Verso 28

Si se quiere comprender las dos partes, su origen es el mismo: vacío.

Para comprender las partes de los opuestos, debemos indagar en su origen común: la vacuidad. En la tradición budista, la vacuidad no se refiere a un vacío frío e inhóspito, sino a la ausencia de una existencia inherente y autónoma en cada uno de los fenómenos. Todo lo que surge lo hace en dependencia de causas y condiciones, sin una esencia propia que lo haga fijo o permanente. No hay una identidad separada que sustente los opuestos de manera absoluta; su existencia es relacional, interdependiente.

Las dualidades que solemos percibir — luz y oscuridad, bien y mal, yo y el otro—  no son entidades fijas, sino expresiones de una misma realidad interconectada. Surgen de la mente que discrimina y conceptualiza, pero en sí mismas carecen de una existencia propia. Al examinarlas con profundidad, descubrimos que no pueden sostenerse sin su contrario: la luz no tiene significado sin la oscuridad, el sonido sin el silencio, la forma sin el vacío. Cada fenómeno es lo que es solo en relación con lo que no es.

Al reconocer la vacuidad de los fenómenos, nuestra percepción de la realidad se vuelve más amplia y flexible. La vacuidad nos ayuda a comprender que nada es sólido, separado o definitivo. Cuando nos aferramos a las cosas como si tuvieran una identidad fija, creamos sufrimiento, porque la realidad fluye constantemente, sin detenerse en ninguna estructura permanente.

En la práctica budista, el reconocimiento de la vacuidad nos libera de la rigidez de las categorías mentales y nos abre a una comprensión más profunda de la interconexión de todos los fenómenos. Cuando comprendemos que sujeto y objeto surgen de la misma vacuidad, desaparece la frontera ilusoria entre el yo y los demás, entre lo interno y lo externo. De esta comprensión surge una visión más compasiva, porque dejamos de vernos a nosotros mismos como entidades aisladas y reconocemos nuestra participación en un entramado infinito de interdependencia.

Trascender la dualidad no significa negar la diversidad de la experiencia, sino integrarla con plena conciencia de su naturaleza vacía. En la vacuidad, cada fenómeno es libre de manifestarse sin la carga de una identidad fija, sin la prisión de un yo separado. Ver esto con claridad nos permite habitar el mundo sin apego ni rechazo, cultivando una sabiduría que fluye con la vida en su totalidad.

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