Lo infinitamente pequeño es idéntico a lo infinitamente grande

Portada del libro Xin Xin Ming de Daizan Soriano

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Lo infinitamente pequeño es idéntico a lo infinitamente grande, cuando se olvidan los límites y se disuelven las fronteras.

Los conceptos no son más que construcciones mentales que nos mantienen atrapadas en una visión fragmentada de la realidad. En la experiencia directa de la práctica, estas distinciones pierden su solidez. Una hoja, una montaña, un átomo o el universo entero son manifestaciones de la misma realidad fundamental, entretejidas en una red de interdependencia que trasciende nuestras categorías habituales.

En zazen, emerge naturalmente una percepción profunda de la realidad. Lo pequeño y lo grande, lo interno y lo externo, lo uno y lo múltiple, coexisten y se interpenetran más allá de los límites que el pensamiento impone. No es que lo pequeño se convierta en grande o lo grande en pequeño, sino que ambos, en su verdadera naturaleza, dejan de ser opuestos.

Esta experiencia de interpenetración se despliega en samadhi: un estado donde las fronteras entre uno mismo y el mundo se disuelven, donde ya no hay un adentro ni un afuera separados. Al «olvidar» los límites —es decir, al no fijar la atención en ellos—  permitimos que la unidad subyacente se manifieste de forma viva. Así, lo pequeño contiene lo grande, y lo grande se refleja plenamente en lo pequeño, sin conflicto ni separación.

Dogen expresa esta verdad de manera poética en el Genjokoan:

«Cuando el ser humano realiza el despertar es como el reflejo de luna en el agua. La luna se refleja en el agua pero no se moja, el agua no se agita por este reflejo.

La luz de la luna ilumina hasta el infinito. Ilumina toda la Tierra. Por amplia y vasta que sea su luz puede ser contenida en la mínima gota de rocío.

Así como la luna no agita el agua, el despertar tampoco es un obstáculo para el ser humano. El ser humano no pone más obstáculos al despertar que la gota de rocío a la luna o al cielo.

La profundidad de la realización es proporcional a la altura de la luna. La profundidad de la gota de rocío puede contener las alturas de la luna y el cielo».

En la visión verdadera, no hay diferencia de rango ni de tamaño: cada instante, cada fenómeno, cada ser refleja íntegramente la vastedad de la existencia. La gota de rocío no disminuye la inmensidad del cielo ni la luna se pierde en el reflejo. Así también, cuando soltamos las fronteras de la mente, podemos ver que lo infinito habita en lo más pequeño, y que cada manifestación particular contiene la totalidad.

Lo infinitamente grande es idéntico a lo infinitamente pequeño, los límites y las apariencias se desvanecen.

Nuestra visión del mundo está condicionada por los límites de nuestros sentidos, así como por los filtros de la cultura, la educación y las experiencias personales. Así como una persona habituada a los paisajes nevados puede distinguir matices en la nieve que otros pasan por alto, también nuestra percepción, moldeada por todos nuestros condicionamientos, solo alcanzamos a percibir una fracción de la vastedad de la realidad.

Vemos aquello que nuestros ojos, apoyados en nuestra sensibilidad y comprensión, son capaces de captar. La profundidad de nuestra percepción depende del grado de apertura que hayamos cultivado en nuestro corazón y nuestra mente. Sin embargo, incluso lo que creemos ver o entender son apenas reflejos parciales de una totalidad inconmensurable.

Cuando clasificamos la realidad en categorías como «grande» o «pequeño», «importante» o «insignificante», solo estamos elaborando interpretaciones basadas en nuestro punto de vista limitado. Más allá de estas divisiones, lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño no son opuestos: se reflejan mutuamente, se interpenetran, son manifestaciones de una única y misma realidad.

Así como en el océano hay características que escapan a nuestra observación y existen innumerables montañas invisibles a nuestros ojos, también hay mundos, dimensiones y niveles de experiencia que transcurren más allá de nuestras concepciones habituales. El ojo condicionado ve fragmentos; la realidad plena permanece, siempre, más vasta de lo que cualquier fragmento puede contener.

Expandir nuestra mirada no es cuestión de acumular nuevas categorías, sino de soltarlas todas. Es descubrir que cada grano de arena contiene todos los océanos, y que la totalidad del cielo puede habitar una sola gota de rocío.

El ser es, en sí mismo, no-ser; el no-ser es, en sí mismo, ser.

