Verso 54

La realización última y absoluta no sigue ninguna regla establecida.

La sabiduría no consiste en acumular teorías ni en aferrarse a conceptos. Es un proceso de autodescubrimiento, una transformación profunda que va más allá de las categorías del pensamiento. A diferencia de la tradición occidental, que a menudo presenta al santo como ideal moral a seguir, el budismo pone en valor la figura del sabio o de la persona despierta: alguien que no imita, sino que busca, que duda, que se deja interpelar por lo real.

Pero este camino de búsqueda también tiene sus trampas. Una de las más sutiles es la obsesión por alcanzar una comprensión definitiva, un punto final donde todo quede resuelto. Esa obsesión nos aleja del corazón mismo del budismo: la vacuidad.

La vacuidad nos muestra que todos los fenómenos —incluidas nuestras ideas, creencias y certezas—  carecen de esencia propia. Todo es transitorio, interdependiente, cambiante. Por eso, cualquier intento de fijar una verdad última como una ley o doctrina inmutable está destinado al fracaso. Toda regla que impongamos a la realidad, por noble o refinada que sea, es una construcción mental más, y por tanto, vacía.

Frente a este abismo de impermanencia, solo cabe la honestidad. Comprender la vacuidad no significa resignarse al sinsentido, sino abrir el corazón a una sabiduría más profunda: la de no saber, la de estar presente sin aferrarse. La verdadera realización no se alcanza por acumulación de respuestas, sino por rendición del ego, por soltar el impulso de controlar y permitir que la experiencia hable por sí misma.

En una historia que he escuchado muchas veces a mi maestro, se ilustra esta paradoja con la sencillez de una escena cotidiana:

Un erudito budista, especialista en el Sutra del Diamante, viajaba hacia un templo donde un maestro zen iba a dar una enseñanza sobre dicho texto. Caminaba con aire altivo, cargado de volúmenes y conocimientos. En su camino, se encontró con una anciana que vendía pasteles de arroz. Al ver los libros, la anciana le preguntó qué eran. El erudito respondió con suficiencia: «Son copias del Sutra del Diamante, que estudio y enseño».

La anciana sonrió y le ofreció un trato: —Si puedes responder a una pregunta sobre ese sutra, te regalaré tantos pasteles como desees. Si no puedes, te irás con el estómago vacío. Intrigado, el erudito aceptó.

La anciana dijo: —En el sutra se afirma: La mente del pasado es vacuidad. La mente del presente es vacuidad. La mente del futuro es vacuidad. Dime entonces, ¿con qué mente vas a comerte mis pasteles de arroz?

El erudito enmudeció. De pronto, toda su erudición quedó expuesta como un castillo de arena. Incapaz de responder, comprendió que la anciana —sin títulos ni reconocimiento—  encarnaba una comprensión que él aún no había alcanzado. Avergonzado, dio media vuelta y se marchó.

Esta historia, sencilla pero afilada como una espada, nos recuerda que la verdadera sabiduría no se encuentra en las palabras, sino en la experiencia directa, libre de orgullo y de intención. Como decía Jianzhi Sengcan, la realización última no obedece a ninguna fórmula. No puede ser atrapada ni organizada, solo vivida.

En el fondo de la simplicidad habita una claridad que trasciende el tiempo, los dogmas y las estructuras. Es ahí, en ese espacio desnudo de la mente, donde brota una sabiduría real: la que nace de la humildad, la honestidad y la entrega total al instante presente.

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