Si te aferras, pierdes la ecuanimidad; e inevitablemente te desvías del camino.
En los practicantes de la Vía, y de cualquier camino espiritual, existe el peligro de caer en el extremismo al apegarnos a las enseñanzas, literalmente, ciegamente. La tradición Zen se ha cuidado mucho de no caer en esta trampa y son numerosas las historias de maestros zen que utilizan el humor y la simplicidad para contrarrestar este peligro. El maestro Joshu, Zhaozhou Congshen (778-897), hace gala de esta simplicidad en la siguiente historia:
En cierta ocasión, un estudiante se acercó al maestro Joshu y le preguntó: «Maestro, ¿puedes enseñarme el Zen?». El maestro Joshu, un hombre de pocas palabras, respondió con otra pregunta: «¿Has comido tu arroz?». El estudiante, desconcertado por la respuesta, dijo: «Sí, lo he hecho». A lo que Joshu respondió: «Entonces, lava tu cuenco».
La Vía no se puede atrapar con palabras ni con construcciones conceptuales; va más allá de las explicaciones intelectuales. No es algo que se encuentre en abstracciones elevadas, sino que se revela en la práctica directa, en la experiencia cotidiana, en la simplicidad del momento presente. La respuesta de Joshu es un recordatorio de que la sabiduría no está separada de la vida diaria: se encuentra en cada acto consciente, en la totalidad de la experiencia de cada instante. Comprender esto no es un ejercicio teórico, sino algo que solo puede realizarse a través de la práctica viva y la experiencia directa, libres de apego.
Cuando nos aferramos, ya sea a conceptos, creencias o emociones, levantamos una barrera que nos separa de la realidad tal como es. Despertar significa darnos cuenta, una y otra vez, de cómo nos aferramos, y soltar. La realidad no está fragmentada en sujeto y objeto; es un todo indivisible. Cualquier apego es un signo de que seguimos atrapados en una visión ilusoria.
El apego no se limita a los objetos materiales, sino que también puede manifestarse en nuestra forma de pensar o en nuestra carga emocional. Cuanto mayor es el apego, mayor es la tensión que se refleja en nuestro cuerpo. Cuando estamos preocupados, nuestros músculos se tensan sin que nos demos cuenta. La práctica del zen no es la causa de este dolor; zazen nos ayuda a darnos cuenta de la tensión que ya llevamos con nosotros, una tensión que, por cotidiana, suele pasar desapercibida.
Durante la práctica, cuando sentimos dolor en las piernas, la espalda o el pecho, esa sensación no proviene únicamente de la postura de meditación, sino de una tensión muscular acumulada que hemos naturalizado a lo largo del tiempo. Dependiendo de nuestros aferramientos, el cuerpo expresa esa carga en diferentes zonas. Tomar conciencia de ello es el primer paso hacia la liberación. Solo cuando nos damos cuenta del peso que hemos estado cargando podemos comenzar a soltarlo.