Verso 46

Ganar y perder, correcto e incorrecto… suéltalos de una vez.

Cuando observamos la ganancia y pérdida, descubrimos que no son más que interpretaciones que proyectamos sobre los hechos. En el giro incesante de la existencia, lo que hoy nos parece una ganancia puede revelarse mañana como una pérdida, y lo que hoy lamentamos podría abrir la puerta a una oportunidad inesperada. Aferrarse a estas categorías nos encadena al sufrimiento, porque nos resistimos a la verdadera naturaleza de la vida: su constante transformación.

En la tradición budista, una de las tres marcas de la existencia es la impermanencia. Todo lo que surge, cambia. Todo lo que cambia, desaparece. Esta comprensión debe transformarse una una experiencia vivida que encarne la naturaleza transitoria de todas las cosas.

Del mismo modo, las nociones de lo correcto y lo falso se desdibujan cuando miramos con los ojos del despertar. Lo que una mente condicionada considera correcto, otra puede juzgar erróneo, y viceversa. Contextos culturales, marcos históricos, vivencias personales… todo moldea nuestras percepciones. Así, lo que creemos firmemente puede derrumbarse ante una comprensión más amplia, más libre, más compasiva.

La práctica del Zen nos enseña a ir más allá de estas dualidades. A través de la meditación, aprendemos a mirar sin filtros, a habitar el instante presente sin aferrarnos a etiquetas, juicios ni narraciones. En ese silencio claro, la realidad se muestra tal como es: sin división, sin opuestos, sin conflictos.

Al contemplar la impermanencia con una mente abierta, dejamos de perseguir la ganancia y de temer la pérdida. Ya no necesitamos aferrarnos a lo correcto ni rechazar lo falso. Simplemente estamos. Y en ese estar, libres de construcciones mentales, podemos encontrar la paz profunda de quien ha dejado de luchar contra el río de la vida y ha aprendido a fluir con él.

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