Verso 36

Aferrarse a los pensamientos nos aleja de la realidad, la mente se oscurece y se hunde en lo indeseable.

El pensamiento nos permite interpretar y comprender el mundo que nos rodea. Al mismo tiempo, no es la realidad en sí misma, sino una representación filtrada y subjetiva de ella. Cuando nos identificamos demasiado con nuestros pensamientos, nos desconectamos tanto de la realidad como de nuestra verdadera naturaleza. Aferrarse a los pensamientos nos aleja de la realidad porque nos encierra en una versión limitada del mundo, una proyección de nuestras memorias, deseos y temores.

En lugar de experimentar directamente, interpretamos y juzgamos, generando una separación artificial entre nosotros y la vida tal como es. La mente humana construye narrativas, interpretaciones y juicios constantes sobre lo que experimentamos. Al identificarnos con estos pensamientos, percibimos la realidad a través de un prisma distorsionado por nuestras experiencias, creencias y emociones. En vez de ver la totalidad de lo que es, nos quedamos con una versión limitada y parcial.

A pesar de ello, el pensamiento es una herramienta valiosa cuando lo usamos con discernimiento. En lugar de ser arrastrados por él, podemos aprender a observarlo con claridad, dándonos cuenta de que no somos nuestros pensamientos. Esta capacidad de distanciamiento nos permite utilizarlos de manera funcional para analizar, planificar y comprender sin caer en la ilusión de que nuestras interpretaciones son la verdad absoluta.

La práctica de zazen nos ofrece un medio directo para desarrollar esta relación saludable con el pensamiento. Al cultivar la conciencia plena, aprendemos a observar el flujo mental sin quedar atrapados en él. Esta distancia nos permite experimentar la realidad con mayor claridad, sin las distorsiones impuestas por nuestros juicios automáticos.

Uno de los principios fundamentales en la enseñanza budista es encontrar el equilibrio entre los extremos. En la práctica de la meditación zen, el exceso de actividad mental se conoce como Sanran, un estado caracterizado por una mente agitada y un cuerpo tenso. En este estado, surgen innumerables pensamientos, recuerdos, deseos y sensaciones. Corporalmente, la barbilla se eleva, los pulgares se crispan y los músculos se contraen. Es la actitud típica de quienes «piensan» demasiado durante zazen. Por el contrario, la falta de claridad mental en la meditación se denomina Kontin, un estado de somnolencia en el que la vigilancia disminuye y el tono muscular se debilita. Aquí, la atención se disuelve, la postura se desploma, la cabeza cae hacia adelante y las manos pierden vigor.

¿Cómo armonizar estos extremos y encontrar el equilibrio? Zazen es un espejo que nos permite percibir con claridad cuándo nuestra conciencia está desequilibrada y necesita ser reajustada. Perseverar en la práctica es esencial para reconocer las causas de estos estados y comprender cómo influyen en nuestra vida cotidiana. Cuando la mente no oscila entre la dispersión y la inercia, emerge una claridad natural. En ese estado de presencia, la realidad se muestra tal como es, sin los filtros del juicio, ni la distorsión del apego o el rechazo. Zazen nos enseña a habitar plenamente cada instante y a encontrar en la simplicidad del ahora la expresión más profunda del despertar.

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