Cuando las dudas se disipan por completo, la confianza se vuelve serena y armoniosa.
Uno de los cinco obstáculos clásicos en la tradición budista es la duda. En nuestro camino es importante tomar conciencia de ella para transformarla en una confianza sincera y armoniosa. Las dudas son como sombras que, en silencio, obstaculizan el camino hacia la comprensión profunda y la realización. En el zen decimos: «pequeña duda, pequeña iluminación; gran duda, gran iluminación». Porque, como todos los obstáculos, la duda puede convertirse en una oportunidad valiosa de introspección y claridad.
No hay que temer a la duda, sino acogerla con honestidad y lucidez. Existen muchas formas de dudar: podemos dudar de nuestra propia capacidad, de la enseñanza, del maestro, del Buda o incluso del camino en sí. A veces dudamos porque el ego se resiste a soltar el control; otras veces, porque hemos sido heridos y desconfiamos. Y otras, porque simplemente aún no hemos visto con claridad.
La duda aparece cuando la mente se topa con sus propios límites, cuando las ideas fijas comienzan a resquebrajarse. Y justo ahí, si no huimos, puede abrirse una puerta. A menudo, las dudas más persistentes no son intelectuales, sino existenciales. No dudamos solo de conceptos, sino de nuestro lugar en el mundo, de nuestra capacidad de amar, de soltar, de entregarnos. Por eso, la práctica no consiste en suprimirlas, sino en acompañarlas con presencia, sin necesidad de respuestas inmediatas.
A través de zazen, el estudio del Dharma y el encuentro con las enseñanzas de los maestros, aprendemos a atravesar la niebla de la confusión. No se trata de acumular respuestas, sino de descubrir la verdad que habita en lo más profundo de nuestra consciencia. Con cada respiración consciente y cada instante de plena atención, la mente se aquieta y se vuelve transparente, revelando la naturaleza de la realidad tal como es.
A medida que la niebla de la duda se disipa, la confianza surge de forma natural, sin esfuerzo. No es una fe ciega ni una creencia impuesta, sino una confianza que nace de la experiencia directa y de una comprensión íntima y viva. Es la confianza en el proceso de la vida, en la interdependencia de todas las cosas, en el camino que se revela paso a paso bajo nuestros pies.
Esta confianza serena no nos promete certezas, pero nos sostiene incluso cuando no las hay. Nos da raíces cuando todo se tambalea. Nos permite quedarnos donde estamos, aunque lo que sintamos sea incertidumbre, tristeza o no-saber. Cuando esta confianza nos acompaña, el corazón y la mente se alinean armoniosamente. La lucha interna se desvanece, y en su lugar brotan la paz y la claridad.
Esta armonía interior transforma nuestra forma de estar en el mundo: se refleja en nuestras relaciones, en nuestras palabras y acciones, en cada gesto de bondad y compasión. Así, la confianza cultivada en la práctica nutre no solo nuestro bienestar, sino también el de todos los seres. La duda se disuelve no porque desaparezca, sino porque deja de tener el poder de separarnos de la vida.