El objeto depende del sujeto, el sujeto depende del objeto. Sujeto y objeto se originan mutuamente.
El objeto depende del sujeto, es decir, la realidad no es algo fijo e independiente de nuestra percepción. Todo lo que experimentamos está condicionado por nuestra mente, nuestra historia personal y nuestra manera de interpretar el mundo. No hay un mundo externo objetivo que simplemente esté ahí, esperando ser visto de una única manera; lo que llamamos «objeto» surge en relación con el sujeto que lo experimenta.
A su vez, el sujeto depende del objeto. No existe un «yo» separado de lo que percibe. Somos, en gran medida, las experiencias que tenemos, la relación que establecemos con lo que nos rodea. Nuestra identidad se define en el encuentro con el mundo, en la interacción con cada cosa que surge en nuestra conciencia. Si no hubiera objetos de percepción, ¿qué sentido tendría hablar de un sujeto?
Sujeto y objeto se originan mutuamente, no es solo que uno dependa del otro, sino que emergen juntos, inseparables. No hay un antes ni un después, no hay un sujeto puro que primero existe y luego encuentra un mundo externo, ni un mundo independiente que precede a la conciencia. Todo aparece en relación. En la práctica de zazen, cuando la concentración se estabiliza en el objeto primario de atención, ya no hay un observador separado de la respiración, del sonido del viento, de la sensación del cuerpo sobre el suelo.
Si realizamos profundamente esta enseñanza, la rigidez con la que nos aferramos a nuestra identidad y a la realidad que creemos inmutable comienza a disolverse. No somos entes aislados mirando un mundo desde fuera, ni tampoco somos meras reacciones a lo que ocurre. Somos relación, somos interdependencia, somos la actividad misma de surgir junto con todo lo que es.
La realidad es una red interconectada de fenómenos y nuestra percepción está intrincadamente entrelazada con la realidad misma. La práctica del budadharma nos lleva a contemplar esta interdependencia y a desarrollar una comprensión más profunda de la naturaleza relativa de las cosas, trascendiendo así la ilusión de una existencia separada y alcanzando una visión más clara de la verdadera naturaleza de la realidad y de nosotros mismos.