Para vivir instantáneamente en armonía con ello

Portada del libro Xin Xin Ming de Daizan Soriano

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Para vivir instantáneamente en armonía con ello, basta decir: no dos.

Una mente despierta responde naturalmente a cada circunstancia de manera adecuada e inmediata, sin necesidad de pasar por las categorías o distinciones del pensamiento dualista. Esta respuesta surge de la realización de la no-dualidad, donde no existe separación entre sujeto y objeto, entre el yo y las demás personas o fenómenos.

Vivir desde el «no dos» es actuar con una acción espontánea y auténtica, alineada con la unidad fundamental de la existencia. En la tradición budista, enseñamos que cada ser ya posee la naturaleza de Buda; esta realidad se manifiesta plenamente cuando respondemos al ahora desde la unidad, libres de dicotomías mentales.

Es esencial reconocer las tendencias kármicas inconscientes que tiñen nuestra percepción y nuestras reacciones. Estas tendencias, fruto de hábitos arraigados a lo largo del tiempo, pueden llevarnos a actuar desde el impulso y la ignorancia en lugar de desde la comprensión lúcida. El karma no se limita a actos pasados: también moldea las inclinaciones profundas que determinan nuestra manera de responder al presente.

Decir «no dos» y vivirlo implica estar atentos y atentas a estas corrientes kármicas, para no ser arrastrados por ellas. Practicamos la atención plena para reconocer y atravesar nuestros condicionamientos, permitiendo que nuestra respuesta nazca de la claridad y la unidad esencial.

Vivir instantáneamente en armonía significa practicar de manera directa, sin quedar atrapados en construcciones mentales. Es vivir plenamente en cada instante, con frescura y total apertura a lo que es, permitiendo que cada momento nos hable desde su propia verdad, sin intermediarios.

Todo es uno en la no-dualidad, no hay nada que no sea abarcado.

Desde la perspectiva de la no-dualidad, no existe separación fundamental entre las cosas. Todo está contenido en la unidad; nada queda fuera, nada es ajeno. En este estado de comprensión, cada fenómeno, cada ser, cada instante, es expresión íntegra de la totalidad.

Si todo es uno, también nosotros y nosotras, en nuestra esencia, somos todo. Cada ser contiene en sí el potencial infinito de la existencia. Al mirar el mundo y a nosotros mismos desde este entendimiento, percibimos la profunda interconexión de nuestros pensamientos, palabras y actos con todo lo que es.

Nuestra práctica es, entonces, un cultivo de aceptación radical: un abrirse a la totalidad de la experiencia sin rechazar nada, sin separar ni discriminar. Pero este camino requiere una vigilancia atenta, porque las tendencias kármicas inconscientes —los patrones de rechazo, de apego, de juicio—  tienden a segregarnos internamente, a fragmentar la unidad vivida.

Si no reconocemos estas fuerzas sutiles, corremos el riesgo de excluir partes de nuestra experiencia, atrapadas en las imágenes limitadas que nuestro ego ha construido. Y así, nos alejamos de la verdad de «todo es uno».

Vivir desde la no-dualidad implica abrazar también nuestras tendencias más profundas, mirarlas con compasión y sin juicio, permitiéndoles ser vistas y liberadas. Solo al acogerlo todo —lo luminoso y lo oscuro, lo conocido y lo incómodo—  manifestamos plenamente la unidad que somos realmente. Solo así podemos responder al instante presente con autenticidad, en comunión con todo lo que es.

Todos los sabios de las diez direcciones viven de acuerdo a esta verdad ancestral.

El verdadero sabio no es aquel que simplemente acumula conocimientos o teorías, sino quien ha realizado en su propia vida la verdad profunda de la existencia. Esta realización no se limita al intelecto: es una transformación total de la manera de percibir, de sentir y de actuar. En ella, las fronteras entre sujeto y objeto, entre observador y observado, se disuelven, dejando solo la unidad viva del momento presente.

Vivir de acuerdo a esta «verdad ancestral» no implica alejarse del mundo o buscar una verdad abstracta fuera de la vida cotidiana. Al contrario, es integrar la sabiduría en cada gesto, en cada palabra, en cada pensamiento. No se trata de alcanzar un estado especial apartado de la existencia diaria, sino de encarnar la comprensión de la naturaleza interdependiente y vacía de todas las cosas en cada aspecto de la vida.

En la tradición budista, esta sabiduría profunda es llamada prajña: un saber intuitivo, directo, que atraviesa las apariencias y actúa sin apego. No es un conocimiento que se posee; es un fluir natural del despertar en acción.

