Si no diferencias lo sutil de lo burdo, ¿cómo podrías tomar partido hacia uno de los lados?
Cuando no hacemos distinciones rígidas entre lo sutil y lo grosero, es decir, cuando no clasificamos las experiencias o situaciones en categorías de «bueno» o «malo», «correcto» o «incorrecto», se vuelve innecesario tomar partido o tomar una postura rígida, inamovible.
Al no tener una visión dualista ni juzgar las cosas en términos opuestos entre sí, podemos cultivar una actitud más equilibrada y comprensiva. Reconocemos que la vida y las situaciones son complejas y están compuestas por múltiples matices. En lugar de aferrarnos a una perspectiva fija, podemos abrazar la fluidez y la ambigüedad de las circunstancias.
No tomando partido evitamos la tendencia a generar conflictos, juicios o divisiones; nos abrimos a una mayor comprensión, empatía y aceptación de la diversidad de perspectivas y experiencias. Esto nos permite encontrar un espacio de armonía y calma al reconocer que la realidad es mucho más amplia y compleja de lo que nuestras categorías limitadas pueden captar.
De nuevo nos estamos refiriendo a ello desde la verdad absoluta. Pero, incluso en la verdad relativa, donde la toma de partido es obligada, podemos adoptar una postura más flexible y abierta, evitando la polarización y el extremismo. Podemos buscar un enfoque más comprensivo, escuchando y considerando diferentes puntos de vista, y reconociendo la complejidad inherente de muchas situaciones. No aferrándonos rígidamente a la visión dicotómica de la realidad y no cayendo en juicios simplistas. Reconociendo que hay múltiples perspectivas, matices y factores a considerar en cualquier situación.
Al generar una actitud comprensiva y abierta, cultivamos un estado interno pacífico que se irradia hacia nuestras interacciones y relaciones con los demás, creando un entorno de armonía y compasión para el bien de todos los seres, incluidos nosotros mismos.