Cultiva una mente y un corazón ecuánimes, y la dualidad desaparecerá por sí misma.
Cuando nos dejamos caer en la confianza serena del corazón, moramos naturalmente en la serenidad del samadhi. Este es la actitud y el estado que cultivamos durante la práctica de zazen.
Pero, ¿cómo podemos trasladar esta serenidad a nuestra vida cotidiana, inmersa en agitación, ansiedad y el estrés constante que nos arrastra? Estos estados nos alejan por completo de nuestra naturaleza original, de nuestra serenidad genuina. Para soportarlo, recurrimos automáticamente a anestésicos temporales y distracciones efímeras que actúen como sustitutos imperfectos de la verdadera calma.
Cuando nos sumergimos en la serenidad de la Unidad, la dualidad —ese constante vaivén entre lo correcto y lo incorrecto, el placer y el dolor, el deseo y el rechazo— comienza a disolverse de manera natural. No es algo que necesitemos forzar; no hay una lucha consciente para eliminar los opuestos. Simplemente, al descansar en la Unidad, la mente deja de fragmentar la realidad en partes conflictivas. La dualidad desaparece espontáneamente porque dejamos de aferrarnos a ella. En su lugar, lo que surge es una percepción unificada, donde los aparentes opuestos se integran en una totalidad más vasta.
Cultivar una mente y un corazón ecuánimes requiere encontrar y mantener el equilibrio entre los opuestos. Es mediante la práctica del camino medio, que trascendemos y abarcamos estos aparentes opuestos, logrando de esta manera alcanzar un estado de equilibrio profundo.
Con el tiempo, al sumergirnos repetidamente en esta unidad serena, zazen tras zazen, día tras día, comienza a surgir en nosotros una manera más espontánea y natural de afrontar la vida cotidiana. Llevamos a cabo nuestras actividades diarias como cualquier otro ser humano, pero con un trasfondo de calma, lúcida y serena, que impregna todas nuestras acciones. Este fondo silencioso de serenidad nos acompaña y sostiene, ofreciéndonos un puerto seguro en medio de la vida cotidiana al cual siempre podemos volver cuando la vida inevitablemente nos zarandee, ya que, en realidad, nunca ha dejado de estar ahí.