Así, todos los sabios y sabias de las diez direcciones viven no desde el esfuerzo de ser sabios, sino desde la naturalidad de haber reconocido y abrazado la verdad que siempre estuvo presente. La sabiduría no es un logro final, sino el proceso continuo de despertar, de disolver las ilusiones, de vivir con compasión y con fidelidad a la realidad tal como es.

Esta verdad ancestral no está sujeta a lo breve o lo extenso, en ella un solo instante contiene la eternidad.

Para Dogen, el paso del tiempo —uji (有時), «ser-tiempo»—  no es una sucesión de instantes que se consumen y desaparecen, ni una línea que conecta un pasado, un presente y un futuro separados. El tiempo no es algo exterior que nos afecta, sino la expresión misma de nuestro ser: ser es ser-tiempo, y cada ser, cada fenómeno, es un momento completo que contiene en sí la totalidad de la existencia.

La verdad ancestral no está sujeta a medidas humanas como lo breve o lo extenso. No puede reducirse a un intervalo de segundos ni abarcarse en millones de años. En esta verdad, cada instante —por pequeño o fugaz que nos parezca—  es absoluto. Cada ahora contiene la eternidad. No porque dure para siempre, sino porque en su propia naturaleza es intemporal: no viene de ningún lugar ni se dirige hacia ningún destino.

Cuando nos sentamos en zazen, no lo hacemos para avanzar hacia un logro futuro. Sentarse, respirar, ser conscientes en este instante es ya manifestar el despertar. Practicar zazen es entrar en contacto con esta dimensión profunda donde el tiempo lineal se desvanece, y solo queda la presencia viva e ilimitada de cada momento. No practicamos para ser mejores más adelante, sino para vivir plenamente este ahora, donde todo se encuentra reunido.

Para Dogen «la práctica y la realización son uno». No existe separación entre el camino y la meta. De igual modo, no hay necesidad de buscar otra vida, otro momento, otro estado. Cada instante de vida, vivido con atención y entrega, contiene los «diez mil mundos». Este ahora, que parece tan breve y frágil, es, en verdad, el despliegue completo del universo entero.

En la práctica cotidiana, podemos olvidar esta dimensión y quedar atrapados en la ilusión de que el tiempo se nos escapa o nos empuja. Volver a la presencia —al simple hecho de estar aquí, respirando, sintiendo, siendo—  es recordar que no somos arrastrados por el tiempo, sino que somos tiempo, somos este momento completo.

Por eso en la verdad ancestral no hay «venir» ni «ir». No nacemos ni morimos en un sentido absoluto: simplemente somos expresión de este fluir eterno que no necesita transcurrir para ser. Cada paso, cada mirada, cada respiración puede convertirse en un portal hacia esta eternidad siempre disponible.

Habitar plenamente cada instante es abrazar la eternidad que somos. No como una idea, sino como una experiencia viva, que disuelve las fronteras entre lo que creemos ser y el mundo, entre ahora y siempre, entre ser y tiempo.

Más allá del ser y del no ser, se manifiesta en todas partes.

Nada existe de manera independiente ni posee una esencia fija. Todo lo que percibimos es vacío: vacío de identidad propia. Sin embargo, esta vacuidad no debe confundirse con la no existencia o con un vacío nihilista. Las cosas son reales en tanto que surgen interdependientemente, en un flujo constante de relaciones que no dejan lugar a un ser aislado ni a un no ser absoluto.

La realidad —la talidad (tathata)—  no es algo separado o lejano. No es un estado oculto reservado a unos pocos, ni una verdad que aparece sólo en circunstancias especiales. Se manifiesta en todas partes, en cada instante, en cada encuentro, en cada respiración. Toda la realidad se despliega siempre, aquí y ahora, más allá de toda categoría que trate de encajonarla en «ser» o «no ser».

En zazen, soltamos el impulso de atrapar la experiencia en conceptos. No afirmamos ni negamos; simplemente nos abrimos a lo que es. Y en esa apertura, se revela la naturaleza verdadera de las cosas: ni existencia fija ni aniquilación, sino presencia viva, fluida, sin borde ni centro. Una realidad que no puede ser poseída ni delimitada, pero que puede ser vivida directamente.

Más allá de las palabras, más allá de las ideas de existir o no existir, esta presencia se manifiesta silenciosamente en todas partes. Es la taza que levantamos, la brisa que acaricia el rostro, el sonido de una campana a lo lejos. No hay necesidad de buscarla: ya está aquí, siempre disponible, delante de nuestros ojos, esperando ser reconocida en la sencillez de cada momento.