Cuantas más palabras y pensamientos, más lejos estamos de nuestra armonía intrínseca.
Nuestra mente conceptualiza la realidad de manera constante, envolviéndola en una red de pensamientos y categorías que le otorgan una aparente solidez a lo que es fluido e inasible. La realidad no se encuentra en las construcciones mentales que fabricamos sobre ella, sino que está más allá de todo concepto. Los conceptos, aunque útiles como herramientas de comunicación y comprensión, no son la verdad en sí misma, sino símbolos que simplifican y encorsetan la experiencia directa de la existencia.
El problema surge cuando nos identificamos con estas representaciones y las confundimos con lo real. Nos aferramos a nuestras propias fabricaciones mentales, construyendo un mundo de ilusiones que nos atrapa y nos hace sufrir. No es que pensar o conceptualizar sea malo en sí mismo, sino que al dar por cierto lo que solo es una interpretación, nos separamos de la realidad viva y experimentamos el dolor de esa desconexión.
Un ejemplo ilustrativo es el célebre cuadro de René Magritte, Ceci n’est pas une pipe («Esto no es una pipa»). Aunque la imagen representa una pipa, no es una pipa real; no podemos llenarla de tabaco ni usarla para fumar. Intelectualmente, esto es fácil de comprender, pero experimentarlo de manera directa y profunda es algo completamente diferente. La Vía del Buda nos prepara para soltar la dependencia de los conceptos y entrar en contacto con la realidad tal como es, sin la intermediación de nuestras construcciones mentales.
El despertar no es un acto de adquirir más conocimiento, sino de ver con claridad cómo nos atrapamos en nuestras propias alucinaciones conceptuales. Al reconocer este proceso, podemos liberarnos del error cognitivo que nos mantiene en la ilusión y regresar a la simplicidad de la existencia tal como se manifiesta en cada instante.