Verso 50

Cuando todos los fenómenos son contemplados con ecuanimidad, retornan a su naturaleza original.

En el bullicio y el caos de la vida cotidiana, nos vemos inmersos en un mar de emociones y experiencias que nos arrastran en diferentes direcciones. En medio de este torbellino surgen el conflicto y el sufrimiento. Anhelamos la calma y la serenidad. Pero, ¿cómo encontrar tranquilidad en un mundo tan turbulento?

La tradición Zen nos ofrece un camino diferente a este caos a través del cultivo sistemático de la ecuanimidad y la aceptación. Contemplando la realidad con equilibrio y una presencia serena. La ecuanimidad nos da la capacidad de observar el flujo de la vida sin ser arrastrados por sus oleajes. Nos permite mantenernos en calma, incluso en medio de las tormentas más intensas. Como quien aprende a surfear las olas sin hundirse en ellas.

La práctica de zazen cultiva en nosotros esta mirada ecuánime. Nos enseña a permitir que las cosas sean tal como son, sin juicio ni resistencia. En este estado de aceptación, cada experiencia retorna a su esencia: nada sobra, nada falta. Lo que parecía un obstáculo se revela como enseñanza. En lugar de luchar contra la corriente de la vida, nos abrimos a su ritmo natural, encontrando paz y armonía instante a instante.

La aceptación es confianza. Es aprender a abrazar la realidad tal como es, sin intentar forzarla ni controlarla. Y en ese gesto de rendición —que no es resignación—  encontramos una profunda libertad: la libertad de soltar nuestras exigencias, nuestras expectativas, nuestros deseos no satisfechos.

Cuando aceptamos plenamente lo que es, brota una paz silenciosa. Ya no luchamos. Dejamos de resistirnos, y el sufrimiento pierde fuerza. Entonces, podemos sumergirnos en el fluir de la vida con el corazón abierto, habitando cada momento con serenidad, incluso en medio de la impermanencia.

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