Lo uno y el vacío son lo mismo, y ambos incluyen los diez mil fenómenos.
En la vacuidad, la aparente separación entre sujeto y objeto se disuelve, revelando la interconexión de todos los fenómenos. La vacuidad no significa que los fenómenos no existan, sino que carecen de una existencia inherente y autónoma. Todo surge en dependencia de condiciones y relaciones. Así, cuando se reconoce la verdadera naturaleza vacía de los fenómenos, se comprende que el sujeto que percibe y el objeto percibido no son entidades separadas, sino manifestaciones interdependientes de una misma realidad.
Desde la perspectiva de la verdad absoluta, no hay una esencia fija que sostenga la distinción entre sujeto y objeto. Estos no son realidades separadas, sino que emergen y se sostienen mutuamente dentro de la red infinita de interdependencia. En este nivel de comprensión, cualquier distinción entre ambos es meramente conceptual y carece de una base sólida. Al reconocer esto, la ilusión de la dualidad se desvanece y nos abrimos a una experiencia directa de unidad, donde la realidad se manifiesta libre de etiquetas y separaciones.
Pero esta comprensión no niega la verdad relativa, el nivel en el que operamos en nuestra vida cotidiana. En este ámbito, seguimos interactuando con el mundo a través de distinciones funcionales: diferenciamos entre personas, objetos, acciones y consecuencias. Aquí, sujeto y objeto siguen existiendo convencionalmente, y el lenguaje nos permite comunicarnos y actuar en el mundo. La verdad relativa no es un error ni una ilusión en el sentido de algo falso, sino la forma en que la realidad se nos presenta de manera práctica y operativa.
La verdad relativa y la verdad absoluta no son realidades separadas ni opuestas. No es que la verdad absoluta revele una dimensión superior, mientras que la verdad relativa sea meramente ilusoria. La verdad relativa es la expresión misma de la verdad absoluta. Como señala Nagarjuna: «La enseñanza de la vacuidad está basada en el camino medio; aquellos que la malinterpretan como nihilismo son irremediablemente incurables».
Es precisamente debido a la vacuidad que los fenómenos pueden surgir y relacionarse sin estar atados a una esencia fija. Los diez mil fenómenos, en su multiplicidad y diversidad, no están separados del vacío; son su manifestación concreta. Lo uno y lo múltiple no se excluyen: el vacío no es una negación de la existencia, sino la ausencia de una existencia independiente y autosustentada. Por ello, al ver la vacuidad de todos los fenómenos, no caemos en el extremo del nihilismo, sino que comprendemos que cada instante de nuestra experiencia es la totalidad manifestándose plenamente.
Comprender esto nos permite vivir sin aferrarnos a una visión rígida de la realidad. No es necesario negar la existencia convencional de los fenómenos, pero tampoco debemos tomarlos como absolutos. Los diez mil fenómenos y la vacuidad son lo mismo: cada ola en el océano es agua, y sin embargo, cada ola es única en su forma y movimiento. Este equilibrio nos permite movernos por el mundo con claridad, sin quedarnos atrapados en la dualidad ni en la fijación de un yo separado. Al integrar ambas perspectivas, podemos actuar con mayor sabiduría y compasión, sabiendo que todo está interconectado y que la realidad es libre y fluida.