Verso 13

Si no alcanzas la unidad, te perderás en ambos extremos.

Cuando no reconocemos que, en el fondo, todas las cosas están interconectadas, perdemos de vista cómo los opuestos —como el bien y el mal, la luz y la oscuridad—  funcionan juntos en armonía. Cuando entendemos esta Unidad, podemos ver con claridad cómo la dualidad, es decir, los contrastes de la vida, no son contradicciones, sino aspectos complementarios de un todo mayor. Todo está perfectamente dispuesto tal como es. Cada cosa cumple su propósito sin exceso ni carencia, formando parte de un equilibrio natural y preciso que sostiene al universo entero, más allá de nuestras opiniones y juicios.

Nuestras mentes condicionadas nos llevan a identificarnos con un extremo de la dualidad: nos inclinamos por lo que nos agrada y rechazamos lo que no nos gusta. Pero cuando tomamos partido por un polo, ya sea el placer o el dolor, lo correcto o lo incorrecto, perdemos la experiencia completa. Es como ver solo una parte del cuadro. Sin embargo, si dejamos de identificarnos exclusivamente con uno de los extremos y no tomamos partido, ambos polos se mantienen en equilibrio de forma natural, sin esfuerzo.

Esta actitud nos conduce naturalmente a una verdad liberadora: la manera habitual de experimentar la realidad como un conjunto de opuestos no es la única ni la más adecuada para vivir plenamente. De hecho, esta percepción dualista es la causa principal de gran parte de nuestro sufrimiento. Vemos la vida como una lucha entre contrarios, lo que nos hace vivir en conflicto constante con nosotros mismos y con los demás. Este conflicto surge porque nuestra mente separa lo que en realidad está unido, creando una distorsión en nuestra percepción del mundo y de nosotros mismos.

La práctica correcta del Dharma disuelve esta visión fragmentada. Nos muestra que hay otra manera de ver, ser y estar en el mundo, que se ajusta de manera más fidedigna a la Realidad tal como es. Esta forma de vivir, más allá de los opuestos, no genera dolor ni sufrimiento, sino que nos lleva a un estado de equilibrio y paz. Y a eso apunta toda la práctica, el estudio y la experiencia del Dharma del Buda: no solo a enseñarnos a meditar o a calmarnos, sino a ayudarnos a ver y vivir desde una comprensión profunda y transformadora de la naturaleza de la realidad.

Imagina que hasta ahora has vivido en un mundo donde solo reconoces la sombra sin saber que está creada por la luz. Solo al entender que la sombra no existe sin la luz, puedes ver el panorama completo y vivir en armonía con ambos. Esta visión nos libera de las ilusiones de separación y nos permite vivir con plenitud la vida tal como es en su totalidad.

La verdadera libertad y paz surgen cuando reconocemos la Unidad detrás de la dualidad. Este es el propósito de la práctica budista: disolver las ilusiones de separación y descubrir la realidad profunda de la interconexión de todas las cosas, devolviéndonos al equilibrio natural. Es un proceso de despertar, en el que vamos más allá de los condicionamientos que nos hacen sufrir y nos reconectamos con la esencia de la vida misma, que es completa tal como es.

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