Cuando no aparece el apego ni el rechazo, todo manifiesta su naturaleza luminosa.
Continuamente nos aferramos a lo que deseamos («apego»), y rechazamos lo que nos resulta desagradable sin ser conscientes de ello. Nuestra práctica consiste en observar, acechar y ver directamente cómo se manifiesta esta atracción y rechazo en nuestra práctica y en nuestra vida cotidiana, en qué forma y detalles concretos, en nuestras circunstancias vitales.
La práctica de la atención plena nos permite observar este proceso con todo detalle y nos da la oportunidad de experimentar plenamente de qué manera se expresa en nuestra existencia. Una vez observado, vivenciado e integrado completamente, la naturaleza luminosa de todo lo que nos rodea se hace evidente, como el paso de la pierna derecha sigue al de la izquierda.
Gracias a la ecuanimidad que nos proporciona la práctica de zazen, la polarización amor-odio, apego-rechazo y cualquier otra dicotomía se disuelve. Desde este estado de apertura ecuánime podemos experimentar las cosas tal cual son para que la naturaleza luminosa de la realidad surja naturalmente. Para ello debemos adoptar una aptitud de apertura, sin tomar partido ni por ni contra, aceptando incondicionalmente cualquier contenido que esté surgiendo en nuestro campo de experiencia.
Como dijo el maestro Eihei Dogen:
Tened abiertas las manos y toda la arena del desierto pasará por ellas.
Cerradlas y solo conseguiréis unos pocos granos de arena.