Cuando la mente no discrimina, los diez mil dharmas son uno.
Cuando cesamos de dividir, clasificar y oponer, se revela la unidad fundamental de la existencia. Los «diez mil dharmas» —es decir, todos los fenómenos del universo— no son cosas separadas, sino expresiones interdependientes de una misma realidad. Comprender esto no es una mera idea filosófica, sino una realización profunda, como una llave que abre la puerta al estado de no-dualidad. Es la experiencia de una mente que ha trascendido la compulsión de separar entre «esto» y «aquello», entre «yo» y «el mundo», entre «correcto» y «equivocado». Una mente unificada, sin fisuras, que no toma partido ni por ni contra.
Se trata de cultivar una mente sin preferencias, sin etiquetas. Una mente abierta y receptiva, capaz de acoger la realidad tal como es, sin separarla en bueno y malo, correcto o incorrecto, sagrado o profano. Practicar esta no discriminación no significa volverse indiferente, sino despertar a una sabiduría compasiva que reconoce la interconexión de todos los seres. Al soltar las categorías rígidas, el corazón se ensancha y la vida se unifica.
Y entonces, como una consecuencia natural —no como una conquista personal— , los «diez mil dharmas son uno». Las cosas no desaparecen ni se funden en un vacío homogéneo. No es que todo se vuelva igual, sino que se reconoce lo uno en lo múltiple. Cada cosa es tal como es —única, irrepetible— pero no está separada de nada. Las olas distintas del mar no dejan de ser olas, pero son solo el mar. Las diez mil cosas —todos los fenómenos del mundo— siguen siendo múltiples, pero ya no están desgajadas del corazón de la realidad.
Es una visión en la que la diversidad no es contradicción, sino expresión de la unidad. Cuando dejamos de proyectar nuestras preferencias, cuando cesa la mente que toma partido, lo que queda es una gran inclusividad: todo tiene su lugar, todo está interconectado, todo es, simplemente, así como es.
Y esto no es un ideal lejano, sino una forma de ver que se cultiva momento a momento en la práctica de zazen: sentarse sin tomar partido, sin dividir, sin construir un yo frente a las cosas. Entonces la mente descansa. Y en ese descanso, el mundo entero se vuelve íntimo.