Aunque la dualidad surge de la unidad, tampoco te aferres a la unidad.
La Realidad no puede ser capturada por el lenguaje. Al utilizar el lenguaje para representar la realidad nos obliga a expresarnos en términos de unidad y dualidad. Sin una, la otra no puede existir, la verdadera unidad no se limita a negar la dualidad: la abarca y la trasciende. Si nos aferramos a la idea de unidad como opuesta a la dualidad, seguimos atrapados en una forma de pensamiento fragmentado. La verdadera comprensión no consiste en elegir entre una y otra, sino en ver que ambas son expresiones de una misma realidad.
¿Cómo podemos aplicar esto a nuestra práctica? El maestro Dogen Zenji nos ofrece una clave fundamental en el Fukanzazengi:
«Para hacer zazen conviene un espacio silencioso. Come y bebe sobriamente. Despréndete de cualquier compromiso y abandona toda preocupación. No pienses: esto está bien, esto está mal. No tomes partido ni a favor ni en contra. Detén todo movimiento de tu mente consciente. No juzgues los pensamientos que aparecen. No cultives expectativas. No tengas ningún deseo de llegar a ser Buda».
Estas palabras nos muestran que la práctica no consiste en elegir un lado, sino en dejar que la realidad se revele sin filtros ni juicios. Soltando nuestras fijaciones y no dividiendo la experiencia en bueno o malo, correcto o incorrecto, etc. Solo así podemos asentarnos en una presencia que no se aferra ni rechaza, sino que simplemente es.
Al no tomar partido «ni por ni contra», con una mente abierta y flexible, podemos experimentar la unidad dentro de la diversidad y reconocer en la diversidad la unidad esencial de todas las cosas. Lo que a simple vista parecen opuestos —bien y mal, luz y sombra, vacío y forma— no son más que diferentes manifestaciones de la misma realidad interdependiente.
El propio Dogen, al regresar de China tras recibir la transmisión del Dharma, fue preguntado sobre qué traía consigo. En lugar de volver cargado de sutras, como era costumbre entre los monjes de su tiempo, respondió:
«He vuelto con las manos vacías, pero con una mente abierta y flexible».
Esta es la esencia de la práctica: soltar toda fijación y permitir que la realidad se manifieste tal como es. No se trata de acumular conocimientos o aferrarse a conceptos elevados, sino de dejar ir toda preconcepción y estar presentes en lo que surge momento a momento.
Cuando comprendemos esto en nuestra práctica diaria, podemos ver que la verdadera unidad no es una idea abstracta ni un estado que deba alcanzarse. Es la vida misma tal como es, aquí y ahora. En cada respiración, en cada paso, en cada interacción con otras personas y con el mundo, la unidad se expresa en la infinita diversidad de formas.
Así, sin rechazar la dualidad ni aferrarnos a la unidad, caminamos por la vía del despertar con una actitud de apertura, humildad y confianza en la naturaleza de todas las cosas.