La existencia de los opuestos es producto de la evaluación mental.
Los pares de opuestos —bien y mal, placer y dolor, vida y muerte— no existen por sí mismos. Son construcciones mentales, etiquetas que la mente utiliza para orientarse en el mundo. El pensamiento clasifica, delimita, compara. Nos ofrece mapas, pero no el territorio.
Esta capacidad de discriminar tiene su función, pero cuando nos identificamos con ella, confundimos los mapas con la realidad. Creemos que debemos elegir siempre entre uno y otro extremo: aferrarnos al placer y evitar el dolor, buscar la vida y negar la muerte, abrazar lo que nos gusta y rechazar lo que nos incomoda. Así, sin darnos cuenta, nos atrapamos en un juego de tensiones que genera conflicto y sufrimiento.
El problema no está en el pensamiento, sino en la identificación con él. Cuando creemos que nuestras ideas son la realidad, nos perdemos en una visión fragmentada del mundo. Y es ahí donde nace la lucha interior, la división entre «yo» y «lo otro», entre lo que quiero y lo que temo.
La liberación comienza cuando reconocemos que los opuestos no son realidades absolutas, sino construcciones mentales. Al observar nuestros pensamientos sin aferrarnos a ellos, la mente se aquieta. De esa calma surge una percepción más clara, más libre de juicios. Una percepción que no divide, que no separa, que no pone etiquetas.
La realidad no es dual. No está hecha de extremos enfrentados, sino de un continuo cambiante, una danza fluida de causas y condiciones que se entrelazan sin cesar. No hay separación real entre placer y dolor, vida y muerte: todo forma parte de un mismo movimiento.
Al sentarnos en zazen, sin buscar nada, sin rechazar nada, vamos disolviendo las fronteras que hemos heredado o creado inconscientemente. Surge entonces una paz que no depende de las circunstancias, una alegría que no necesita un motivo. Si queremos vivir en armonía, debemos empezar por dejar de dividirnos por dentro. Ver la realidad como un todo interconectado no es solo una comprensión espiritual, es un acto honesto de bondad.