Verso 26

La ecuanimidad se puede desvanecer con las circunstancias. Persiguiendo las circunstancias nos perdemos en la confusión.

La ecuanimidad es un estado de calma profunda que surge naturalmente con la práctica correcta de zazen, pero que puede desvanecerse cuando las circunstancias cambian. Cuando estamos bien, creemos que podemos mantenernos serenos en cualquier momento, pero cuando las condiciones dejan de ser favorables, cuando algo nos inquieta, cuando nos identificamos con ello y nos arrastra, entonces es fácil ver cómo esa estabilidad se disuelve. Si la ecuanimidad depende de lo que ocurre fuera de nosotros, en realidad no es ecuanimidad, sino un espejismo frágil que se quiebra con el más mínimo viento.

Cuanto más nos aferramos a las condiciones externas, cuanto más intentamos ajustar la realidad a nuestros deseos, más nos alejamos de la claridad. La mente atrapada en el ir y venir de los acontecimientos se vuelve como una marioneta que salta al ritmo de lo que ocurre fuera, incapaz de sostenerse por sí misma. En la práctica del budismo Soto Zen, la estabilidad no surge de encontrar el entorno perfecto o de evitar lo que nos incomoda, sino de cultivar una presencia atenta y una aceptación profunda de lo que es.

Cuando nos dejamos llevar por el flujo interminable de las circunstancias, la mente se agita, la confusión se intensifica y la serenidad se vuelve un recuerdo distante. Pero hay otra manera de ser y estar en el mundo: habitar el cambio sin ser arrastrados por él. No se trata de insensibilidad ni de indiferencia, sino de aprender a habitar el presente sin depender de que las cosas sean de una manera u otra. Solo entonces, la ecuanimidad deja de ser un concepto y se convierte en una forma de estar en el mundo.

Comprar en Amazon