En la tradición Zen, distinciones como «ser» (u) y «no-ser» (mu) no son polos enfrentados, sino manifestaciones inseparables de una misma realidad viva. Todo aquello que aparece como «ser» carece de esencia fija, es vacío (ku), y es precisamente este vacío lo que permite su surgimiento y su transformación constante. Del mismo modo, el «no-ser» no implica una negación absoluta, sino una dimensión que hace posible el fluir y la renovación de la existencia.

Cada instante se despliega como ser y no-ser entrelazados: nacer y desaparecer, formar y disolver, sin ruptura ni separación. La vida no es algo que se afirma contra el vacío, ni el vacío algo que niega la vida. Son uno.

En la práctica de zazen, esta unidad más allá de los opuestos se encarna. Sentarse no es buscar afirmar el yo ni disolverlo en la nada. No se trata de alcanzar un estado de «ser algo» ni de «no ser nada». Zazen es simplemente estar, más allá de toda categoría, en la frescura del instante en que ser y no-ser se reflejan mutuamente.

El maestro Dogen expresa esta experiencia con la frase «shinjin datsuraku» —«abandono de cuerpo y mente»—, señalando el acto de soltar completamente todas las fijaciones: soltar las ideas sobre el cuerpo y la mente, sobre el ser y el no-ser, sobre la práctica y la realización. No es aniquilación, ni indiferencia, sino un dejar caer espontáneo, natural, en el que la existencia se vive tal cual es, libre de los esquemas conceptuales que la fragmentan.

Cuando cesa la lucha por afirmar o negar, se revela una libertad más allá del pensamiento: una intimidad profunda, no fabricada, con todo lo que es.

Así, vivir esta unidad no es una abstracción filosófica, sino un modo de ser y estar plenamente aquí y ahora, con total apertura al flujo continuo en el que ser y no-ser son simplemente expresiones de una misma vida indivisible.

Si no es así, entonces no hay necesidad de aferrarse.

Si no comprendemos la verdadera naturaleza de la existencia —abierta, fluida, sin esencia fija—  nos veremos inevitablemente atrapados en el impulso de aferrarnos. Aferrarnos a las formas, a las ideas, a la identidad. Pero todo aquello que intentamos retener está ya en proceso de transformación; nada permanece, nada puede ser poseído.

Cuando se reconoce íntimamente que la realidad no puede ser fijada ni encerrada, la necesidad de aferrarse se desvanece por sí misma. No hay esfuerzo por soltar: simplemente no hay a qué aferrarse.

En zazen, sentarse sin aspiración ni rechazo es entrar en contacto directo con esta verdad. No buscamos solidificar el yo, ni buscamos anularlo. No hay lucha. El instante se revela completo, tal como es, sin necesidad de intervención.

Aferrarse nace de la ilusión de separación; no-aferrarse nace de la experiencia de unidad. Allí donde cesa el deseo de retener o resistir, brota una libertad silenciosa, una intimidad sin barreras con todo lo que surge y se desvanece.

No se trata de abandonar el mundo, sino de habitarlo de otra manera: con los ojos abiertos, las manos abiertas, el corazón abierto. Al comprender que no hay nada permanente a lo que agarrarse, la vida entera se convierte en una expresión natural de la Vía.

Uno es todo. Todo es uno.

Hay una interconexión profunda entre lo particular y lo universal, entre lo relativo y lo absoluto. Cada fenómeno individual contiene la totalidad del cosmos, y el cosmos se manifiesta plenamente en cada cosa. Esta comprensión disuelve la ilusión de separación, revelando una realidad donde lo absoluto y lo relativo coexisten inseparablemente. En zazen, esta unidad se experimenta directamente, mostrando que el «yo» no está aislado, eso es solo una ilusión compartida, ya que forma parte de un todo dinámico e interdependiente.

No se trata solo de comprender intelectualmente, sino de darnos cuenta de que existen distintas formas de experimentar el mundo. Podemos ver cada cosa como algo independiente, o como expresión de la totalidad. Lo importante es poder movernos libremente entre estas perspectivas, respondiendo adecuadamente según las circunstancias. Esta capacidad de adaptarse, de pasar del uno al todo y del todo al uno, es lo que permite una vida armoniosa, en sintonía con la realidad cambiante.

Cada momento y cada acción son una oportunidad para expresar esta comprensión, actuando con compasión y sabiduría. Al vivir desde esta libertad, nuestras acciones no solo reflejan la conexión con el todo, sino que responden de manera precisa y creativa a las demandas del momento presente.