Si no comprendes el principio profundo

Portada del libro Xin Xin Ming de Daizan Soriano

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Si no comprendes el principio profundo, te esfuerzas en vano en buscar la quietud.

¿Cómo comprender el sentido profundo? ¿Leyendo y estudiando? Hasta cierto punto es necesario el estudio intelectual, pero solo podemos llegar a la sabiduría profunda mediante la experiencia directa. Es inútil intentar comprender solo desde el intelecto. Leer y estudiar la sabiduría que nos han legado nuestros ancestros es fundamental, a través de ella podemos desarrollar la intuición. Pero esto no deja de ser como el dedo que señala la luna, debemos cuidar de no quedarnos mirando el dedo olvidándonos de experimentar la luna. Tenemos que recorrer el camino poniendo en práctica nuestra comprensión y comprendiendo nuestras experiencias.

No ver la realidad tal cual es, perturba nuestro estado natural que es la paz serena del corazón. Continuamente nos enredamos en el caos que causa nuestra ignorancia, nuestra ceguera, nuestra incapacidad de ver con claridad. Lo constatamos, por ejemplo, en los continuos conflictos que surgen en nuestras relaciones interpersonales. Somos como un elefante entrando en una cacharrería, reaccionando impulsivamente ante cualquier estímulo que juzgamos como intolerable o inadecuado.

¿Tu corazón está cada vez más sereno? Es el mejor indicador de que tus pasos en la Vía van en la dirección adecuada. A través de la práctica correcta y continuada de zazen nos vamos armonizando con el despertar a la realidad tal cual es, naturalmente, día a día y conectando cada vez más profundamente con la imperturbable serenidad del corazón.

Plena como el gran vacío, nada falta, nada sobra.

Es nuestra incapacidad de aceptarnos plenamente, de abrirnos, la que nos crea una insatisfacción profunda. Cuando se realiza la realidad tal cual es, todo es ya perfecto. Todo ocupa su exacto lugar porque si algo faltara o sobrara, dado que todo está interconectado, todo por completo cambiaría y no sería tal cual es. ¿Qué sentido tiene, pues, desear o rechazar? Lo único que obtendremos es más insatisfacción.

Juzgamos la realidad desde nuestra perspectiva limitada, por ejemplo, señalando las injusticias, guerras y sufrimiento como imperfecciones. Sin embargo, esta percepción es una visión fragmentada de la totalidad. Desde la perspectiva de la Vía, incluso las situaciones difíciles tienen su lugar y función. Esto no implica que debamos ser indiferentes ante el sufrimiento, sino que nuestra acción debe surgir de un lugar de comprensión y compasión, no desde el rechazo o la aversión.

Cuando comprendemos que «nada falta, nada sobra», nuestra motivación para actuar no proviene del deseo de cambiar la realidad para ajustarla a un ideal, sino de la compasión que surge de nuestra interconexión con todo lo que existe. Esta comprensión nos permite soltar el anhelo y el rechazo, viviendo en paz con la totalidad de lo que somos y de lo que es, permitiendo que nuestra acción surja de la sabiduría y la compasión fruto de nuestra práctica.

Es precisamente por aferrarnos y rechazar que perdemos nuestra armonía natural.

La naturaleza dualista de nuestra percepción condiciona nuestra experiencia de la realidad. Una mente no entrenada divide continuamente el mundo en categorías de opuestos: bueno y malo, yo y los otros, placer y dolor… Esta manera inconsciente de actuar, nos desconecta de la realidad tal cual es, distorsionándola con nuestras proyecciones mentales.

Al perder contacto con la realidad, nos alejamos del estado de armonía con el entorno y con nosotros mismos. Este olvido provoca un sentido de separación y carencia, que se manifiesta como una inquietud interna constante. Esta insatisfacción, que está en la raíz de nuestro sufrimiento, no es siempre fácil de reconocer porque está enraizada en acciones y hábitos formados por experiencias pasadas. Nuestra historia personal moldea cómo experimentamos esta carencia: para algunos puede aparecer como ansiedad, para otros como una búsqueda incesante de logros y para otros muy probablemente como un sentimiento de vacío, de carencia, de que algo nos falta.

Dado que esta insatisfacción es parte de nuestro ser condicionado, tendemos a desarrollar mecanismos de defensa que nos impiden reconocerla plenamente. Estos mecanismos incluyen distracciones externas (entretenimientos varios, trabajo excesivo, consumismo, adicciones) y barreras emocionales (negación, proyecciones). Todo ello nos provoca un sufrimiento tan profundo que opera en un nivel inconsciente, pero que se manifiesta en nuestros pensamientos, emociones y comportamientos cotidianos sin que los podamos reconocer claramente.

Así que una de las principales tareas para quienes buscamos la realización de la Vía del Buda es identificar esta insatisfacción, con el sufrimiento que nos produce, y reconocerla como una parte inherente de la existencia humana condicionada. Nuestra tarea no es simplemente deshacernos de este sufrimiento, ocultarlo o negarlo, el trabajo interior con este sentido de carencia requiere una aceptación profunda, un reconocimiento honesto y no una lucha para rechazar o suprimir cualquier aspecto relacionado con ello. Una vez que tomamos conciencia de estos estados, debemos hacerlo con la mayor ecuanimidad posible, observar nuestras experiencias sin ser arrastrados por ellas, sin identificarnos y sin rechazar absolutamente nada.

