Verso 49

En la unidad se realiza la esencia profunda, sin esfuerzo los apegos se disuelven.

Todo en este universo está interconectado. Nada existe por sí solo. Cada ser, cada cosa, cada instante, forma parte de una red viva de interdependencia. Esta es una enseñanza fundamental del budismo: no hay separación, no hay un «yo» aislado, no hay un «esto» frente a «aquello».

Cuando nos sentamos en zazen y soltamos nuestras ideas, juicios condicionados y expectativas, comienza a revelarse una unidad silenciosa que no necesita ser entendida, solo reconocida. No es una comprensión intelectual, sino un despertar natural, sin esfuerzo.

Cuando la mente descansa en la unidad, las nociones de causa y efecto, de tiempo y progreso, se diluyen. Ya no hay un punto de partida ni una meta. Solo este momento, completo en sí mismo. Al cesar la agitación, los apegos se disuelven por sí solos. No porque los forcemos a desaparecer, sino porque ya no tienen de dónde agarrarse. En el silencio de la práctica, lo que parecía sólido se vuelve fluido. Lo que parecía separado, se revela como uno.

Esta es la esencia de la vía: no hacer nada especial, no perseguir nada. Simplemente sentarse, con el cuerpo en quietud y el corazón abierto. Permitir que la vida sea como es. En esta forma de estar, encontramos una sabiduría que no depende del pensamiento y una compasión que no necesita esfuerzo. Vivir desde esta unidad es vivir con autenticidad, sin necesidad de adornos, sin miedo a la imperfección.

Zazen no es una técnica ni un medio para alcanzar algo. Es el retorno natural a lo que siempre ha estado aquí. Cuando la mente deja de dividir, el mundo entero se vuelve íntimo.

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