Si los ojos no duermen, todos los sueños desaparecen por sí mismos.
El despertar es la enseñanza central y la experiencia más transformadora en el budismo. De hecho, Buda no es un nombre propio, sino un epíteto que significa «el despierto»: aquel que ha trascendido la ignorancia y el sufrimiento para morar en una sabiduría serena y compasiva. Este estado no está reservado a unos pocos; es una posibilidad real al alcance de todos y todas. En ese camino, la atención es la llave.
Cuando «los ojos no duermen» —es decir, cuando cultivamos una presencia lúcida, especialmente a través de la atención al cuerpo y a la respiración— comenzamos a habitar la experiencia con ecuanimidad. Sin necesidad de luchar, reprimir o controlar, los contenidos mentales —sueños, ilusiones y proyecciones— comienzan a disolverse por sí solos. La realidad se va revelando tal como es, sin adornos ni filtros.
En el Zen utilizamos con frecuencia la metáfora del espejo para clarificar esta enseñanza. Un espejo limpio refleja con nitidez lo que tiene delante. Pero si está cubierto de polvo, la imagen se distorsiona y confundimos lo que vemos. Del mismo modo, una mente clara y atenta refleja fielmente la realidad. En cambio, una mente ofuscada por pensamientos, juicios y emociones desbordadas genera confusión, sufrimiento y separación.
Esta imagen está bellamente recogida en el conocido poema del caso 34 del Denkoroku.
El cuerpo es el árbol de la iluminación, la mente es un espejo resplandeciente. Trata de mantenerlo siempre limpio y no permitas que el polvo se acumule sobre él.
Esta es una enseñanza parcial. La realización última va más allá incluso de la limpieza del espejo. Así lo expresó el sexto patriarca Huineng en su célebre respuesta:
La iluminación no es esencialmente un árbol, ni hay tampoco espejo que resplandezca. Desde el principio, no existe una sola cosa: ¿dónde podría, entonces, acumularse el polvo?
Estas palabras no niegan la práctica, sino que apuntan más allá de toda forma, más allá incluso de la idea de un «yo» que deba despertar. Cuando la mirada está verdaderamente despierta, no hay nada que alcanzar ni nada de lo que deshacerse. Solo queda esta presencia viva, clara y libre, donde todos los sueños se disuelven como la niebla al amanecer.