En lugar de rechazar esta insatisfacción, el practicante de la Vía la observa, la acepta y la abraza, permitiendo que sea transmutada, naturalmente, sin intervenir intencionalmente. Esta actitud es en sí misma profundamente transformadora. En nuestra práctica, es a través del reconocimiento, la aceptación y la ecuanimidad que podemos liberar el sufrimiento y encontrar un estado de calma y armonía con la Vía, con el Cosmos, con la realidad tal cual es.

No hay que confundir este estado de aceptación ecuánime con pasividad, todo lo contrario, es una tarea activa y profunda de autoconocimiento que requiere un gran desarrollo de la atención plena y la compasión hacia uno mismo y los demás. Naturalmente, sin violentar ni forzar absolutamente nada, caminando paso a paso hacia una vida más plena y armoniosa, en conexión con la totalidad de la existencia.

Si deseas ver la verdad ante ti, no tomes partido a favor ni en contra de nada.

En nuestra vida cotidiana, estamos inmersos en un flujo constante de estímulos, eventos, emociones y pensamientos, lo que en budismo se llama «fenómenos» o «dharmas». Estos fenómenos son cambiantes, transitorios y carecen de esencia fija. Sin embargo, la mente condicionada tiende a aferrarse a ellos, a verlos como algo concreto y estable. Este apego a los fenómenos provoca sufrimiento porque olvidamos su naturaleza impermanente. Corremos detrás de ellos en un esfuerzo inútil por encontrar seguridad o felicidad en lo que, por su misma naturaleza, no puede ofrecernos estabilidad.

En el Sutra Corazón de la Gran Sabiduría recitamos cada día:

Shariputra, los fenómenos no son diferentes de shunyata. Shunyata no es diferente de los fenómenos. Los fenómenos son shunyata. Shunyata es fenómenos.

Fenómeno y vacuidad forman parte de nuestra existencia y, sin embargo, nuestros condicionamientos no nos permiten percibir el vacío, generalmente solo somos capaces de percibir objetos independientes a los que dotamos de entidad propia. Pero, no existe una separación real entre lo que consideramos «algo» y el «vacío». Lo que percibimos como fenómeno, lo que parece sólido y real, es en esencia vacío, carente de un yo independiente, con existencia propia. El maestro zen Dogen expresó esta verdad en su célebre frase «shin jin datsu raku», «abandona, cuerpo y mente». La vacuidad y los fenómenos no están separados, son dos caras de la misma moneda. No se trata de rechazar lo que vemos, sentimos o experimentamos, sino de verlo tal como es: vacío de sustancia fija, pero al mismo tiempo pleno en su manifestación.

No es suficiente con liberarse del apego a los fenómenos, sino que también es necesario evitar el apego a la vacuidad. Vacuidad, no es la «nada» en sentido nihilista. Es el reconocimiento de que todas las cosas carecen de una esencia fija y que dependen de causas y condiciones. Pero cuando uno se apega a la vacuidad, se corre el riesgo de caer en la trampa de la indiferencia, en el error de rechazar la realidad fenoménica como algo insignificante o ilusorio.

Tenemos que situarnos más allá de los opuestos, la bóveda celeste contiene las nubes y el espacio vacío entre ellas, tenemos que trascender cualquier dicotomía y aprender a percibir la realidad desde mushotoku, nada que obtener, nada que aferrar. Cuando dejamos de buscar algo a lo que aferrarnos, cuando dejamos de tratar de alcanzar o rechazar cualquier cosa, nos situamos en la Vía. La percepción desde mushotoku es libre de las trampas del deseo y del rechazo, y nos permite habitar la realidad tal como es.

Cultiva una mente y un corazón ecuánimes, y la dualidad desaparecerá por sí misma.

Cuando nos dejamos caer en la confianza serena del corazón, moramos naturalmente en la serenidad del samadhi. Este es la actitud y el estado que cultivamos durante la práctica de zazen.

Pero, ¿cómo podemos trasladar esta serenidad a nuestra vida cotidiana, inmersa en agitación, ansiedad y el estrés constante que nos arrastra? Estos estados nos alejan por completo de nuestra naturaleza original, de nuestra serenidad genuina. Para soportarlo, recurrimos automáticamente a anestésicos temporales y distracciones efímeras que actúen como sustitutos imperfectos de la verdadera calma.

Cuando nos sumergimos en la serenidad de la Unidad, la dualidad —ese constante vaivén entre lo correcto y lo incorrecto, el placer y el dolor, el deseo y el rechazo—  comienza a disolverse de manera natural. No es algo que necesitemos forzar; no hay una lucha consciente para eliminar los opuestos. Simplemente, al descansar en la Unidad, la mente deja de fragmentar la realidad en partes conflictivas. La dualidad desaparece espontáneamente porque dejamos de aferrarnos a ella. En su lugar, lo que surge es una percepción unificada, donde los aparentes opuestos se integran en una totalidad más vasta.

Cultivar una mente y un corazón ecuánimes requiere encontrar y mantener el equilibrio entre los opuestos. Es mediante la práctica del camino medio, que trascendemos y abarcamos estos aparentes opuestos, logrando de esta manera alcanzar un estado de equilibrio profundo.

Con el tiempo, al sumergirnos repetidamente en esta unidad serena, zazen tras zazen, día tras día, comienza a surgir en nosotros una manera más espontánea y natural de afrontar la vida cotidiana. Llevamos a cabo nuestras actividades diarias como cualquier otro ser humano, pero con un trasfondo de calma, lúcida y serena, que impregna todas nuestras acciones. Este fondo silencioso de serenidad nos acompaña y sostiene, ofreciéndonos un puerto seguro en medio de la vida cotidiana al cual siempre podemos volver cuando la vida inevitablemente nos zarandee, ya que, en realidad, nunca ha dejado de estar ahí.