Verso 51

Cuando desaparece cualquier estructura conceptual, la verdad última no puede ser atrapada con palabras.

En la tradición zen solemos usar la metáfora del agua clara. Imagina un recipiente lleno de agua fangosa, donde el cieno ensucia su transparencia. Al agitarlo, no podemos ver el fondo; todo se confunde. Pero si lo dejamos reposar, las impurezas se asientan y la claridad aparece por sí sola. ¿Qué ocurre cuando el agua está completamente limpia? Ya no hay medida ni comparación. No podemos decir que hoy está más clara que ayer, porque no queda resto de turbiedad con el que establecer diferencia. Solo queda la claridad misma, perfecta en su transparencia, sin necesidad de calificativos.

Así es también la mente cuando deja de aferrarse a conceptos, juicios y expectativas. Cuando nos sentamos en zazen y permitimos que los pensamientos se asienten sin alimentarlos, comenzamos a experimentar esa apertura natural. No es algo que se alcance por esfuerzo, sino que emerge cuando dejamos de intervenir.

La verdad última no puede expresarse con palabras porque está más allá de todo marco conceptual. Es como el agua cristalina: puedes verla, puedes sentir su frescor, pero en cuanto intentas encerrarla en una forma fija, se te escurre entre los dedos.

En la práctica del zen, aprendemos a confiar en esta claridad. No buscamos adornos ni certezas. Solo estar plenamente presentes, libres del juego interminable de la comparación. Y en esa presencia, descubrimos una forma más auténtica de vivir, en armonía con lo que es.

Ser como el agua clara no significa perfección en términos comunes. Significa permitir que lo que somos se exprese sin obstrucción. Cada paso en el camino es una oportunidad para afinar esa transparencia, para abrazar la autenticidad y la compasión, tanto hacia las demás personas como hacia uno/a mismo/a.

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