Verso 40

El sabio no actúa forzadamente. El ignorante se ata a sí mismo.

El sabio, en su profunda comprensión, sabe que la verdadera acción no siempre implica un hacer constante. La realidad, tal como se manifiesta, es intrínsecamente perfecta. Desde nuestra perspectiva limitada, percibimos carencias y defectos: anhelamos ser más delgados, más altos, más inteligentes, más asertivos o que no haya guerras ni injusticias. Sin embargo, desde la mente despierta, la realidad ya es completa y se sostiene en un equilibrio perfecto, más allá de nuestros juicios y expectativas.

Nuestra percepción parcial nos hace creer que algo nos falta, que siempre hay una mejora posible. Esta búsqueda incesante de superación personal es agotadora y nos aleja de la plenitud del momento presente. Desde una mirada más ecuánime, la realidad se despliega como un tapiz perfecto, donde incluso las imperfecciones aparentes forman parte de su naturaleza intrínseca.

Un anciano sabio vivía en un pequeño pueblo y poseía un hermoso caballo. Un día, el caballo escapó. Los vecinos acudieron a consolarlo diciendo: «¡Qué desgracia! Has perdido tu único caballo». Pero el anciano respondió con calma: «¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe?».

Días después, el caballo regresó trayendo consigo una manada de caballos salvajes. Los vecinos, sorprendidos, exclamaron: «¡Qué buena fortuna! Ahora tienes más caballos». El anciano solo respondió: «¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe?».

Poco después, el hijo del anciano intentó domar uno de los caballos salvajes, pero cayó y se rompió una pierna. Los vecinos dijeron: «¡Qué desgracia! Ahora tu hijo está herido y no puede trabajar». Pero el anciano repitió: «¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe?».

Semanas después, el ejército del rey llegó al pueblo reclutando jóvenes para la guerra. Todos los jóvenes fueron llevados, excepto el hijo del anciano, que no pudo ser reclutado debido a su pierna rota».¡Qué gran suerte!» dijeron los vecinos. El anciano, una vez más, respondió: «¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe?».

No es fácil aceptar la existencia de guerras, pandemias y sufrimiento. Nos parece contradictorio pensar que, desde una perspectiva más amplia, todo está bien. Aquí es donde la sabiduría de la práctica se vuelve esencial: necesitamos la capacidad de ver más allá de nuestras percepciones condicionadas y comprender que todo lo que ocurre forma parte de un orden mayor, aunque escape a nuestra comprensión inmediata.

¿Cómo perciben las estrellas nuestro deseo de ser más delgados, más inteligentes o más exitosos? La naturaleza misma no busca la perfección en esos términos. El río fluye sin preocuparse por si su cauce es recto o sinuoso, las montañas no se lamentan por su altura ni los árboles por la forma de sus ramas. La verdadera liberación no se encuentra en transformar lo que somos o en imponer un orden a la existencia, sino en aceptarnos sin condiciones, tal como la vida se presenta en este momento.

Sentarse, sentirse y sumergirse en la autoaceptación son pasos fundamentales para liberarnos de las expectativas y los estándares autoimpuestos. Al cocernos en nuestra propia salsa, nos permitimos aceptar lo que somos sin juicios ni exigencias y abrirnos a la realidad tal como es. En esta aceptación incondicional, la inquietud por ser más se disuelve y, en su lugar, emerge la serenidad. Al dejar de luchar contra lo que es, descubrimos que la verdadera libertad no radica en transformarnos, sino en despertar a nuestra naturaleza original, que siempre ha estado ahí.

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