Si lo sueltas, vuelve a su propia naturaleza; su esencia no va ni viene.
Soltar significa permitir que la mente siga su curso natural, sin aferrarnos a sus contenidos, ya sean pensamientos, emociones, deseos o miedos incesantes. En la meditación zen, observamos la mente sin juicio ni apego, con ecuanimidad, dejando que los pensamientos surjan y desaparezcan sin intervenir, como si nuestra conciencia fuera un espejo que refleja todo lo que aparece instante tras instante. Al permitir que la mente fluya según su propia naturaleza, nos liberamos del sufrimiento que surge del aferramiento. Se trata de comprender que «lo que es, es», aceptando la realidad tal como se presenta, sin resistencia ni rechazo.
La verdadera naturaleza de la mente es intrínsecamente estable. Aunque en la superficie la mente esté en constante movimiento, existe una quietud subyacente que se revela de forma natural cuando practicamos zazen. Esta quietud es como el fondo del océano: profundo, sereno, inmutable. Sin embargo, solemos identificarnos con las olas —los pensamientos, emociones y fluctuaciones mentales— olvidando la vastedad del océano que realmente somos. Como dice el maestro Eihei Dogen (1200-1254) en el Bendowa: «Debes comprender que nadie carece de la insuperable Conciencia Despierta y que ya vives siempre en su plenitud, pero no te das cuenta de ello».
Esta naturaleza fundamental no es una entidad fija ni una sustancia que pueda ser definida. Es pura vacuidad, más allá del alcance del intelecto. No puede ser categorizada como «móvil» o «estática», «ancha» o «estrecha», ya que trasciende todas las dualidades y las concepciones limitadas de la mente humana. Nuestra práctica consiste en reconocer la tranquilidad intrínseca que subyace a todo el flujo de pensamientos y percepciones.
En el fondo, todos anhelamos esta serenidad, porque es nuestro verdadero hogar. Zazen es la puerta de entrada principal a este reconocimiento, el retorno a lo que siempre ha estado aquí, más allá de toda conceptualización, simplemente siendo.