Cuando la quietud detiene el movimiento, no hay movimiento. Cuando el movimiento detiene la quietud, no hay quietud.
Movimiento y quietud parecen dos realidades opuestas, pero no pueden existir la una sin la otra. Son expresiones de una misma verdad, profundamente entrelazadas. En zazen, la meditación sentada, no buscamos simplemente inmovilidad externa. La quietud que cultivamos es más sutil: una serenidad profunda que surge cuando dejamos de seguir los pensamientos, cuando la mente deja de agitar la superficie del instante. Esta quietud no es rigidez, ni pasividad; es apertura, presencia, un espacio interior desde el cual todo puede emerger.
Con el tiempo, esta práctica va aquietando las olas del pensamiento y del deseo. Y desde ese fondo claro, desde ese océano silencioso, empezamos a ver con mayor nitidez lo que somos y lo que es. La mente, libre de turbulencias, se vuelve como un espejo limpio: refleja el mundo tal como es, sin distorsión.
Pero esta quietud no está vacía. Es como el fondo del océano: aparentemente inmóvil, pero lleno de vida latente, de energía contenida. Desde esta quietud, el bodhisattva —la persona que despierta para el bien de todos los seres— actúa. No desde la agitación del ego, sino desde la calma que conoce la interconexión de todas las cosas. En esa quietud madura la compasión, brota la sabiduría.
Imagina que viajas en tren y observas el paisaje que pasa veloz tras la ventanilla. ¿Quién se mueve, tú o el mundo? La experiencia del movimiento o de la quietud no está en las cosas mismas, sino en la forma en que nos relacionamos con ellas. Es la mente la que define el punto de referencia.
La práctica de zazen nos permite soltar ese punto fijo. Nos enseña a habitar el instante sin aferrarnos, a descubrir que en el corazón de la quietud también hay movimiento, y que en el movimiento más dinámico puede habitar una calma profunda.
Desde esta raíz serena, nuestros actos pueden nacer con claridad. Nuestra vida entera se convierte en una expresión del equilibrio entre el reposo y la acción, entre el silencio y la palabra, entre el estar y el hacer. Y así, paso a paso, cultivamos una presencia compasiva, una sabiduría encarnada en la vida cotidiana.