Si puedes ser así, no hay motivo para inquietarse por el resultado.
La realidad es tal como es: en su despliegue inmediato, cada instante contiene la plenitud de lo que necesitamos. No hay nada que añadir ni nada que quitar. En la naturaleza cambiante de la existencia, cada momento es completo en sí mismo, sin depender de futuros resultados ni de logros pendientes.
Cuando, a través de la práctica, buscamos algo separado o distante, nos alejamos de la vivencia directa del ahora. La mente se extravía en conceptualizaciones, aspiraciones y deseos de alcanzar un estado mejor, perdiendo la riqueza silenciosa del instante presente.
Si podemos asentarnos en este momento tal como es, sin perseguir ni rechazar, no hay motivo para inquietarse. No es necesario abarcar lo infinito, porque lo infinito se manifiesta plenamente en cada respiración, en cada paso, en cada mirada sencilla. La actitud a cultivar no es controlar, poseer o entenderlo todo desde el intelecto, sino confiar en la interdependencia viva de la realidad y actuar con la serenidad de quien sabe que cada cosa encuentra su lugar naturalmente.
Cuando dejamos de lado nuestras inquietudes, nuestros cálculos y nuestros miedos, nos alineamos con la existencia. Vivir desde esta confianza no es pasividad, sino una forma activa de sabiduría: implica estar disponibles y con la mayor apertura posible a cada situación, respondiendo creativamente a las necesidades del momento, sin rigidez ni expectativas ilusorias.
Al reconocer que no necesitamos fabricar ningún resultado especial, la ansiedad se disuelve, y la vida misma se convierte en una danza de presencia y libertad, donde lo infinito se actualiza instante tras instante en el corazón mismo de lo que somos.
La esencia de la confianza es no-dualidad. No-dualidad es la esencia de la confianza.
Confiar es vivir sin dividir. La confianza profunda nace cuando dejamos de vernos separados del mundo, cuando soltamos la percepción del «yo» por un lado, y «todo lo demás» por otro. La mente condicionada, atrapada en el hábito de distinguir entre dentro y fuera, mío y no mío, nos mantiene en una sensación constante de distancia y lucha. Pero cuando dejamos caer estas barreras, nos encontramos con algo que siempre estuvo ahí: nuestra naturaleza original, plena, viva, completa.
En esa experiencia de no-dualidad, la confianza surge sola. No es algo que fabriquemos, ni una creencia a la que nos aferremos. Es como respirar: natural, sencillo, inevitable. Confiamos porque sentimos, de forma directa, que no estamos separados de la vida. Esta confianza no depende de que todo salga como queremos. No necesita promesas ni seguridades. Es el reconocimiento íntimo de que, pase lo que pase, la vida misma nos sostiene.
Cuando descansamos en esta confianza, dejamos de luchar contra la corriente de la existencia y ya no sentimos la necesidad de controlar o resistirnos. Vivimos con total apertura, con atención plena, disponibles para cada momento, con la sabiduría de saber que cada paso, incluso el incierto, forma parte de un camino mayor que nos incluye y nos nutre.
La práctica de zazen nos ayuda a integrar esta enseñanza como una experiencia viva. Nos enseña a soltar las viejas armaduras que nos separan del mundo. Cuando experimentamos que en el fondo no hay dos, que la vida y lo que somos es uno, confiar se vuelve algo natural. Entonces, saltar al vacío de lo desconocido, deja de ser aterrador. Descubrimos que siempre hemos estado en casa, que no hay nada a lo que llegar.
Esta confianza serena transforma nuestra manera de estar en el mundo. Nos permite vivir con más coraje, más alegría, más autenticidad. Nos enseña que podemos caminar, respirar, amar y soltar… sabiendo que la vida siempre nos sostiene.
Una vez aquí el lenguaje se silencia, y el pasado, el futuro y el presente desaparecen.
El despertar trasciende el lenguaje y el tiempo. El lenguaje no puede captar la realidad tal cual es. En el budismo, las palabras son solo herramientas temporales que no pueden abarcar lo inefable. Solo cuando cesan los conceptos y las explicaciones, se abre el espacio para experimentar directamente lo que es, sin necesidad de intermediarios.
La realidad no es algo que pueda explicarse con palabras, sino algo que se vive plenamente cuando soltamos la mente discursiva a través de la experiencia directa. En nuestra tradición, a través de la práctica de zazen accedemos a este silencio que está más allá de las palabras y el silencio, las categorías de pasado, futuro y presente pierden su significado, y lo que queda es simplemente estar aquí, más allá de todo concepto, en una paz que no necesita explicaciones.
La realidad no se puede fragmentar en pasado, presente y futuro; no es un punto fijo que podamos localizar ni un instante que podamos poseer. Tiempo y ser son inseparables, como expresa Dogen en el Shobogenzo en el capítulo Uji, ser-tiempo, donde manifiesta que cada momento contiene la totalidad del ser. Cuando observamos una gota de agua caer, no es solo «una gota en un instante». Es la culminación de todo lo que permitió que existiera: la nube, la lluvia, la tierra, el sol. Esa gota contiene el universo entero, porque sin el universo, no podría ser. De igual forma, cada instante contiene la totalidad del ser, porque no hay separación entre lo que somos, lo que hacemos y el momento en que sucede.
Esta comprensión no se alcanza buscando fuera ni aferrándose a categorías mentales, sino abandonando las estructuras que condicionan nuestra percepción y permitiendo que la experiencia fluya libremente, sin límites impuestos por la mente discursiva. Viviendo plenamente cada instante, sabiendo que no es un paso hacia otro lugar o momento, sino la totalidad misma de la existencia, manifestándose aquí y ahora.
Debemos soltar no solo el lenguaje y las nociones de tiempo, sino también la insistencia en definir y controlar la experiencia. El camino del zen no es un medio para alcanzar un estado futuro, sino la manifestación directa del despertar aquí y ahora. En este estar completamente presentes, el «yo» desaparece, las barreras se disuelven, y lo que queda es la plena expresión de la vida tal como es, completa y perfecta en sí misma.