamos sufrimiento, porque la realidad fluye constantemente, sin detenerse en ninguna estructura permanente.
En la práctica budista, el reconocimiento de la vacuidad nos libera de la rigidez de las categorías mentales y nos abre a una comprensión más profunda de la interconexión de todos los fenómenos. Cuando comprendemos que sujeto y objeto surgen de la misma vacuidad, desaparece la frontera ilusoria entre el yo y los demás, entre lo interno y lo externo. De esta comprensión surge una visión más compasiva, porque dejamos de vernos a nosotros mismos como entidades aisladas y reconocemos nuestra participación en un entramado infinito de interdependencia.
Trascender la dualidad no significa negar la diversidad de la experiencia, sino integrarla con plena conciencia de su naturaleza vacía. En la vacuidad, cada fenómeno es libre de manifestarse sin la carga de una identidad fija, sin la prisión de un yo separado. Ver esto con claridad nos permite habitar el mundo sin apego ni rechazo, cultivando una sabiduría que fluye con la vida en su totalidad.
Lo uno y el vacío son lo mismo, y ambos incluyen los diez mil fenómenos.
En la vacuidad, la aparente separación entre sujeto y objeto se disuelve, revelando la interconexión de todos los fenómenos. La vacuidad no significa que los fenómenos no existan, sino que carecen de una existencia inherente y autónoma. Todo surge en dependencia de condiciones y relaciones. Así, cuando se reconoce la verdadera naturaleza vacía de los fenómenos, se comprende que el sujeto que percibe y el objeto percibido no son entidades separadas, sino manifestaciones interdependientes de una misma realidad.
Desde la perspectiva de la verdad absoluta, no hay una esencia fija que sostenga la distinción entre sujeto y objeto. Estos no son realidades separadas, sino que emergen y se sostienen mutuamente dentro de la red infinita de interdependencia. En este nivel de comprensión, cualquier distinción entre ambos es meramente conceptual y carece de una base sólida. Al reconocer esto, la ilusión de la dualidad se desvanece y nos abrimos a una experiencia directa de unidad, donde la realidad se manifiesta libre de etiquetas y separaciones.
Pero esta comprensión no niega la verdad relativa, el nivel en el que operamos en nuestra vida cotidiana. En este ámbito, seguimos interactuando con el mundo a través de distinciones funcionales: diferenciamos entre personas, objetos, acciones y consecuencias. Aquí, sujeto y objeto siguen existiendo convencionalmente, y el lenguaje nos permite comunicarnos y actuar en el mundo. La verdad relativa no es un error ni una ilusión en el sentido de algo falso, sino la forma en que la realidad se nos presenta de manera práctica y operativa.
La verdad relativa y la verdad absoluta no son realidades separadas ni opuestas. No es que la verdad absoluta revele una dimensión superior, mientras que la verdad relativa sea meramente ilusoria. La verdad relativa es la expresión misma de la verdad absoluta. Como señala Nagarjuna: «La enseñanza de la vacuidad está basada en el camino medio; aquellos que la malinterpretan como nihilismo son irremediablemente incurables».
Es precisamente debido a la vacuidad que los fenómenos pueden surgir y relacionarse sin estar atados a una esencia fija. Los diez mil fenómenos, en su multiplicidad y diversidad, no están separados del vacío; son su manifestación concreta. Lo uno y lo múltiple no se excluyen: el vacío no es una negación de la existencia, sino la ausencia de una existencia independiente y autosustentada. Por ello, al ver la vacuidad de todos los fenómenos, no caemos en el extremo del nihilismo, sino que comprendemos que cada instante de nuestra experiencia es la totalidad manifestándose plenamente.
Comprender esto nos permite vivir sin aferrarnos a una visión rígida de la realidad. No es necesario negar la existencia convencional de los fenómenos, pero tampoco debemos tomarlos como absolutos. Los diez mil fenómenos y la vacuidad son lo mismo: cada ola en el océano es agua, y sin embargo, cada ola es única en su forma y movimiento. Este equilibrio nos permite movernos por el mundo con claridad, sin quedarnos atrapados en la dualidad ni en la fijación de un yo separado. Al integrar ambas perspectivas, podemos actuar con mayor sabiduría y compasión, sabiendo que todo está interconectado y que la realidad es libre y fluida.
Si no diferencias lo sutil de lo burdo, ¿cómo podrías tomar partido hacia uno de los lados?
Cuando no hacemos distinciones rígidas entre lo sutil y lo grosero, es decir, cuando no clasificamos las experiencias o situaciones en categorías de «bueno» o «malo», «correcto» o «incorrecto», se vuelve innecesario tomar partido o tomar una postura rígida, inamovible.
Al no tener una visión dualista ni juzgar las cosas en términos opuestos entre sí, podemos cultivar una actitud más equilibrada y comprensiva. Reconocemos que la vida y las situaciones son complejas y están compuestas por múltiples matices. En lugar de aferrarnos a una perspectiva fija, podemos abrazar la fluidez y la ambigüedad de las circunstancias.
No tomando partido evitamos la tendencia a generar conflictos, juicios o divisiones; nos abrimos a una mayor comprensión, empatía y aceptación de la diversidad de perspectivas y experiencias. Esto nos permite encontrar un espacio de armonía y calma al reconocer que la realidad es mucho más amplia y compleja de lo que nuestras categorías limitadas pueden captar.
De nuevo nos estamos refiriendo a ello desde la verdad absoluta. Pero, incluso en la verdad relativa, donde la toma de partido es obligada, podemos adoptar una postura más flexible y abierta, evitando la polarización y el extremismo. Podemos buscar un enfoque más comprensivo, escuchando y considerando diferentes puntos de vista, y reconociendo la complejidad inherente de muchas situaciones. No aferrándonos rígidamente a la visión dicotómica de la realidad y no cayendo en juicios simplistas. Reconociendo que hay múltiples perspectivas, matices y factores a considerar en cualquier situación.
Al generar una actitud comprensiva y abierta, cultivamos un estado interno pacífico que se irradia hacia nuestras interacciones y relaciones con los demás, creando un entorno de armonía y compasión para el bien de todos los seres, incluidos nosotros mismos.