Verso 55

Cuando la mente alcanza la ecuanimidad, todo movimiento se aquieta.

Ecuanimidad no es indiferencia ni frialdad. Es el equilibrio natural de la mente cuando ya no se deja arrastrar por las olas del agrado y el rechazo. Cuando en zazen soltamos todo juicio y nos limitamos a estar plenamente presentes, sin aferrarnos a nada y sin empujar nada, se revela una cualidad silenciosa y estable: la ecuanimidad, cultivada sistemáticamente a través de la concentración en el cuerpo y la respiración, fundiéndonos en esta experiencia.

En este estado, no buscamos alcanzar nada especial. Simplemente estamos. Y en ese estar completo, sin fisuras, el movimiento compulsivo de la mente empieza a detenerse. No porque lo forcemos, sino porque ya no tiene de qué alimentarse. La mente se aquieta como un estanque al que ya no se le lanzan piedras. El deseo de que las cosas sean distintas desaparece. La resistencia también. Todo se iguala en la claridad del momento presente.

Este aquietamiento no implica pasividad interior. Por el contrario, es una forma de estar radicalmente vivo/a, abierto/a a todo lo que sucede. Pero ese vivir ya no está teñido por la agitación del «yo», por la constante oscilación entre «quiero esto» y «no quiero aquello». Desde la ecuanimidad, cada fenómeno surge y desaparece como una nube en el cielo, sin dejar huella.

En esa quietud que no rechaza, el ego deja de moverse. Se disuelven las prisas, la comparación, el afán de control. Y lo que permanece es una mente que refleja la realidad tal como es, sin interferencia. Una mente que, como el agua clara, no añade nada ni quita nada.

Desde ahí, nuestras acciones nacen con naturalidad, sin tensión. No reaccionamos: respondemos. No actuamos por impulso, sino desde la sintonía con lo real. Esta es la actividad del bodhisattva: actuar sin ser arrastrado por los vaivenes de la mente condicionada, ofreciendo calma y claridad a un mundo lleno de ruido.

Cuando la mente alcanza la ecuanimidad, no hay nada que empujar, nada que retener. Todo movimiento se aquieta. Y en esa quietud, se revela una paz profunda que no depende de las circunstancias, ni del resultado, ni del esfuerzo. Una paz que ya estaba ahí, esperando ser reconocida.

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