Si tratas de usar la mente para comprender la mente, ¿acaso no es un gran error?
Intentar comprender la mente con la mente misma es una paradoja. Es como querer lavar una mancha de sangre con sangre, o intentar levantarse del suelo tirándose del propio cabello. Este es el callejón sin salida del autoconocimiento, cuando se persigue desde los propios mecanismos mentales. La mente, esa herramienta que nos permite percibir, pensar y conceptualizar, se convierte al mismo tiempo en el velo que nos impide ver más allá de sus propios límites.
Existe un camino más allá de estas fronteras autoimpuestas. Trascender la mente no significa rechazarla, sino comprender su funcionamiento, su tendencia a girar en bucles, a retroalimentarse. En esa comprensión profunda —no meramente intelectual, sino vivencial— se encuentra la llave para deshacer el nudo que nos ata al sufrimiento y a la ilusión del control.
Es como abrir una puerta hacia un espacio más amplio, donde el silencio no es vacío, sino plenitud. Al mirar desde ese lugar, ya no nos sentimos atrapados en la narrativa interna, en las explicaciones, en la necesidad constante de entender. Aparece entonces una forma distinta de saber: directa, inmediata, libre.
La práctica del Zen nos conduce justamente ahí. No se trata de acumular conceptos ni de perfeccionar teorías, sino de experimentar. Sentarse, soltar, observar sin juicio. Ir más allá de la mente que etiqueta, que clasifica, que se aferra. ¿Qué hay más allá del pensamiento? ¿Qué ocurre cuando dejamos de intentar entender y simplemente somos?
En el Zen decimos:
«Si la ocasión se presenta, experiméntalo».
No lo conceptualices, no lo analices. Sumérgete en la experiencia.