Volver al origen es alcanzar la esencia, seguir las apariencias es alejarse de la realización.
Para comprender quiénes somos realmente, debemos regresar a nuestra raíz, en lugar de perdernos en el mundo de las apariencias y las distracciones. La mente ordinaria se aferra a lo externo, a los nombres, a las formas y a las identidades que construimos, olvidando que la verdad esencial no puede atraparse con conceptos.
Nuestra percepción habitual nos extravía en la dualidad, en el vaivén entre lo que consideramos bueno o malo, éxito o fracaso, ser o no ser. Nos identificamos con estas distinciones y terminamos encadenados a una visión fragmentada de la existencia. Como nos recuerda El principito: «Lo esencial es invisible a los ojos». Lo que realmente tiene valor no puede ser captado con la mirada superficial que aplicamos a la vida cotidiana, sino que requiere una percepción más profunda, libre de filtros e interpretaciones.
Este retorno a lo esencial no es un viaje hacia un lugar lejano ni el resultado de una acumulación de conocimientos. Es el simple acto de estar presentes, de sentir plenamente la vida sin mediaciones. Zazen nos ofrece este espacio de retorno, donde dejamos caer lo innecesario y nos encontramos con la realidad tal como es. No es una abstracción ni un ideal filosófico, sino una experiencia directa de nuestra propia naturaleza.
Al sentarnos en quietud, sin aferrarnos a nada ni rechazar nada, comenzamos a percibir la existencia sin adornos. Sin la necesidad de construir una imagen de nosotros mismos ni de sostener ficciones que refuercen nuestro ego. Es en esta desnudez, en esta autenticidad radical, donde aflora lo que realmente somos: claridad, apertura, presencia.
Volver al origen no significa retroceder ni perderse en el pasado. Significa reconocer, aquí y ahora, que ya somos completos. Que no hay nada que alcanzar, solo algo que soltar: el peso de nuestras ilusiones. Cuando dejamos de aferrarnos a la apariencia y volvemos a la raíz, descubrimos que lo esencial nunca ha estado perdido, simplemente estaba oculto bajo el ruido de nuestras propias construcciones mentales.