Al rechazar la existencia, se pierde su verdadera naturaleza; al aferrarse al vacío, se niega su auténtico significado.
En el Maka Hannya Haramita Shingyo, recitamos: «Shiki soku ze ku, ku soku ze shiki» — los fenómenos (shiki) son vacuidad (ku), la vacuidad es fenómenos. No son dos realidades separadas, sino expresiones inseparables de una misma verdad.
Fenómenos y vacuidad están completamente entrelazados, sin distinción real más allá de los conceptos que la mente formula. Pero nuestra tendencia es aferrarnos a una de estas perspectivas, atrapándonos en el dualismo. Al fijarnos solo en los fenómenos, caemos en el apego y la ilusión de una existencia sustancial; al aferrarnos únicamente a la vacuidad, corremos el riesgo de negar el dinamismo de la existencia, transformando la enseñanza en una visión nihilista.
Esto nos lleva a una cuestión crucial: nuestra relación con el yo. El yo es una construcción, una autoimagen ficticia que surge y cambia en función de nuestras interacciones y condicionamientos. Sin embargo, esta imagen cumple una función práctica en nuestra relación con los demás y con el mundo. No se trata de aferrarnos a ella ni de rechazarla completamente, sino de comprender su naturaleza transitoria sin quedar atrapados en su ilusión.
De manera similar, el apego a la vacuidad es otro tipo de trampa. Podemos rechazar el mundo de las formas en nuestra búsqueda de la trascendencia, pero al hacerlo creamos una nueva limitación. Al negar la existencia en favor del vacío, construimos una dicotomía ilusoria y nos alejamos de la realidad que está más allá de cualquier extremo.
¿Cómo equilibrar ambas perspectivas sin caer en los extremos? En el budismo Soto Zen experimentamos directamente esta interpenetración entre lo relativo y lo absoluto, sin fijarnos en ninguna conceptualización rígida. Al soltar tanto el apego como el rechazo, nos situamos en el corazón de la experiencia viva, allí donde la existencia y la vacuidad no son opuestas, sino manifestaciones de una misma realidad indivisible.