Verso 39

Cuando no se rechazan las seis sensaciones, se alcanza el auténtico despertar.

Cuando nuestra mente está libre de apegos y aversiones, podemos percibir los seis sentidos como lo que realmente son: vacíos de existencia inherente. No hay un «yo» separado que perciba, ni objetos con una esencia propia que sean percibidos. En este estado de apertura, los seis sentidos se experimentan sin la distorsión de nuestras proyecciones y condicionamientos. Así, los sentidos dejan de ser fuente de ilusión y sufrimiento y se revelan como expresión de la budeidad, el estado de despertar.

La budeidad no es una realidad separada de nuestra experiencia cotidiana, sino la comprensión directa de la interdependencia de todos los fenómenos. En el estado de despertar, dejamos de estar atrapados en el samsara, no porque los fenómenos desaparezcan, sino porque cesa nuestra fijación en ellos. Podemos experimentar la realidad tal como es, sin el velo de nuestras preferencias y rechazos.

Los fenómenos que nos rodean no son intrínsecamente buenos o malos; son simplemente lo que son. Es nuestra mente, condicionada por el apego y la aversión, la que proyecta juicios y genera sufrimiento. Cuando logramos liberar la mente de estas distorsiones, podemos ver la realidad con claridad, en toda su plenitud y perfección. La belleza de la existencia no radica en la ausencia de dificultades, sino en nuestra capacidad para experimentarlas sin resistencia, en la aceptación profunda de lo que es.

La puerta de entrada a este estado es la práctica de zazen. En la postura sedente, inmóviles, enfocando la atención en el cuerpo y la respiración sin perseguir beneficio alguno, accedemos de manera natural a un estado ecuánime, libre de apego y rechazo. En zazen, no buscamos alcanzar un estado especial ni escapar de la realidad, sino simplemente asentarnos en el momento presente, dejando que la mente repose en su claridad original. Este equilibrio, que no es forzado ni fabricado, surge de la quietud y la observación profunda.

Es fundamental comprender que el perfecto despertar no es un ideal lejano ni un logro reservado a unos pocos. No es algo externo a nosotros, sino nuestra naturaleza más profunda, de la cual nos hemos desconectado debido a la ignorancia y los hábitos condicionados. La práctica de zazen no nos da algo nuevo, sino que nos permite regresar a lo que siempre ha estado ahí: la presencia serena, la mente sin obstrucciones.

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