Cuando la luz se dirige hacia el interior, en un instante, se trasciende el vacío ilusorio.
Zazen a zazen, kinhin a kinhin, cultivamos la capacidad de dirigir la luz de la conciencia hacia nuestro interior. Al inicio de la práctica, la mente está envuelta en una bruma densa, un flujo incesante de pensamientos, emociones y juicios que oscurecen la claridad natural de nuestra consciencia. A través de la perseverancia, poco a poco la niebla comienza a disiparse. Llega un momento en que dejamos de ser meros observadores de la realidad y nos volvemos uno con ella. Más allá de la forma y del vacío, más allá de la dualidad con la que solemos interpretar la experiencia.
En el Sutra Corazón de la Gran Sabiduría recitamos que forma es vacío, vacío es forma. Estas no son dos realidades separadas, sino expresiones de una misma verdad. Nos perdemos cuando nos aferramos a la forma, tomando las apariencias como si fueran entidades fijas e independientes. Pero también nos extraviamos cuando nos apegamos a la vacuidad, creyendo que la ausencia de sustancia es el fin último.
No se trata de rechazar la forma ni de rechazar el vacío, sino de ver con claridad que la Realidad es una y completa en sí misma. No puede atraparse con conceptos ni definiciones, porque en el momento en que intentamos poseerla, desaparece, como una pompa de jabón que estalla en el aire.
En zazen aprendemos a permanecer en la experiencia sin cristalizarla en ideas o juicios. Cuando dirigimos la luz hacia el interior sin buscar nada, sin intentar aferrarnos o rechazar, la dualidad se desvanece y se revela la plenitud del instante presente. Aquí, ahora, sin necesidad de añadir nada ni de quitar nada ni al vacío ni a la forma.